CAPÍTULO 24
Luna de miel con incidentes
Decidieron pasar la luna de miel en Menorca, una elección que Marti había defendido con vehemencia frente a las propuestas más exóticas de Bruno —que había llegado a sugerir, con cierta nostalgia arquitectónica, un viaje a Japón para admirar templos y jardines zen— alegando que después de un año entero de dramas familiares, artículos difamatorios y bodas con crisis florales, lo único que necesitaban era una playa tranquila, comida sencilla y absolutamente ningún imprevisto.
El universo, sin embargo, parecía tener otros planes.
El primer incidente ocurrió el mismo día de su llegada, cuando la maleta de Bruno, facturada en el aeropuerto de Barcelona con toda la ropa cuidadosamente planchada que pensaba usar durante la semana, se perdió en algún punto indeterminado del trayecto y terminó apareciendo, cuatro días después, en un hotel de Menorca completamente distinto al suyo, con un letrero que indicaba, para colmo de la ironía, que pertenecía a un tal «Bruno Fernández», un desconocido con nombre parecido que Marti empezó a sospechar que existía específicamente para atormentar a su marido con confusiones administrativas.
—Otra vez un malentendido con el nombre —se rió Marti, mientras Bruno revisaba su maleta improvisada compuesta enteramente de la ropa de ella, ligeramente ajustada de más en los hombros—. Empiezo a pensar que el destino tiene una fijación con confundirnos con otras personas.
—Al menos esta vez el malentendido no incluye horchata ni artículos difamatorios. Solo mi absoluta incapacidad de llevar puesta una camisa de flores tres tallas más pequeña sin parecer ridículo.
—Yo creo que te queda genial. Deberías plantearte un cambio de estilo permanente.
—Cuando recupere mi maleta, vamos a tener una conversación seria sobre tus gustos de moda para mí.
Recuperaron finalmente el equipaje al cuarto día, tras una serie de llamadas telefónicas a la compañía aérea que pusieron a prueba la paciencia de ambos, pero para entonces ya habían aprendido, con la misma filosofía práctica que Empar les había enseñado sin proponérselo, que los pequeños desastres de viaje solo servían para dar mejores anécdotas que contar en las cenas familiares futuras.
El segundo incidente, mucho más memorable, ocurrió durante una excursión en barco a una cala remota de la costa norte de la isla, cuando Bruno, en un alarde de entusiasmo aventurero poco habitual en él, decidió intentar hacer paddle surf por primera vez en su vida, convencido de que su formación como arquitecto le proporcionaba un sentido del equilibrio superior a la media.
—Es solo cuestión de física básica —había asegurado, subiéndose a la tabla con la confianza ciega de quien no tiene ni idea de lo que está a punto de ocurrir—. Centro de gravedad, distribución del peso, es sencillísimo.
Se cayó al agua siete veces en los primeros diez minutos, ante la risa incontenible de Marti, que grababa cada caída con el móvil desde la orilla con la promesa —cumplida más tarde con entusiasmo— de compartir el material con toda la familia Ferrer en la próxima comida dominical.
—La física básica te está traicionando espectacularmente —le gritó Marti, entre carcajadas, mientras Bruno emergía del agua por enésima vez, escupiendo agua salada y con el orgullo considerablemente más mojado que el resto de su cuerpo.
—Esto es solo una fase de calibración. Estoy calculando las variables.
—Llevas diez minutos calculando las mismas variables una y otra vez sin ningún resultado positivo.
Finalmente, tras la octava caída, Bruno consiguió mantenerse en pie durante casi un minuto entero, un logro que celebró con los brazos en alto y una expresión de triunfo tan desproporcionada para la modestia real del logro que Marti no pudo evitar aplaudir entre lágrimas de risa, justo antes de que una ola inoportuna lo derribara de nuevo, sellando el momento con una novena caída que se convertiría, con el paso de los años, en la anécdota favorita de toda la familia para contar en las bodas y cumpleaños posteriores.
Entre incidentes de maletas perdidas y sesiones cómicas de paddle surf fallido, la semana en Menorca transcurrió también con momentos de calma genuina: cenas frente al mar viendo atardeceres que teñían el horizonte de tonos imposibles, paseos de madrugada por calas desiertas antes de que llegaran los primeros turistas del día, y conversaciones largas sin ninguna prisa, sin ningún reloj marcando plazos de trabajo ni presiones familiares, solo dos personas aprendiendo a conocerse en la versión más relajada y honesta de sí mismas.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?
—preguntó Marti, una noche, tumbados en la arena todavía tibia mientras contemplaban las estrellas—.
Que después de todo el drama del año pasado, esto —señaló el silencio de la playa, la ausencia total de urgencias— me parece casi aburrido. En el buen sentido.
—Creo que a eso se le llama paz, Marti. Es una sensación nueva para los dos, la verdad.
—Podría acostumbrarme a ella, siempre que de vez en cuando me sigas dando espectáculos gratuitos de paddle surf fallido.
—Ese espectáculo, para que lo sepas, no pienso repetirlo nunca más en la vida.
—Ya veremos. Conozco tu tozudez de arquitecto convencido de que la física está de tu lado.
Regresaron a Barcelona una semana después, bronceados, descansados, y con una carpeta entera de fotografías y vídeos —incluidas las nueve caídas del paddle surf, documentadas con una precisión casi profesional gracias al entusiasmo de Marti— que se convertirían, en los años siguientes, en material de referencia obligado cada vez que la familia quisiera recordarle a Bruno que ni siquiera un arquitecto brillante podía escapar a las leyes básicas de la física del equilibrio sobre una tabla flotante.