3. Los dueños de mar
Los dueños de mar
Para Aruj habían pasado tres años de cautiverio.
Su vida transitaba entre bojar en galeras y el encierro en la prisión del castillo de los Caballeros de San Juan en Bodrum.
La fortaleza se erguía en la costa como una gran roca, resistiendo los embistes del Mediterráneo, pero aquel día todo estaba en calma y nada hacia presagiar tormenta alguna.
Aruj aguardaba en las celdas a que le volvieran a arrastrar hasta las galeras para soportar los latigazos en su espalda mientras con sus brazos doloridos seguiría remand hasta que los músculos se le desgarrasen.
Aquella era su vida, alejado de toda familia y conocido y con el recuerdo de su hermano yaciendo sin vida sobre el charco de su propia sangre.
Su rabia había crecido día a día durante todos esos años, con cada golpe y con cada uno de esos días que no respiraba la libertad.
Su odio hacia aquellos cristianos le mantenía con vida, conservando la esperanza de que algún día se vengaría.
Incluso sus captores le temían, no se atrevían a mirarle a los ojos.
Su mirada había tornado más fiera tal vez más expresiva al dejarse crecer una frondosa barba en aquellos años donde acicalarse no había sido su prioridad.
Su voz era desconocida, no hablaba, no protestaba, solo estaban él y sus ansias de revancha.
Sentado en el suelo de la celda, mordisqueando un mendrugo de pan, miraba fijamente el muro que tenía frente a él, no tenía nada más que hacer.
Ni siquiera los soldados que pasaron corriendo tras los barrotes le abstrajeron de su visión.
Solo las campanas que resonaban con fuerza hicieron que volviera la cabeza para ver a más de aquellos cristianos corriendo y con sus espadas desenvainadas.
Algo que no había sucedido en los últimos tres años estaba sucediendo.
Aruj se levantó y trato de alcanzar la pequeña abertura que le daba una pequeña vista del perímetro de la fortaleza, pero no vio nada, solo un humo que se elevaba y los gritos cada vez más intenso.
—¡Nos atacan! — bramaba uno de los cristianos —. ¡No cedáis ante ellos!
Aruj no hubiera precisado aquellas palabras reveladoras, pues con la tormenta de los choques de espada que invadían cada pasillo, el olor de la pólvora y el fuego, sabía bien que aquellos hombres luchaban por sus propias vidas.
Pero cada vez eran menos los gritos y más los alaridos de aquellos a los que la vida se les escapaba por la boca.
Cada vez eran menos los metales que chocaban y más los pasos apresurados de los que huían buscando refugio.
Y frente a su celda vio a uno de sus carceleros arrastrarse como un gusano en la tierra, retorciéndose y estirándose, avanzando como podía, ayudándose de sus manos y dejando en su camino un reguero de sangre que se ennegrecía con la mugre del suelo.
Era inútil su escapatoria, pues quien le daba alcance con dos pasos posó su pie sobre su espalda, haciendo así que el hombre gruñera de dolor.
El hombre que le apretaba con su bota era rudo. Grueso de brazos y piernas, de generosa panza que cubría con una espesa barba cobriza. De pestañas largas, nariz ancha y mirada fiera. Demasiados rasgos compartidos con Aruj.
— Pie… piedad por favor. Os lo ruego por Dios. Tened misericordia — suplicaba el carcelero, humillándose desde el suelo.
— ¿Dios? — El hombre rudo dejó soltar una carcajada —. Dicen que Dios está ahí arriba en las alturas ¿Crees que te escuchará? Aquí en la tierra solo hay hombres y pocos acudirían al auxilio de una sabandija como tú—. Deslizó su espada por su espalda, poco a poco, hasta que posó la punta en su nuca.
— ¡Diablos! — exclamó Arruj desde su celda contemplando aquella escena —. ¿Eres tú Hizir? ¿De verdad eres tú?
Al hombre rudo se le abrieron los ojos de par en par al reconocer a su propio hermano.
—¡Aruj! Te has vuelto más feo ¡Por fin te encuentro! — Hizir lanzó un manojo de llaves al interior de su celda para que su hermano pudiese liberarse—. Llevo años buscándote.
— ¿Cómo has sabido donde estaba? — preguntó Aruj mientras trataba de acertar con la llave que habría su cerradura.
— Como te he dicho llevo años buscándote.
Sé que te perdiste en estas costas. Encontré a un desgraciado que navegaba con el barco de nuestro padre.
Antes de morir me confesó que los caballeros de San Juan se lo malvendieron.
Desde entonces he estado buscándote en cada legua de mar y en cada palmo de costa ¡Por fin te he encontrado!
— Hizir frunció el ceño contrariado —. ¿Dónde está Illas?
