CAPÍTULO 27
La primera exposición de Martina Solà
El éxito silencioso del proyecto de la Pastisseria Ferrer había abierto puertas profesionales que Marti, un año atrás, ni siquiera se habría atrevido a imaginar.
Entre los nuevos encargos que fueron llegando con el boca a boca del barrio, uno destacó por encima de todos los demás: una pequeña galería del Born, especializada en artistas emergentes de la ciudad, le propuso montar su primera exposición individual, una muestra de ilustraciones originales que combinaría sus icónicos gatos existencialistas con las escenas costumbristas de Barcelona que había perfeccionado durante el proyecto del mural.
—Marti, esto es enorme —dijo Cova, cuando su amiga le contó la noticia, con una emoción que apenas podía contener—. Tu primera exposición de verdad, con tu nombre en la puerta y todo.
—Todavía no me lo creo del todo. Hace un año estaba llorando por un rechazo con tres emojis, y ahora tengo una galería entera dedicada a mi trabajo.
—Los tres emojis fueron el principio de todo, no lo olvides. Deberías dedicarles la exposición entera, con una sala completa solo para ellos.
—No creo que Fermentia aprecie el homenaje, la verdad.
La preparación de la exposición ocupó los meses siguientes con una intensidad que recordó a Marti, en ciertos aspectos, a los primeros días frenéticos del proyecto de la pastelería: noches enteras dibujando, replanteando composiciones, decidiendo qué piezas merecían un lugar en las paredes de la galería y cuáles se quedarían, por el momento, guardadas en cajas debajo de la cama junto a las doscientas tarjetas de felicitación del Día Mundial del Reciclaje que nunca había conseguido vender.
Bruno, fiel a su nuevo papel de esposo apasionadamente involucrado en las cosas que le importaban a Marti, se ofreció a ayudarla con el diseño espacial de la muestra, aplicando sus conocimientos de arquitectura a la disposición de las obras dentro del reducido espacio de la galería.
—Si colocamos las piezas más grandes en esta pared —explicó Bruno, señalando un plano improvisado que había dibujado a mano sobre una servilleta de papel, en un guiño evidente a la primera servilleta que Marti le había ofrecido el día de la horchata—, el recorrido visual del espectador fluye de forma natural desde tus primeros trabajos hasta las piezas más recientes del mural.
—Estás disfrutando muchísimo con esto, ¿verdad?
—Es la primera vez que aplico mis conocimientos de arquitectura a algo que no tiene absolutamente nada que ver con presupuestos ni plazos de obra. Es liberador.
La noche de la inauguración, la galería se llenó de gente: familiares, amigos, clientes de la pastelería que habían seguido el proyecto desde el principio, e incluso un puñado de curiosos atraídos por los rumores persistentes de que aquella era la ilustradora protagonista del escándalo mediático del año anterior, una fama involuntaria que Marti había aprendido, con el tiempo, a aceptar con humor en lugar de vergüenza.
Empar llegó acompañada de Núria, ambas vestidas con esmero para la ocasión, y se detuvo largo rato frente a una pieza en particular: el boceto original del gato durmiendo sobre un libro, el mismo dibujo que había convencido a Empar, meses atrás, de contratar a Marti para el proyecto de la pastelería.
—Este siempre será mi favorito —dijo Empar, con una sonrisa nostálgica—. Fue el que me hizo confiar en ti desde el primer día, aunque después tuviéramos que reconstruir esa confianza desde cero por culpa de vuestro contrato absurdo.
—Siempre te estaré agradecida por esa primera confianza, Empar. Y por la segunda oportunidad, que fue mucho más difícil de ganar.
—Las cosas que merecen la pena siempre cuestan más de una oportunidad, jovencita. Eso ya deberías saberlo bien a estas alturas.
Clàudia Vilaseca, que había desarrollado con el tiempo una amistad genuina con Marti tras aquella primera comida familiar incómoda, se presentó con Irene y un ramo de flores comprado, esta vez sin ningún error administrativo de por medio, en la misma floristería del mercado de Santa Caterina que había protagonizado la crisis floral de la boda.
—Enhorabuena, Marti —dijo Clàudia, admirando las paredes cubiertas de ilustraciones—.
Tienes un talento enorme. Deberías considerar hacer algo similar para el estudio de arquitectura de mi padre, la verdad, aunque solo sea para vengarme un poco de todas las citas incómodas que intentó organizarme durante años.
—Me lo pensaré, aunque no prometo nada relacionado con vengarme de tu padre. Empiezo a apreciarlo demasiado como para eso.
La exposición resultó ser un éxito rotundo, con la práctica totalidad de las piezas vendidas antes de que terminara la primera semana, y con encargos adicionales que llegaron de galerías de otras ciudades interesadas en replicar la muestra.
Marti, que apenas un año atrás se conformaba con vender láminas sueltas en ferias callejeras, se encontró de pronto con una carrera profesional que crecía a un ritmo que ni en sus mejores sueños habría imaginado.
—¿Sabes qué es lo más bonito de todo esto?
—le dijo a Bruno, la noche del cierre de la exposición, mientras ambos recogían las últimas piezas sobrantes de la galería—.
Que todo empezó porque me rechazaron un proyecto con tres emojis crueles.
A veces los peores días terminan siendo, sin que nos demos cuenta, el principio de la mejor etapa de nuestra vida.
—Bienvenida al club de las lecciones que solo se aprenden con el tiempo, Marti. Yo tardé un ultimátum familiar entero y una relación fingida para aprender la mía.
—Y valió absolutamente la pena, cada tropiezo incluido.