Carlos V. Trilogía Completa
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1. El señor de los mares
El señor de los mares
Las aguas estaban en calma, lejos de la costa, allá donde la furia del mar se encuentra con la inamovible tierra, en una guerra eterna donde las aguas vencen a los peñascos, erosionando la roca en incesantes martilleos, día a día, años tras año, siglo tras siglo.
No importaba cuan fuerte y sólida fuera la tierra, la mar traicionera y fluida no cesaba en sus golpes.
Cada subida de la marea era una incursión, que aunque no llegase a vencer en aquella guerra eterna, dejaba en la frontera terrenal los restos imborrables del paso de sus aguas.
Aquel era el mar, su mar, donde más cómodo que en tierra se sentía Aruj.
Aruj de veintiún años navegaba junto a su hermano dos años menor que él, Ilias. Media decena de hombres les acompañaban a bordo de la embarcación que había heredado de su padre, conocido como Yakub Aga.
Desde los ocho años, Yakub Aga solo había conocido la espada.
Fue arrancado del hogar familiar para ser adiestrado desde muy pequeño en la guardia Jenízara del Gran Sultán otomano Mehmed, el conquistador de Constantinopla.
Como el resto de los niños seleccionados, fue adiestrado con una intensa preparación física, en el conocimiento de todo tipo de armas y recibió la educación de un príncipe, aprendiendo contabilidad y tácticas militares.
A punto de cumplir veinticuatro años, Yakub destacaba entre los demás jóvenes.
Todo hacia indicar que se convertiría en un Jenízaro verdadero, un honor solo reservado a unos pocos.
De él se esperaba una inquebrantable lealtad, mantener puro su cuerpo y guardar celibato, pero se enamoró de una esclava cristiana llamada Catalina y no estaba dispuesto a que ningún hombre dictara su destino, ni siquiera el mismísimo sultán.
Así, arriesgándolo todo, huyó junto a la esclava cristiana tras matar a sus amos.
Aquella sería la última vez que el Jenízaro mancharía con sangre el acero.
A los jenízaros no se les permitía dejarse crecer la barba. Yakub dejando su destino atrás ignoró aquella norma y ocultándose tras su recio bello, llegó a la isla de Lesbos. Su nuevo hogar fue bendecido con cuatro varones entre los que se encontraba Aruj, además de dos mujeres.
Para ganarse la vida y alimentar a su familia, empezó a manufacturar cerámicas y utensilios que primero vendió por tierra y después en tiempos más prósperos, comerció por mar gracias a la compra de su primera embarcación.
A sus hijos no solo les enseñó el negocio, sino que también les instruyó en todo lo que había aprendido en su cautiverio, haciendo que aquellos años perdidos no resultasen en vano.
Finalmente los hijos navegaban, mientras las mujeres de la familia, en el taller, proveían nuevos bienes con los que comerciar.
Ahí, en las fronteras del imperio Otomano y con una madre cristiana, eran conocedores de las dos máximas realidades que dominaban su mundo: el cristianismo y el islam.
Ilias atesoraba en su rostro todas las facciones de sus hermanos: una nariz grande y gruesa, un cabello cobrizo, pestañas largas y una mirada afilada bajo una pobladas cejas. Se acercó a la proa junto a Aruj. Aquellas velas que habían avistado en el horizonte azul, cada vez estaban más cerca.
—No parecen piratas — advirtió Ilias.
—No lo parecen, no. — Aruj se llevó la mano a la frente para cubrirse del sol de mediodía que cegaba sus ojos. — Creo haber visto la cruz hospitalaria en su pabellón. En cualquier caso prepara a los hombres para lo que pueda pasar.
A Aruj no le habían engañado los ojos. Las velas de la embarcación que se aproximaba eran blancas, franqueadas por líneas azules y claras, coronadas por una cruz blanca de fondo rojizo en su centro.
Un caballero y once hombres de armas tomaron el barco de los dos hermanos comerciantes. Se pasearon por la cubierta, revisando todos sus rincones. El caballero de fuertes facciones y constitución fornida, habló con Aruj.
—¿Así que sois el capitán de este trozo de madera?
— Así es — respondió Aruj.
— Os recomendó cautela en estas aguas, pues suelen frecuentarlas piratas ¿No series vosotros piratas? . — El caballero paseaba de estribor a babor, escrutando con sus ojos cada rincón de la embarcación.
— En mi nave no hay piratas.
El caballero soltó una leve risa y miró a uno de sus hombres.
— Revisad las bodegas.
