Carlos V. Trilogía Completa 4. La herencia de la católica
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4. La herencia de la católica

La herencia de la católica

Sobre sábanas blancas y cubierta su cama por telas trasparentes, la figura de la reina Isabel de Castilla se ocultaba menguada.

Un velo blanco cubría sus cabellos. Se retorcía en su agonía, recostada sobre dos almohadas y rodeada por su médico, su escribano, sus siervos más fieles y su confesor y arzobispo de Toledo, Francisco Jiménez de Cisneros, vestido con sus hábitos rojos y negros

En una esquina de los aposentos de la reina, apartado, absorto en sus pensamientos e invadido por la melancolía, se encontraba el rey Fernando de Aragón, que estaba viendo partir a su mujer tras treinta y cinco años de matrimonio.

El médico se acercó al monarca. Fernando alzó la mirada, dirigiéndola con dureza.

—Más no podemos Hacer majestad. Solo rezar a Dios para que sea benévolo con su sufrimiento.

La reina miraba a todos los que tenía a su alrededor con la boca entre abierta y los ojos entrecerrados, llevándose las manos a su bajo vientre, a la altura del útero.

Con un leve hilo de voz le pidió a Cisneros que acercara su oído a su boca.

Algo más susurró la reina a su confesor que nadie más escuchó.

Cisneros asentía con su afilada cara mientras miraba con tristeza al Rey católico que había separado la espalda del respaldo de su silla, para tratar de adivinar las palabras de su esposa.

Guardaban silencio, dejando así que la reina descansara.

Su respiración era cada vez más lenta, más débil, más forzada.

Hasta que, de súbito y provocando el sobresaltó de aquellos que velaban por ella, una gran inhalación le sobrevino, hasta que pareció que su alma abandonaba su carne en una larga exhalación.

Todos la lloraron.

La reina había muerto.

La reina se marchó en paz, pero la discordia afloró entre sus herederos.

Al día siguiente, Fernando el Católico se encontraba frente a Cisneros en el patio de palacio franqueado por un enjambre de arcos que lo rodeaban.

Un aire frío sobrevino al rey, había nevado y la nieve había cuajado en el suelo.

Cisneros contemplaba al rey entre melancólico e intranquilo, observando como de nuevo los copos de nieve caían del cielo, como si con la muerte de la reina Isabel, el invierno quisiera perpetuarse en el reino.

— Sabéis tan bien como yo cual fue la última voluntad de la reina.

Los escucharon mis oídos y los vuestros, dos días antes de que Dios nuestro señor se la llevara.

— Fernando hablaba sin apartar su vista del patio nevado —.

Aunque débiles por la agonía, sus palabras fueron claras.

Que yo gobernase Castilla hasta que su nieto mayor Carlos cumpliera veinte años. Así anotó sus deseos el escribano.

— Y vos sabéis que los grandes señores de Castilla no os aceptarán como su regente, majestad.

— Cisneros habló tranquilo con las manos en su regazo —.

Puede que tengáis el apoyo en las ciudades, pero en las Cortes…

Los señores de Castilla quieren un rey para Castilla, vos estarías ocupado con los asuntos que atañen a Aragón por no olvidarnos de Nápoles.

Fernando se volvió y le dirigió a Cisneros una mirada llena de inquina.

— Los asuntos de mis dominios están bien atendidos por hombres leales.

En Nápoles está Fernando González de Córdoba como virrey, que durante tantos años sirvió con tanta fidelidad a mi difunta esposa y a mí.

— Fernando de nuevo devolvió su mirada al infinito y parecía hablar para si mismo —.

No olvidéis esto, Cisneros: yo recompenso a aquellos que me sirven con lealtad y sin cuestionar mi autoridad.

Más tarde o más temprano pago mis deudas, tanto a los que bien me sirven como a los que cometen perjurio contra mi persona.

— Fernando de nuevo se volvió hacia Cisneros, pero esta vez en lugar de hacerlo con un tono desafiante lo hizo con interrogantes —.

Vos fuisteis leal a la reina. Creía que me erais leal a mí.

Pero ahora veo, al no cumplir con la última voluntad de la reina, que no erais leal ni al uno ni al otro.

Decidme qué me equivoco Cisneros, decídmelo y tal vez algún día portéis el capeto cardenalicio.

Cisneros vio en las palabras del rey Fernando de Aragón a un hombre desesperado. Arqueó las cejas. Parecía que el rey veía en Cisneros la persona que podría aplacar a los señores castellanos.

— Os confundís majestad, e incluso me ofendéis.

Fui leal en vida a mi reina y sigo siendo leal tras su muerte.

Leal y capaz de aceptar hasta las últimas consecuencias, incluso si ello me lleva a vuestro disgusto.

Lo último que querría la reina sería una guerra entre vuestros partidarios y los partidarios de vuestra hija Juana.

— Mi yerno diréis. Aquí Juana no tiene nada que ver. Es mi yerno el que ambiciona el trono y el que envenena con promesas vanas a los avariciosos, capaces de cuestionar los designios de Dios con tal de amasar más.

Cisneros se dispuso a marchar.

— Majestad, vuestro yerno Felipe vendrá junto a vuestra hija a reclamar el trono. La pareja juró hace tres años como herederos de Castilla en la catedral de Toledo y ese es un hecho sagrado al que no me puedo oponer.

Fernando seguía con ímpetu a Cisneros que ya marchaba.

— Hace tres años no sabíamos que Juana estaba tan desquiciada por Felipe.

Le pedimos que se quedase aquí para que alumbrara a mi nieto Fernando.