Aruj negó con la cabeza. Despacio. Hizir no tardó en descifrar el significado de aquel gesto y con ello el destino del menor de sus hermanos. Con un bramido y con rabia, ensartó en su espada, la cabeza del carcelero al que había sometido.
— Fueron cobardes Hizir. Un perro cristiano lo mató a traición. Nuestro hermano cometió el error de darle la espalda y ser misericordioso. — Aruj salió de la celda y abrazó a su hermano
—Esos cerdos no merecen ningún tipo de gentileza.
—He aprendido la lección. Cada uno de los días que he pasado apresado me han servido para aprender que no debemos ser piadosos.
Cada una de estas noches, privado de mi libertad, antes de alcanzar el sueño, escuchaba la voz de nuestro hermano.
En medio de la oscuridad asomaba su rostro, mirándome sorprendido por la espada que segó su vida.
— Piensas como yo hermano — Hizir limpiaba la hoja de su espada con las ropas del cadáver que había dejado en el suelo —. Pensé que todos estos años de encierro habrían mellado tu coraje.
Aruj empezó a seguir a su hermano Hizir por los pasillos del castillo hasta extramuros.
Sorteaban los cuerpos de los caídos en el combate que yacían en el suelo.
En su mayoría caballeros cristianos. Los hombres que habían acompañado a Aruj, al asalto de aquella fortaleza y que habían luchado con fiereza, en su mayoría portaban turbante.
Remataban todos los cuerpos yacentes clavando sus espadas y atravesando la carne, para asegurarse que ninguno quedaba vivo.
Unos permanecían inmóviles y los que fingían la muerte para esquivarla, exhalaban su último aliento con un grito de dolor.
— Veo que has armado una buena tripulación — señaló Aruj.
— El pillaje resulta más lucrativo y una tarea menos ardua que la del comercio — confesó Hizir —.
Aunque también más arriesgada. Ya sin padre ni madre y nuestras hermanas casadas no nos queda nada más que el mar y las infinitas riquezas que navegan por él.
— Hizir rodeó con sus brazos a su hermano mientras salían por las puertas de la fortaleza.
Pronto se acercaron a media decena de pequeñas barcas apeadas en una pequeña playa de arenisca entre las rocas.
Con ellas su hermano había asaltado la fortaleza junto a unos setenta hombres.
Alguien le dio dos toques en la espalda. Cuando Aruj se volvió, reconoció a su otro hermano, Ishaq. Los dos se rindieron en un largo abrazo.
— Me debes cinco piezas de oro — Ishaq le espetó a Hizir —. He ganado. Aposté que estabas vivo. Hizir no era tan optimista.
Aruj miró a Hizir y este gruñó de mala gana negando con la cabeza.
— No te tomes a mal que apostara contra ti. Me pareció una apuesta fácil. Pero me alegro por haberla perdido.
En aquella misma playa los hombres de Hizir empezaron a arremolinarse en torno a Aruj.
Hizir e Ishaq. Los tres hermanos contemplaban complacidos los vítores que aquellos marineros empezaron a dedicarle a Aruj.
Siete presos que habían sido rescatados de aquella fortaleza se unieron al resto de hombres.
— ¡Hemos dejado la penuria atrás! — exclamó Hizir—. Solo nos queda riqueza y gloria en el horizonte. Pronto seremos más y tendremos más naves para emprender nuestras conquistas.
— Necesitaremos más hombres — musitó Aruj —. Que nos sean fieles. Tal vez cientos, o quizás miles.
— Aruj. Ha costado encontrar a estos hombres que hoy me han acompañado. He encontrado a los más valerosos y entregados, ha sido difícil. Pero lo de encontrar miles… tal vez sea una empresa demasiado ambiciosa.
— Los encontraremos, ya lo verás. Si lo que buscas es riqueza y gloria, debemos empezar a soñar a lo grande.
Tal vez nos hicieran pensar que nuestro lugar en el mundo ya estaba escrito.
— Aruj se dirigió a los hombres que le rodeaban —.
Pero no es así. Todo es posible. Podemos caminar entre reyes.
— Los hombres empezaron a jalearle y asentir convencidos —.
Creedme si os digo: que ya sea, rey, sultán o emperador, nos admirarán y nos temerán.
Y ahí en medio de aquella pequeña cala, tras dejar atrás la fortaleza consumiéndose por el fuego y abonada por los cuerpos de los hombres que la moraban, Aruj caminó hacia la orilla donde las suaves olas arribaban.
Mojó sus pies y miró al inmenso horizonte.
Todo lo que veía y más allá serían sus dominios, unos que quedaban por conquistar.
En el mismo momento en el que puso un pie sobre la arena mojada, empezó su voraz conquista.