Carlos V. Trilogía Completa 2. Una nueva vida
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2. Una nueva vida

Una nueva vida

La noche estaba cerrada, pero las luces del baile que iluminaban el palacio de Prisenhof la iluminaba.

El duque de Borgoña, Felipe, iba a acudir solo al banquete, debido a que su mujer Juana estaba en un avanzado estado de gestación.

No, Juana no podía consentir que su marido acudiese solo aquella noche, era suyo, solo suyo.

Le acompañaría a pesar de las molestias que había sufrido durante toda la jornada.

La mujer había compartido cena con su propio marido y con los más cercanos a él.

De entre ellos recelaba del señor de Chièvres, Guillermo de Croy, no solo por su cada vez más acusada influencia que ejercía sobre Felipe, sino también por su pasado: Había servido durante mucho tiempo a los franceses que tantos agravios habían provocado a los Habsburgo.

El señor de Chièvres poco a poco se fue introduciendo más y más en la corte del emperador Maximiliano, hasta ponerse bajo las órdenes de Felipe.

También se encontraban presentes Enrique de Nassau, quién acompañaba a Felipe cómo primera espada y que no solo estaba a su servicio, sino también er como un buen amigo desde una edad muy temprana.

Lo mismo pasaba con Federico de Baviera, igual de sirviente, igual de amigo e igual de leal.

Sin duda eran dos hombres que le agradaban a Juana.

Pero las preocupaciones de Juana iban más allá de aquellos hombres que solían acompañar a su joven marido.

La gran preocupación de Juana eran las mujeres que le rodeaban.

Juana contemplaba sentada como Felipe bailaba primero con una dama, después con otra.

Sabía que era deseado, no solo por su poder, siendo duque de Borgoña y el heredero de Maximiliano, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, sino también por su belleza.

Le llamaban el Hermoso. Sus cabellos castaños caían sobre su cuello, sus rasgos eran delicados y sus ojos claros como su piel.

Todos en el baile se divertían, todos menos ella.

Juana estaba sola y sin moverse de su asiento.

Su sien palpitaba y el calor se apoderaba de ella en esa noche fresca.

Felipe era suyo pero todos le miraban a él.

No tenía porque sentirse inferior a ninguna otra dama, pues ella misma era la hija de los mismísimos Reyes Católicos: Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

No había razón alguna por la que preocuparse, pero precisamente los celos eran irracionales.

Por eso en lugar de guardar reposo, estaba en aquel salón deslumbrante, entre adornos de oro, muros tan blancos como el marfil y bellas damas que sonreían al padre de su pequeña hija Leonor y de la criatura que estaba por llegar.

Cada vez que una dama, noble o sirvienta se acercaba a su marido, sus entrañas se estremecían.

Se había quedado ya sin uñas de tanto mordérselas.

El dolor en su vientre iba a más. Pensó que quizás no eran los nervios o la incomodidad, sino una indigestión.

Al principio no hizo caso a las punzadas que iban y venían cada pocos minutos, pero pasada la media noche el dolor se incrementó.

Su vientre se endurecía y de nuevo se relajaba de manera involuntaria.

Pero la tensión que le sobrevenía aumentaba con el paso de los minutos, en tiempo e intensidad.

Juana se disculpó y se dirigió a las letrinas, tal vez su problema fuese gástrico y lo que necesitaba era aliviarse. Apretar aliviaría sus dolores, de hecho el cuerpo le pedía que lo hiciera. La naturaleza misma se lo pedía.

Se alzó el vestido y se puso de cuclillas. Cada vez que empujaba, cada vez que su propio cuerpo se lo pedía, se sentía algo aliviada, pero el dolor volvía, su carne se abría.

—¡Ahhhhhhg!

Los gritos de Juana traspasaron los muros como si fuesen a quebrar la piedra, provocando que los músicos detuvieran la melodía y los invitados dejasen de bailar.

Pronto acudió su dama de compañía a auxiliarla, más nobles que se apearon al umbral de la puerta junto a Felipe, Guillermo, Federico, el señor de Chièvres y el médico personal de Juana que se abría paso.

Y con el llanto de una criatura, el dolor cesó y Juana se rindió agotada. El médico examinó aquella vida que acababa de llegar al mundo y se acercó a Felipe.

— Es un varón.

Todos exclamaron asombrados ante el primer heredero varón del duque de Borgoña. Pero enseguida se elevaban como una nube los murmullos. Habladurías que taladraban la cabeza de Juana, una madre recién parida que sudorosa aún estaba recuperando el aire con una respiración agitada.

El hermano de Juana, Juan, el hijo varón de los Reyes Católicos, había muerto recientemente, también lo había hecho su hermana mayor Isabel, dos años atrás, al dar a luz un niño.

Si Juana sobrevivía a ese niño, se convertiría en la primera heredera del trono de Castilla y quien sabe de si Aragón y ese niño a su vez en su heredero y también en el de Felipe.

Pero, todos murmuraban. No era felicidad lo que se respiraba aquella noche, era duda y consternación.

Aquel niño no había empezado con buen pie su andadura por el mundo ¿Qué señal del destino era aquella?

¿Guardaba algún mal augurio? Muchos murmuraban que aquel niño debía haber llegado al mundo en los aposentos de una reina, pero no en una letrina.

Era imposible que a aquel recién nacido al que llamarían Carlos, le esperase la grandeza o la fortuna.

Todos los que trataron de augurar el futuro en las señales de aquella noche, se equivocaban.