Cariño, ¡esto es un malentendido! CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

El vestido, el pánico y una lección de la abuela

Tres semanas antes de la boda, Marti vivió lo que ella misma calificaría después como «la crisis de pánico más ridícula y a la vez más comprensible de mi vida».

Ocurrió un martes por la tarde, en la tienda de vestidos de novia del Eixample donde tenía la última prueba antes de recoger el vestido definitivo, cuando, al mirarse en el espejo con la seda blanca ajustada perfectamente a su figura, sintió de pronto que le faltaba el aire.

—¿Estás bien? —preguntó la dependienta, alarmada al ver que Marti se agarraba al respaldo de una silla cercana.

—Sí, sí, solo necesito un momento.

Llamó a Cova, que llegó al cabo de veinte minutos, encontrando a su amiga sentada en el probador con el vestido todavía puesto y una expresión de terror que no encajaba en absoluto con la felicidad que se suponía debía sentir una novia a tres semanas de su boda.

—Marti, ¿qué ha pasado?

—No lo sé, Cova. Estaba mirándome en el espejo y de repente pensé: ¿y si todo esto es demasiado bueno para ser verdad?

¿Y si en algún momento se rompe todo otra vez, como pasó con el artículo de Iván?

¿Y si estoy tan acostumbrada a que las cosas buenas de mi vida terminen mal que no sé cómo comportarme cuando algo sale bien de verdad?

Cova se sentó a su lado, con la paciencia de quien conoce a su amiga desde hace años y sabe reconocer cuándo un ataque de pánico necesita palabras y cuándo necesita, simplemente, silencio compartido.

—Marti, ¿recuerdas lo que te dijo Empar sobre la duda? Que la duda no es lo contrario del amor, sino parte de él.

—Lo recuerdo.

—Pues esto es exactamente eso. No significa que algo vaya mal. Significa que te importa lo suficiente como para tener miedo de perderlo.

Marti se quedó pensativa, respirando poco a poco con más calma, mientras se miraba de nuevo en el espejo, esta vez sin el pánico inicial nublándole la vista.

—¿Y si voy a ver a Empar? —dijo finalmente—. Creo que necesito hablar con ella antes de la boda.

Encontró a la abuela de Bruno en el obrador, como cada tarde, terminando la última hornada del día con la misma dedicación silenciosa de siempre. Empar, al ver la expresión de Marti, no necesitó preguntar demasiado para entender que algo la preocupaba.

—Siéntate, jovencita. Cuéntame qué te ronda por la cabeza.

Marti le explicó, con la voz todavía algo temblorosa, el ataque de pánico en la tienda de vestidos, el miedo irracional a que la felicidad actual fuera solo un preludio de otro desastre, la sensación de no saber gestionar algo bueno que durara de verdad.

—Ay, Martina —dijo Empar, sentándose frente a ella con las manos todavía cubiertas de harina—, ¿sabes cuántas veces sentí yo lo mismo en mis primeros años de casada?

Mi marido y yo abrimos este negocio con las manos vacías y las deudas hasta el cuello.

Hubo noches enteras en las que pensé que todo se iba a derrumbar, que no éramos lo suficientemente buenos, lo suficientemente afortunados, para merecer lo que estábamos construyendo.

—¿Y cómo lo superaste?

—No lo superé del todo, si te soy sincera.

El miedo nunca desaparece por completo cuando algo te importa de verdad.

Lo que aprendí, con los años, es que el miedo no tiene por qué decidir por ti.

Puedes sentirlo y seguir adelante de todas formas.

Eso es, en realidad, todo lo que significa el valor: no la ausencia de miedo, sino la decisión de actuar a pesar de él.

—Empar, gracias. De verdad. No solo por esto, sino por todo. Por darme una segunda oportunidad, por enseñarme a hacer hojaldre, por hacerme sentir parte de esta familia incluso después de haberla decepcionado tanto.

—Martina, mírame. —Empar le cogió las manos, con una firmeza cariñosa que a Marti le recordó, de nuevo, por qué aquella mujer se había ganado su cariño incondicional desde el primer día—.

Bruno te quiere de una manera que no había visto en él nunca, ni siquiera con esa chica inglesa que le rompió el corazón.

Y tú lo quieres de una manera que se nota en cada gesto pequeño, en cada broma, en cada vez que discutís sobre tonterías como si fuera lo más importante del mundo.

Eso no se rompe fácilmente, jovencita. Eso se sostiene, con esfuerzo, con paciencia, y con hojaldre bien hecho de vez en cuando.

Marti se rió, con las lágrimas todavía frescas en las mejillas, y por primera vez desde el ataque de pánico en la tienda de vestidos, sintió que la ansiedad daba paso, poco a poco, a una calma genuina.

—¿Sabes qué? Voy a volver a la tienda mañana a terminar la prueba del vestido, sin ningún ataque de pánico esta vez.

—Así me gusta. Y ahora, ya que estás aquí, ayúdame a doblar esta masa, que las manos ociosas son el peor remedio contra los nervios que existe.

Marti se arremangó, sonriendo, y pasó la siguiente hora amasando junto a la mujer que se había convertido, sin que ella lo planeara nunca, en la abuela que nunca había tenido, mientras el sol de la tarde entraba oblicuo por el escaparate renovado del obrador, iluminando el mural del callejón donde su propia historia de amor quedaría pintada para siempre.