CAPÍTULO 25
Convivencia, cajones y otras guerras domésticas
Instalarse juntos en un piso más grande cerca del Born —una decisión práctica, dado que ambos pasaban ya la mayor parte del tiempo entre el obrador y el estudio de arquitectura de Bruno— resultó ser, para sorpresa de ambos, un desafío considerablemente más cómico de lo que ninguno había anticipado.
La primera semana de convivencia oficial reveló diferencias de costumbres que ninguna cita romántica, ninguna crisis familiar compartida, había sacado a la luz durante el año anterior.
—¿Por qué guardas los tenedores mezclados con las cucharas? —preguntó Bruno, la segunda mañana en el piso nuevo, contemplando el cajón de cubiertos con una expresión de auténtico desconcierto—. Es un caos absoluto.
—Porque los uso indistintamente para casi todo, así que no le veo sentido a separarlos.
—Marti, existe un orden lógico universal para organizar un cajón de cubiertos. No es opcional, es sentido común básico.
—Dice el hombre que organiza sus camisas por gradiente de color como si viviera dentro de una revista de decoración.
—¡Eso es simplemente tener buen gusto!
—Eso es tener un problema, cariño, pero te quiero igual.
La guerra de los cajones de cubiertos se extendió, con el paso de las semanas, a otros terrenos igualmente absurdos: la disposición correcta del papel higiénico (Bruno insistía en que debía caer por delante, Marti sostenía con firmeza que la orientación era irrelevante y que discutir sobre ello era «un síntoma preocupante de tu necesidad de control»), la temperatura ideal del aire acondicionado (Marti prefería el calor casi tropical de quien ha vivido siempre sin aire acondicionado en su piso de Gràcia, mientras Bruno, acostumbrado al clima controlado de Londres, defendía temperaturas que Marti calificaba de «polares e inhumanas»), y la cuestión, particularmente delicada, de quién debía encargarse de sacar la basura, un debate que ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder sin batalla.
—Esto es ridículo —dijo Marti, una noche, tras la enésima discusión sobre el orden correcto del lavavajillas—. Llevamos un año superando artículos difamatorios, ex parejas incómodas y crisis florales de última hora, y ahora nos vamos a divorciar por culpa de un tenedor mal colocado.
—No nos vamos a divorciar por un tenedor, Marti. Nos vamos a divorciar si sigues insistiendo en que el papel higiénico da igual cómo se coloque, porque eso, científicamente, es incorrecto.
—Bruno, no existe ciencia del papel higiénico.
—Existe, y la ciencia está de mi parte.
Fue Empar, durante una de sus visitas dominicales al piso nuevo, quien puso fin a la disputa con la sabiduría práctica que la caracterizaba, mientras observaba divertida la discusión entre ambos sobre la disposición correcta de las especias en la cocina.
—¿Sabéis cuál es el secreto de un matrimonio largo?
—preguntó, sin que nadie se lo hubiera pedido, mientras preparaba café en la cocina nueva de la pareja—.
No es estar de acuerdo en todo. Mi marido, que en paz descanse, colocaba las toallas de una forma que a mí me sacaba de quicio durante los primeros diez años de matrimonio, y jamás llegamos a un acuerdo sobre el tema.
—¿Y cómo lo resolvisteis? —preguntó Marti.
—No lo resolvimos. Simplemente decidimos que discutir sobre toallas mal dobladas era mucho menos importante que discutir sobre las cosas que de verdad importaban: cómo educar a los hijos, cómo gestionar el negocio, cómo cuidarnos el uno al otro cuando la vida se ponía difícil.
El resto son ruidos de fondo, jovencitos.
Aprended a distinguir el ruido de la música, y el matrimonio se vuelve mucho más sencillo.
Marti y Bruno se miraron, algo avergonzados, conscientes de que llevaban semanas convirtiendo pequeñeces domésticas en batallas campales mientras las cosas verdaderamente importantes —el amor genuino que se profesaban, el respeto mutuo, la complicidad construida a pulso durante un año entero de dramas compartidos— seguían intactas, sólidas, ajenas por completo a discusiones sobre tenedores y papel higiénico.
—Está bien —concedió Bruno, finalmente—. Los cubiertos pueden quedarse mezclados, si tanto te importa.
—Y yo aceptaré que el papel higiénico caiga por delante, aunque siga pensando que es una tontería sin importancia científica real.
—Es un buen compromiso.
—Es un compromiso ridículo, pero lo acepto.
Se besaron, sellando la tregua doméstica con la misma ligereza cómica con la que habían sellado, meses atrás, aquel absurdo contrato de novia falsa que había desatado toda su historia, conscientes ambos de que las pequeñas batallas cotidianas, lejos de amenazar lo que tenían, formaban parte natural del aprendizaje mutuo de convivir con alguien a quien se quiere de verdad, con defectos, manías y gustos discutibles sobre la organización de los cajones de cocina incluidos.