CAPÍTULO 28
Cova y el pincel tranquilo
Un año después de la boda de Marti y Bruno, la relación entre Cova y Martí Puig había pasado de la timidez inicial de las primeras citas a una convivencia serena que sorprendía a todos los que conocían el historial romántico previo de Cova, marcado siempre por relaciones intensas, breves y considerablemente ruidosas.
—Nunca pensé que acabaría enamorada de un hombre que se pasa horas en silencio delante de una pared, pintando —confesó Cova, durante una cena en el piso de Marti y Bruno, mientras Martí charlaba animadamente con Bruno sobre las diferencias entre pintar un mural y diseñar la fachada de un edificio—.
Pero resulta que ese silencio suyo es exactamente lo que necesitaba para calmar todo el ruido que llevo dentro.
—Ya te lo dije hace tiempo. La paz no es aburrimiento, Cova. Es simplemente otra forma de sentir las cosas con la misma intensidad, pero sin necesidad de gritarlo todo el rato.
—Mira quién habla, la mujer que le tiró una horchata encima a un desconocido y montó todo un drama de contrato falso antes de aceptar que estaba enamorada.
—Toqué fondo antes de aprender la lección, es verdad. Pero al menos la aprendí.
La velada dio un giro inesperado cuando Martí, con una timidez que contrastaba enormemente con la seguridad artística que demostraba frente a cualquier pared en blanco, sacó del bolsillo de su chaqueta una pequeña caja que hizo que Cova se quedara completamente muda por primera vez en la memoria colectiva de sus amigos.
—Cova, llevo meses pensando en cómo hacer esto, y cada vez que lo planeaba con palabras elaboradas, me daba cuenta de que tú preferirías algo sencillo, sin discursos innecesarios —dijo Martí, arrodillándose junto a la mesa del comedor ante la mirada atónita de Marti y Bruno—.
Así que solo voy a preguntártelo directamente: ¿quieres pasar el resto de tu vida conmigo, con toda tu música ruidosa y mis silencios de pintor incluidos?
Cova, que llevaba años bromeando sobre no ser «mujer de compromisos serios», se encontró llorando sin poder contener las lágrimas, asintiendo repetidamente antes incluso de poder articular un «sí» completo.
—Sí, sí, mil veces sí, aunque tengas que aguantar mis versiones jazzísticas de Rocío Jurado el resto de tu vida.
—Cuento con ello. De hecho, ya tengo pensado un mural inspirado en una de tus canciones, si me dejas.
Marti, que había presenciado la escena con lágrimas propias corriéndole por las mejillas, no pudo evitar sentir que aquel momento cerraba, de forma perfecta y simétrica, el círculo iniciado un año atrás con su propia historia de amor accidental.
—Cova, esto es precioso —dijo, abrazando a su amiga en cuanto se recuperó de la sorpresa inicial—. Nunca pensé que vería el día en que la mujer más caótica que conozco encontrara la paz de esta manera.
—Yo tampoco lo pensé, la verdad. Pero después de verte a ti pasar de fingir un amor falso a construir una vida real, entendí que quizás yo también merecía dejar de huir de la calma y empezar a disfrutarla.
La boda de Cova y Martí se celebró meses después, en una versión considerablemente más informal y bohemia que la de Marti y Bruno, con el propio Martí pintando en directo, durante la ceremonia, un mural improvisado que capturaba el momento exacto del «sí quiero» de ambos, mientras el grupo de versiones jazzísticas de Cova amenizaba la velada con una energía que hizo bailar hasta a los invitados más reacios a moverse de su silla.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto?
—le dijo Bruno a Marti, observando la fiesta desde una mesa apartada—.
Que si tu amiga no hubiera insistido en organizarte aquella despedida de soltera tan elaborada, quizás nunca habría pasado tanto tiempo cerca de Martí durante los preparativos del mural original.
—Empiezo a pensar que Barcelona entera se dedica a organizar coincidencias románticas sin que nadie se lo pida. Primero nosotros, ahora Cova y Martí. A este ritmo, la próxima boda será la de Iván con alguien completamente inesperado.
—No tientes tanto a la suerte, Marti. Algunas coincidencias es mejor no forzarlas.
Se rieron los dos, brindando con sendas copas de cava por la felicidad de su mejor amiga, conscientes de que la historia de amor que había comenzado con un vaso de horchata derramado seguía, de alguna manera, expandiéndose y contagiando de felicidad a todos los que la rodeaban, como si el propio barrio del Born hubiera decidido convertirse, sin previo aviso, en el escenario permanente de las mejores comedias románticas de la ciudad.