Cariño, ¡esto es un malentendido! CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Un segundo obrador

Con la Pastisseria Ferrer consolidada como uno de los negocios más queridos y rentables del Born, Núria propuso, casi dos años después de la inauguración del mural, una idea que ni ella misma se habría atrevido a plantear en los tiempos en que negociaba en secreto la venta del local a la cadena Dulcia: abrir un segundo obrador, esta vez en Gràcia, el barrio donde Marti había vivido siempre, como homenaje simbólico al lugar donde, sin saberlo nadie todavía, había comenzado realmente toda aquella historia de amor y pasteles.

—¿Estás segura, mamá? —preguntó Bruno, durante la reunión familiar convocada para discutir la propuesta—. Es una inversión considerable, y el negocio original ya funciona muy bien tal y como está.

—Precisamente porque funciona bien es el momento de crecer, hijo.

Y Gràcia tiene un ambiente de barrio que encaja perfectamente con lo que representa esta familia.

Además —añadió Núria, con una sonrisa que Marti reconoció como su forma particular de mostrar afecto sin resultar excesivamente sentimental—, me parece justicia poética abrir el segundo local en el barrio de la mujer que salvó el primero, aunque fuera mintiendo al principio sobre ser novia de mi hijo.

Empar, que a sus ochenta años recién cumplidos había reducido su jornada laboral a las mañanas, aunque seguía insistiendo en supervisar personalmente cada hornada de croissants «para que nadie me estropee la receta original», recibió la noticia con un entusiasmo que sorprendió a toda la familia.

—Siempre quise tener un obrador en Gràcia —confesó Empar, durante la cena familiar donde se cerró definitivamente la decisión—.

Cuando era joven, antes de casarme, viví un par de años en ese barrio, y siempre pensé que algún día volvería a montar algo allí.

La vida me llevó por otro camino, pero nunca es tarde para cumplir un sueño antiguo, aunque sea a través de mis nietos.

El proyecto del segundo obrador se convirtió, durante los meses siguientes, en el nuevo gran desafío profesional compartido de Marti y Bruno: ella encargada de nuevo del diseño visual y del mural que decoraría la fachada del nuevo local, esta vez contando la historia completa de la familia Ferrer desde sus orígenes hasta la actualidad, y él encargado de la reforma arquitectónica del espacio, un antiguo local comercial cerrado desde hacía años a pocas calles del piso donde Marti había vivido con Cova antes de casarse.

—Es curioso —comentó Marti, una tarde que ambos revisaban los planos definitivos del nuevo obrador, sentados en la que había sido su antigua habitación en el piso de Gràcia, ahora ocupado por una nueva pareja de inquilinos que habían accedido, con curiosidad divertida, a dejarles entrar «solo por esta vez, ya que según nos han contado aquí empezó una historia de amor bastante famosa en el barrio»—.

Vamos a abrir un negocio a pocas calles de donde vivía yo cuando recibí aquel email horrible con los tres emojis.

—El destino tiene un sentido del humor bastante persistente con nosotros, sí.

—O quizás simplemente Barcelona es más pequeña de lo que pensamos, y todo termina conectándose de una forma u otra.

El nuevo obrador de Gràcia se inauguró coincidiendo, de forma deliberada, con la Festa Major del barrio, el mismo festival donde Marti y Bruno habían bailado rumba fatal juntos por primera vez, dejando de fingir que se llevaban bien para empezar, sin saberlo entonces, a quererse de verdad.

La calle donde se ubicaba el nuevo local se engalanó especialmente para la ocasión, con guirnaldas de papel diseñadas por la propia Marti que representaban pequeños hornos de leña entrelazados con motivos florales, un guiño discreto pero deliberado a la historia que había dado origen a todo aquel proyecto familiar.

—¿Nerviosa? —preguntó Bruno, la mañana de la inauguración, mientras ambos observaban las primeras filas de clientes formándose frente a la puerta del nuevo obrador.

—Un poco. Aunque comparado con la crisis floral de nuestra boda, o con el ataque de pánico que tuve probándome el vestido, esto me parece un paseo tranquilo.

—Hemos superado desastres mucho peores que la inauguración de un obrador nuevo, es verdad.

—Y todos han terminado bien, sin excepción.

Empar, que insistió en estar presente el día de la inauguración a pesar de las recomendaciones médicas de tomarse las cosas con más calma a su edad, cortó la cinta simbólica de apertura con la misma dignidad tranquila que había demostrado durante toda su vida, rodeada de tres generaciones de su familia y de un barrio entero que llevaba semanas esperando con curiosidad la llegada de aquel nuevo negocio.

—Cuarenta y cuatro años llevando el mismo obrador en el Born —dijo Empar, en un breve discurso improvisado frente a la multitud congregada—, y jamás pensé que a mi edad tendría la oportunidad de empezar algo nuevo otra vez.

Pero la vida, cuando se rodea de gente que sabe quererte de verdad, siempre encuentra la manera de sorprenderte con más felicidad de la que crees merecer.

La multitud aplaudió con entusiasmo, y Marti, observando la escena desde un lateral junto a Bruno, sintió que aquel momento cerraba, de manera perfecta, un ciclo completo que había comenzado dos años atrás con un email de rechazo cargado de emojis crueles, y que ahora se extendía en múltiples direcciones: un negocio familiar próspero y en expansión, una carrera artística floreciente, un matrimonio sólido construido sobre la honestidad recuperada tras una mentira inicial, y una red entera de personas —Cova y Martí, Clàudia e Irene, incluso Iván en su nueva etapa profesional más humilde— cuyas propias historias de felicidad se habían entrelazado, de una forma u otra, con la suya propia.