CAPÍTULO 20
El amor de Cova, entre bambalinas
Mientras Marti y Bruno ultimaban los preparativos de la boda, Cova vivía su propia subtrama romántica, que llevaba semanas desarrollándose en un segundo plano discreto y que amenazaba con estallar justo antes del gran día.
El protagonista involuntario era Martí Puig —«sí, ya sé que suena raro que mi futuro cuñado postizo se llame casi como yo», bromeaba Marti cada vez que salía el tema—, el muralista que Marti había contratado para pintar la fachada del obrador, un hombre de manos manchadas de pintura permanentemente y una paciencia infinita que Cova, acostumbrada a relaciones fugaces con músicos igual de caóticos que ella, no sabía muy bien cómo interpretar.
—No sé qué hacer con él —confesó Cova una noche, tirada en el sofá del piso de Gràcia con una copa de vino que llevaba más tiempo en la mano que en su estómago—.
Es tan tranquilo, tan normal. Estoy acostumbrada a que las cosas exploten rápido y luego se apaguen igual de rápido.
Con él todo va despacio, y no sé si eso me da paz o me aburre.
—Cova, llevas toda la vida saliendo con gente que confunde el drama con la pasión. Quizás la paz es justo lo que necesitas para variar.
—¿Cuándo te volviste tan sabia sobre relaciones, si hace un año no sabías ni distinguir entre fingir salir con alguien y salir de verdad?
—Toqué fondo con los tres emojis y desde entonces he tenido tiempo de reflexionar mucho, la verdad.
Martí Puig, que había pasado semanas enteras trabajando en el mural bajo la atenta supervisión ocasional de Cova —que aparecía con excusas cada vez menos creíbles para «ver cómo va el trabajo»—, terminó por invitarla a cenar la misma noche en que se completó la escena final del mural, el retrato de Marti y Bruno sosteniendo el pequeño horno de leña estilizado.
—He tardado dos meses en reunir el valor para pedirte una cita de verdad —confesó Martí, mientras cenaban en un restaurante pequeño del Poble Sec, con la timidez de quien está más acostumbrado a expresarse con brochas que con palabras—.
Cada vez que venías a ver el mural, pensaba que sería el día perfecto para preguntarte, y cada vez me acobardaba en el último momento.
—Yo pensaba que solo venías porque yo te distraía tanto que necesitabas dos meses más de los previstos para terminar el mural.
—Eso también es un poco cierto, para qué negarlo.
Cova, que había pasado años convencida de que necesitaba relaciones intensas y caóticas para sentirse verdaderamente enamorada, descubrió con sorpresa que la tranquilidad deliberada de Martí Puig —su manera de escuchar sin interrumpir, de recordar detalles pequeños de conversaciones pasadas, de no necesitar llenar cada silencio con ruido— le producía una calma que no había sentido nunca antes, y que empezaba a sospechar, con cierto terror inicial, que podría llamarse felicidad de verdad.
—Marti, creo que me estoy enamorando de un hombre tranquilo, y no sé si eso me da miedo o alivio —le confesó a su amiga, la semana antes de la boda.
—Bienvenida al club de las personas que descubren que el amor de verdad no necesita ser un drama constante para ser real.
—¿Tú lo sabías desde el principio con Bruno?
—Yo tardé meses en darme cuenta, entre fingir una relación falsa y convencerme de que lo que sentía era solo parte de la actuación. Así que no, no lo sabía desde el principio. Pero cuando lo supe, ya no pude dejar de saberlo.
Cova decidió, finalmente, invitar a Martí Puig a la boda de su mejor amiga, un gesto simbólico que ambas sabían que significaba mucho más que una simple invitación a un evento social: era la primera vez, en años, que Cova presentaba oficialmente a alguien como algo más que «un rollo pasajero» ante la gente que más le importaba.
—¿Preparada para presentarme como tu pareja delante de toda esta gente? —preguntó Martí, la mañana de la boda, mientras ambos se arreglaban en el piso de Gràcia antes de dirigirse a la ceremonia.
—Preparada, aunque me da vértigo. Nunca había presentado a nadie oficialmente en una boda.
—Yo tampoco. Supongo que estamos empezando cosas nuevas los dos a la vez, de alguna forma.
—Menos mal que al menos nosotros no tenemos que fingir nada delante de nadie. Ya tuve suficiente drama de contratos falsos viviendo con Marti este último año.
Ambos se rieron, conscientes de que aquel día, además de celebrar la boda de Marti y Bruno, marcaba también el inicio silencioso, casi imperceptible para el resto del mundo, de una historia propia que apenas empezaba a escribirse.