Cariño, ¡esto es un malentendido! CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La crisis de las flores (o el último malentendido)

Como si el universo hubiese decidido que aquella pareja no podía celebrar una boda sin al menos un malentendido de última hora, el día antes de la ceremonia trajo consigo un desastre logístico que estuvo a punto de convertirse en leyenda familiar para siempre.

El problema empezó cuando la floristería encargada del ramo de novia y de la decoración floral del banquete, situada en el mercado de Santa Caterina, confundió el pedido de Marti con el de otra novia que se casaba el mismo fin de semana, una tal Martina Soler, cuyo nombre se parecía lo suficiente al de Marti como para provocar una catástrofe administrativa de proporciones épicas.

—¿Cómo que las flores son de color rosa palo y girasoles? —preguntó Marti, con el teléfono pegado a la oreja y el pánico creciendo en su voz—. Yo pedí rosas rojas y peonías blancas, como las que llevaba en el mural.

—Lo siento muchísimo, señorita Solà, ha habido una confusión con otro pedido —se disculpó la florista, con una voz que delataba el mismo nivel de pánico que sentía Marti—. El otro pedido, el de rosas rojas y peonías, ya ha salido para... para la boda equivocada.

—¿Cómo que para la boda equivocada? ¿Dónde está mi boda equivocada ahora mismo, exactamente?

Resultó que las flores de Marti habían terminado, por error, decorando el banquete de una boda que se celebraba esa misma tarde en un hotel del Maresme, a más de cuarenta kilómetros de Barcelona, mientras que las flores destinadas a esa boda —rosa palo y girasoles, un color que no tenía absolutamente nada que ver con la paleta cuidadosamente elegida por Marti— estaban a punto de llegar al obrador de la calle Flassaders.

—Esto es de locos —dijo Bruno, cuando Marti lo llamó, presa de una risa nerviosa que oscilaba peligrosamente entre el ataque de histeria y la carcajada genuina—. ¿En serio hay dos bodas confundiendo sus flores el mismo fin de semana?

—Por lo visto sí. Bruno, no puedo casarme con girasoles. Los girasoles son preciosos, pero no son nuestra boda.

—Espera, déjame pensar.

Fue, sorprendentemente, Empar quien resolvió la crisis con la eficiencia práctica de quien lleva décadas gestionando imprevistos en un negocio familiar.

Hizo un par de llamadas a antiguos proveedores del mercado de la Boqueria, contactos que se remontaban a más de treinta años de relaciones comerciales cultivadas con paciencia, y en menos de dos horas había conseguido reunir, de tres floristerías distintas, suficientes rosas rojas y peonías blancas para recomponer el pedido original, aunque con una variedad ligeramente distinta que, en opinión de Empar, «quedaría todavía más bonita que la primera versión, ya lo veréis».

—¿Cómo has conseguido esto en tan poco tiempo? —preguntó Marti, asombrada, cuando las flores correctas llegaron finalmente al obrador la mañana de la boda.

—Cuarenta y dos años llevando un negocio en este barrio te enseñan que siempre hay un contacto, un favor pendiente, una solución escondida detrás de cualquier problema que parezca imposible.

Y ahora, jovencita, deja de hacer preguntas y ve a arreglarte, que la novia no puede llegar tarde a su propia boda, por muy acostumbrada que estés a llegar tarde a todo lo demás.

—Eso ha sido un golpe bajo, Empar.

—Ha sido la pura verdad, que es distinto.

Mientras tanto, en otra parte de Barcelona, la novia equivocada —la auténtica Martina Soler, ajena por completo al drama floral que había desatado sin saberlo— se casaba felizmente rodeada de rosas rojas y peonías blancas que no había pedido pero que, según contó después una amiga común que asistió por casualidad a ambas celebraciones, «le quedaron todavía mejor que los girasoles que había elegido al principio, la verdad».

—Así que al final las dos bodas salieron ganando con el intercambio —comentó Bruno, cuando le contaron la anécdota completa semanas después—. Es la clase de casualidad que ni el mejor guionista de comedia sería capaz de inventar.

—Empiezo a pensar que Barcelona entera conspira para que nuestra historia tenga siempre un toque de comedia de enredos —dijo Marti, riendo—.

Primero la horchata, después el artículo, ahora las flores.

Si algún día alguien decide escribir un libro sobre nosotros, no le van a faltar anécdotas ridículas que contar.

—Mientras el final sea el correcto, no me importa cuántos malentendidos tengamos que atravesar por el camino.

Y con las flores correctas finalmente en su sitio, la boda de Marti y Bruno pudo celebrarse, por fin, tal y como habían planeado, sin más sorpresas de última hora que las estrictamente necesarias para que la historia siguiera siendo, hasta el último momento, fiel a su espíritu de comedia romántica con final feliz garantizado.