CAPÍTULO 23
La boda
La ceremonia se celebró en el jardín de un antiguo palacete del Born, a apenas diez minutos a pie del obrador, con las paredes de piedra cubiertas de hiedra y una luz de finales de mayo que caía suave sobre las sillas blancas dispuestas para los invitados.
Marti caminó hacia el altar improvisado bajo una pérgola de flores —rosas rojas y peonías blancas, finalmente, gracias a la intervención heroica de Empar— del brazo de su padre, un hombre discreto que había viajado desde su pueblo natal en Castilla para la ocasión y que no dejó de repetir, durante todo el trayecto hacia el altar, lo orgulloso que estaba de su hija, «aunque sigas sin saber planchar una camisa decentemente, hija mía».
Bruno la esperaba al final del pasillo improvisado, vestido con un traje azul marino que Marti reconoció, con una sonrisa cómplice, como el mismo tono de azul que llevaba el día en que se conocieron, aunque esta vez sin ningún rastro de horchata derramada sobre la tela.
Cuando sus miradas se encontraron, Marti sintió que el mundo entero se reducía, por un instante, a aquel simple intercambio de sonrisas, ajena por completo al resto de invitados, a las cámaras de los fotógrafos, incluso a los nervios que la habían acompañado durante toda la mañana.
—Estás preciosa —le susurró Bruno, cuando finalmente llegó a su lado.
—Tú no estás nada mal tampoco, para ser un hombre que hace un año discutía conmigo sobre tipografías como si le fuera la vida en ello.
—Sigo dispuesto a discutir sobre tipografías el resto de mi vida, para que quede claro.
—Cuento con ello.
La ceremonia, oficiada por una amiga de la familia con la autorización correspondiente, fue breve pero cargada de emoción, con votos que ambos habían escrito por separado y que, para sorpresa general, coincidían en un detalle curioso: los dos habían mencionado, sin haberlo consultado previamente, el episodio de la horchata derramada como el verdadero inicio de su historia, mucho antes de que ninguna mentira, ningún contrato falso, hubiese entrado en juego.
—Prometo —dijo Bruno, con la voz quebrada por la emoción— seguir tropezando contigo el resto de mi vida, aunque signifique arruinar más camisas de las que puedo permitirme reponer.
—Prometo —contestó Marti, entre risas y lágrimas a partes iguales— seguir teniendo servilletas de papel a mano para cualquier desastre futuro que la vida nos depare, porque contigo he aprendido que los desastres, bien gestionados, pueden convertirse en las mejores historias.
Empar, sentada en primera fila junto a Núria, se secó una lágrima discreta con un pañuelo bordado que llevaba guardado, según contó después, «desde mi propia boda, hace más de cincuenta años, esperando el momento adecuado para volver a usarlo».
Tras el intercambio de anillos y el beso que selló oficialmente la unión —aplaudido con un entusiasmo particular por Ramon Vilaseca, que había insistido en sentarse en primera fila junto a su hija Clàudia y su pareja Irene, demostrando con hechos que la aceptación familiar, aunque tardía, había llegado para quedarse—, los invitados se trasladaron al patio interior del palacete, donde Empar había supervisado personalmente cada detalle del banquete.
La mesa de postres, colocada en un lugar de honor junto a la pista de baile, exhibía una réplica en miniatura del mural del obrador, tallada en azúcar por la propia Empar con una paciencia artesanal que hizo que más de un invitado se acercara solo para admirar el detalle antes de atreverse a probarlo.
En el centro, coronando la composición, una pequeña figura de fondant representaba a Marti y Bruno sosteniendo entre ambos un diminuto horno de leña, idéntico al del logotipo original que había dado inicio, sin que nadie lo supiera entonces, a toda aquella historia.
—Empar, esto es una obra de arte —dijo Marti, contemplando la mesa de postres con auténtica admiración—. No hacía falta que te tomaras tantas molestias.
—Claro que hacía falta, jovencita. Cuando alguien se convierte en parte de tu familia, no hay molestia que sea suficiente para celebrarlo como se merece.
El baile de los novios se abrió con una canción que Cova había insistido en elegir personalmente, una versión jazzística de un bolero clásico interpretada por su propio grupo, que por fin tenía la oportunidad de tocar ante un público que no fuera exclusivamente los clientes habituales del bar del Raval.
Marti y Bruno bailaron, torpes pero felices, ante los aplausos de toda la familia reunida, mientras las luces del jardín se encendían poco a poco con el atardecer, dando al momento una calidez casi cinematográfica que ninguno de los dos habría sabido describir con palabras sin sonar exageradamente cursi.
—¿Recuerdas el primer baile de verdad que compartimos? —preguntó Bruno, mientras se movían despacio al ritmo de la música—. En la Festa Major de Gràcia, bailando rumba fatal los dos.
—Cómo olvidarlo. Fue la primera vez que sentí que lo nuestro dejaba de ser una actuación.
—Y ahora aquí estamos, un año después, bailando de verdad, sin contratos ni guiones de por medio.
—Solo nosotros dos, aprendiendo a bailar juntos el resto de nuestras vidas, un tropiezo torpe cada vez.
La fiesta continuó hasta bien entrada la madrugada, entre brindis, discursos improvisados de familiares que aprovechaban cualquier excusa para contar anécdotas embarazosas de la infancia de Bruno, y un momento especialmente emotivo en el que Ramon Vilaseca, ya con varias copas de cava encima, se levantó para brindar por «el amor de verdad, que a veces empieza siendo mentira pero que sabe encontrar su camino hacia la honestidad si a la gente le sobra el valor suficiente para dejarlo florecer», un brindis que sorprendió a todos por su profundidad inesperada y que Núria calificó después, entre risas, como «lo más sensato que ha dicho ese hombre en veinte años de conocerlo».
Cuando la fiesta finalmente terminó, ya de madrugada, Marti y Bruno se quedaron un momento a solas en el jardín vacío, contemplando las luces todavía encendidas y los restos de la celebración esparcidos entre las mesas, con la sensación tranquila de quien acaba de cerrar, por fin, el capítulo más turbulento de su historia para abrir uno nuevo, mucho más sereno, que apenas empezaba a escribirse.
—Feliz vida de casados, señora Ferrer —dijo Bruno, abrazándola por la cintura.
—Feliz vida de casados, señor arquitecto exigente con las tipografías.
—Contigo, hasta las tipografías se vuelven interesantes.
—Contigo, hasta la horchata derramada se convierte en el inicio de un cuento de hadas.
Se besaron una vez más, bajo el cielo estrellado de una Barcelona que llevaba siendo testigo silencioso de toda su historia desde aquel primer Sant Jordi, ajenos por completo al hecho de que su historia, lejos de terminar aquella noche, apenas estaba empezando el capítulo más largo y más bonito de todos: el de la vida cotidiana, compartida, sin necesidad de guiones ni de actuaciones para nadie más que para ellos mismos.