Pero tras parir quiso volver a Flandes, sin tener en cuenta las consecuencias y la guerra con Francia que hacía impracticables los caminos por tierra.

Es caprichosa y no es consciente ni de su posición ni de su rango.

Incluso su madre ordenó mantenerla recluida en el castillo de Mota.

Es egoísta Cisneros ¿En verdad creéis que ella es la reina que necesita Castilla?

— ¿Y vos majestad? ¿Creéis que nuestra difunta reina querría una guerra entre un padre y una hija? Felipe vendrá a tomar posesión del reino, no Juana.

Fernando apretó puños y dientes y farfulló.

— Que ese Habsburgo se atreva a venir ¡Qué se atreva!. Lo estaré esperando con todo.

En los Países Bajos la noticia de la muerte de la reina de Castilla había llegado.

Juana pasaba día y noche sollozando en su alcoba por la perdida de su madre.

El pequeño Carlos que contaba con cinco años se quedó en el umbral de la puerta de su madre.

Sus ojos eran curiosos, como los de cualquier niño de su edad.

Su cabello era claro como si hubiese sido tocado por el sol y su piel pálida hacia que sus labios parecieran de un rojo vivo.

Con la duda en su rostro, sin ser capaz de entender lo que acontecía, y sin atreverse a acercarse a su madre, la miraba sin emitir palabra.

Eran pocos los momentos que habían pasado juntos debido a las idas y venidas de sus padres. De hecho, para él sus progenitores casi eran unos desconocidos.

Su padre Felipe se acercó a Carlos y posó su mano sobre su hombro. Se arrodilló ante el pequeño. Tenía las facciones suaves, la piel rosada, los ojos claros y el cabello cobrizo.

— Ve a jugar con Leonor, Carlos. Tengo que hablar con tu madre.

— ¿Está bien madre? — preguntó Carlos, conocedor de los ataques de ira que normalmente sufría su progenitora.

— Está triste. Ahora obedece y vete — ordenó Felipe sin excesiva autoridad.

El niño asintió, pero como a cualquier otro infante de su edad le pudo la curiosidad.

Carlos hizo ver que se alejaba por el pasillo en el momento en que su padre Felipe entraba en los aposentos de su esposa.

De puntillas el niño volvió sobre sus pasos y afinó el oído, para escuchar lo que se hablaba tras la puerta.

— Debes prepararte. Tenemos que partir cuanto antes. Tendrás tiempo de llorar a tu madre en el largo viaje que nos espera hacia Castilla.

— ¡No lloró por mi madre! — se escuchó la voz de Juana entre sollozos —.

Lloro por mí. Luché por volver a ti. De verdad que luché.

Mi madre se opuso. Puede que percibiera que su final se acercaba ¡Luché porque quería estar a tu lado!

¡De que me ha servido! — A Carlos le sobrevino un respingo.

Se escuchaban golpes sobre una superficie, tal vez en el respaldo de una silla o sobre una mesa —.

¡No vienes a mi lecho! — gritaba Juana — ¡Ya no! .

— ¡ A tu lecho iré cuando me apetezca. Cuando quiera que me des otro heredero! — La voz del padre se tornó agria —. ¡Para calmar mis apetitos cuento con otras opciones más eficaces!

Los gritos encolerizados de Juana sacudieron aun más al niño, que se apartó de la puerta. Los golpes eran fuertes, parecía que iban a traspasar las paredes.

— ¡Maldigo el día en el que te conocí! — Juana se desgañitaba mientras seguían sucediéndose los golpes y el sonido de cien cristales rompiéndose en el suelo.

— ¡Estás loca Juana! ¡Loca! Jamás podría yacer por placer contigo. Solo lo hago por deber y es algo que en ocasiones me repugna ¡Maldita desquiciada!

Carlos dio un paso atrás, dio otro, como si alejándose de aquella habitación todo lo malo se disipara.

Tenía el temor de que aquella puerta se abriera, aquella que en su interior contenía odio e ira.

Se dispuso a marchar, pero de pronto sintió unas manos sobre sus hombros, se volvió y vio a su hermana mayor Leonor, llevándose el dedo índice a la boca pidiéndole silencio.

— Ya están otra vez — musitó la niña —. Vayámonos, no deberíamos estar aquí.

Carlos se encogió de hombros. Su hermana agarró de su mano para alejarlo del pasillo cuando de súbito, las puertas de la alcoba se abrieron: Leonor y Carlos vieron como su padre salía de la habitación. Lo hacía rojo de rabia.

— ¡Te vas a quedar aquí encerrada otra vez! ¡No se te ocurra salir!— Felipe advertía gritando en dirección a la habitación —. ¡Si cuando vuelvas no estás, jamás me volverás a ver. Jamás me volverás a tocar!.

Felipe no esperó más respuesta que los sollozos de Juana sobre su cama.

El padre caminó hacia los niños. Leonor y Carlos se quedaron paralizados, tal vez para no llamar la atención sobre su encolerizado progenitor.

Felipe no les dirigió mirada alguna, simplemente siguió andando con grandes zancadas, pasando entre sus hijos con la mirada al frente.

Leonor y Carlos no se extrañaron, era un día más de aquellos momentos que compartían junto a sus padres, aunque nunca acababan de acostumbrarse.

Durante un rato y sin moverse se quedaron los dos mirando hacia la habitación donde se encontraba su madre, solo se escuchaban los latidos: los de los niños y los del corazón roto de su propia madre.

Esa madre a la que temían acercarse porque más de una vez habían oído musitar a los cortesanos y de boca de su propio padre, que estaba loca.