— Podéis revisar todo lo que queráis. Solo hallaréis telas y cerámicas.
— Os veo muy seguros en estas aguas para no ser piratas.— El caballero se detuvo frente a Aruj, concentrando su mirada en aquel marinero, que para sorpresa del caballero, no parecía sentirse intimidado
Con los pasos medidos, uno de los hombres de armas emergió de la bodega, portando en sus manos un cuenco.
— Es cierto señor. La bodega está llena de cerámicas y telas y… — otro de los hombres portaba dos espadas en sus manos —... Y estas armas señor. Estaban bien escondidas.
El caballero se acercó a su hombre y tomó la espada de sus manos. La sostuvo por la empuñadura para comprobar cómo la hoja centelleaba en contacto con la luz. Se acercó a Aruj y callado clavó sus ojos en él, esperando una respuesta.
— Como bien decís hay piratas en estos mares. Siempre es bueno tener algo a mano para defenderse.
El caballero se volvió a sus hombres cansado de escuchar las justificaciones de Aruj.
— Confiscaremos la mercancía y la nave. A estos hombres los mantendremos cautivos hasta saber si dicen la verdad.
Los hombres de Aruj empezaron a protestar al escuchar las órdenes de aquel cristiano al mando.
— ¡Silencio! — ordenaban los hombres que acompañaban al caballero.
Illias miró a los hombres nerviosos y después dirigió su mirada a su hermano y al caballero que sonreía satisfecho.
— ¡No es justo! — gritó a pleno plumón Illias dejando a todos en silencio y dirigiendo su atención hacia aquel joven que seguía gritando olvidando la posición del caballero y la suya propia —.
¡No es justo que abuséis de vuestro poder!
Por unas sospechas infundadas nos haréis perder jornadas de trabajo y tiempo con nuestras familias.
Os aprovecháis de vuestra posición contra hombres desarmados.
El caballero se acercó al joven, intrigado por el coraje que mostraba.
— Veo que tenéis una lengua afilada. Tal vez sea la temeridad de la juventud lo que os haga hablar así. Decidme ¿Qué podría hacer un joven plebeyo contra mí si empuñara una espada? — Los hombres subordinados al cristiano reían ante el comentario de su señor.
— Creedme si os digo que os plantaría cara —. Y rieron aún más ante la respuesta de Illias mientras Aruj negaba lentamente con la cabeza.
—¿Sabéis manejarla?
— Comprobadlo vos mismo.
Con dos zancadas el caballero se acercó al hombre que portaba las dos espadas. Tomó una y lanzó la otra a los pies de Illias.
— Demostradme que no es sólo fanfarronería lo que decís. Os propongo un combate de exhibición, a primera sangre. Si resultáis vencedor os quedaréis con vuestra mercancía y vuestro barco ¿Qué me decís?
— Acepto — respondió sin pestañear Illias.
— Espera Illias. — Aruj trató de frenar a su hermano pequeño.
— Es cosa mía Aruj.
— Sea entonces. — Mientras Illias tomaba su arma, el caballero se dispuso para el combate, confiado, demasiado confiado. Ni siquiera plantó bien sus pies. Esperó la embestida del joven.
En cuando las espadas chocaron, el cristiano pudo comprobar que aquel joven plebeyo no fanfarroneaba en absoluto. Se movía ágil con los pies y movía la espada con fuerza y destreza, cada vez más rápido, cada vez más fuerte.
En un principio el caballero se limitó a bloquear cada uno de los espadazos de su joven adversario, esperando un error, un error que no venía. Una gota de sudor se deslizaba desde su sien hasta su barbilla, aquel muchacho le estaba poniendo en entredicho delante de sus hombres.
— ¡ARGGGG! — El caballero soltó un grito de rabia, para ganar confianza y tratar de intimidar a Illias. Pasó a la ofensiva. Ahora era Illias quién bloqueaba y retrocedía hasta el punto casi de quedarse sin espacio en aquella pequeña embarcación.
Entre la fiera espada de su adversario y el mar, Illias estaba acorralado. El caballero veía aquel combate ganado. Dio una primera estocada que el joven bloqueó. El cristiano por fin se preparó para dar el golpe definitivo que rasgase la carne de su adversario y llevarse el combate.
Ya saboreaba la victoria. Pero la última estocada solo sesgo el aire.
Illias se cambió la empuñadura de mano, hizo una finta hacia la derecha y con un movimiento rápido sorteó la guardia del caballero, rozando su hombro con la hoja de su espada.
Lo suficiente para provocar un alarido de dolor en el aguerrido caballero, haciendo que en el momento soltara su espada.
El corte rasgó el jubón, la piel y la carne de aquel hombre que se llevó la mano a su hombro y que al retirarla vio como se había manchado la palma con su propia sangre.
— A la primera sangre. — Illias dejó caer la espada y le dio la espalda a su derrotado adversario para acercarse a su hermano que había seguido el combate con preocupación. El joven sonreía satisfecho.
Todo pasó muy rápido, pero aquellos momentos fueron recordados por Aruj como si el tiempo se hubiera detenido durante aquel instante.
Así lo pensaría cada día durante el resto de su vida.
Lo haría arrepentido, sintiendo que podría haber hecho algo más que gritar a su hermano para advertirle del peligro a su espada.
El caballero enfurecido volvió a tomar su espada.
Se acercó por detrás de Illias como un lobo hambriento ante un venado en invierno.
Aquella era su oportunidad para resarcirse de la herida que aquel joven desconocido le había causado.
No era la herida en su carne, sino la de su orgullo la que más le dolía.
Con la velocidad del viento en la ladera, la punta de su espada encontró la espalda de Illias.
El acero encontró camino entre la carne y las tripas hasta salir por su vientre.
Aruj vio a su hermano pequeño , tan lleno de vida y de juventud como solía verlo, aferrarse su vida por las entrañas y por su boca entreabierta.
Sufriendo, sorprendido, perplejo. Illas no esperaba aquel desenlace para aquel combate, ni siquiera pensó, cuando despertó aquella mañana, que aquel iba a ser su último amanecer.
Así lo rebelaba su última expresión de sorpresa antes de que le abandonara la vida.
— ¡Nooo! —Aruj se abalanzó sobre el asesino de su hermano. Pero dos de los hombres que acompañaban al caballero le frenaron.
El caballero sacó la espada del cuerpo inerte, con la hoja empapada se la sangre de Illas, alimentada con las vísceras de su víctima. El cuerpo del joven se dejó caer sobre los tablones y sobre su propia sangre, ya sin vida.
— ¡Miserable! — Aruj descargaba toda su rabia por la boca. Dos hombres más se abalanzaron sobre él. Era tal esa cólera que le daba fuerzas adicionales, que a penas cuatro hombres podían contenerle.
— Matad a la mitad — ordenó el caballero —. Pero no a ese. — Con la punta de la espada que se había bañado en sangre de su hermano, señaló a Aruj —. Le sobran energías. Servirá bien en las galeras junto a los que dejéis vivos.
Tres de los hombres de Aruj, los que no podían ocultar su miedo, fueron pasados por la espada. El resto junto a Aruj quien había perdido la fuerza y su rabia por las lágrimas derramadas, habían sido maniatados. El caballero se acercó a un Aruj derrotado que trataba de recomponerse.
— ¿Era vuestro hermano verdad? — preguntó el caballero, pero no obtuvo respuesta, solo los ojos encendidos de Aruj —. Ha sido un excelente contendiente, sin duda. Una lastima que no supiera cuál era su lugar. El precio por herirme es la muerte.
Con la voz aún temblorosa, Aruj preguntó.
— No conozco el nombre del hombre que le ha matado tan cobardemente — dijo Arruj masticando su fuego.
— Por haber matado a vuestro hermano os concederé saber mi nombre. Juan de la Seu.
— Y supongo que sois un caballero de la orden de San Juan, que venís de Rodas.
— Son demasiadas preguntas. La vida de vuestro hermano no valía tanto. Además, de nada os servirá saberlo. Serviréis en las galeras hasta dar vuestra última gota de vida.
Podía ser que aquel Caballero tuviera razón y que su destino fuese pasar hasta el fin de sus días en las galeras.
El mundo era cruel. Él único que saldría impune aquel día sería aquel caballero que había cometido el crimen.
Los inocentes habían acabado muertos, o condenados a una vida de esclavitud.
El mundo era cruel porque no había ningún Dios, ni el de los cristianos, ni el de los musulmanes, todo eran habladurías.
Un Dios no permitiría aquellos actos. Si aquel hombre podía tomar y disponer de cuánto veía y se le antojaba, él también podía, no existía ningún tipo de orden divino, solo las leyes injustas de los hombres.
Aquel día Aruj se declaró enemigo de todos aquellos portadores de la cruz. Se prometió que si lograba escapar de su condena, les haría sufrir, pagándoles con intereses tal exhibición de crueldad.