CAPÍTULO 19
Despedidas de soltero, a la barcelonesa
La noticia del compromiso corrió por el barrio del Born con la velocidad de un titular de periódico, aunque esta vez, para alivio de todos, se trataba de un cotilleo completamente verdadero y celebrado por unanimidad.
Empar insistió en organizar personalmente una merienda de celebración en el obrador, con una tarta que superaba en dimensiones cualquier pastel que hubiera hecho antes «porque hay ocasiones que merecen exagerar, jovencita, y esta es una de ellas», mientras Núria, en un alarde de generosidad que sorprendió a todos, se ofreció a financiar la mitad de los gastos de la boda «como agradecimiento por haber salvado el negocio familiar, aunque fuera de la forma más absurda posible».
Cova, por su parte, se autoproclamó organizadora oficial de la despedida de soltera, un cargo que ejerció con el mismo entusiasmo desmedido que ponía en sus versiones jazzísticas de Rocío Jurado.
—He organizado una noche perfecta —anunció Cova, tres semanas antes de la boda, desplegando sobre la mesa de la cocina un itinerario escrito a mano con una letra que solo ella misma era capaz de descifrar del todo—.
Empezamos con cava en el Poble Sec, seguimos con una clase de baile flamenco impartida por una amiga mía que se dedica a esto profesionalmente, y terminamos cantando karaoke hasta que nos echen del local o hasta que amanezca, lo que ocurra primero.
—Cova, no necesito una despedida de soltera tan elaborada. Con una cena tranquila me conformo.
—Marti, llevas un año entero viviendo una comedia romántica de las buenas. No pienso permitir que tu despedida de soltera sea una cena tranquila. Sería un insulto al género.
La noche resultó, como era de esperar, mucho más caótica de lo planeado.
La clase de baile flamenco terminó con Marti pisando accidentalmente a la profesora en tres ocasiones distintas, un incidente que la propia profesora calificó, entre risas, como «el nivel de torpeza más entrañable que he visto en quince años de docencia».
El karaoke se alargó hasta las tres de la madrugada, con Cova interpretando una versión desgarradora de una canción de Rocío Jurado que hizo llorar de la risa a todo el bar, y con Marti cantando, entre carcajadas incontrolables, una canción sobre desamor que dedicó públicamente, con ironía cariñosa, «a los tres emojis que me cambiaron la vida sin saberlo».
Bruno, mientras tanto, vivía su propia despedida de soltero organizada por su primo, un plan considerablemente menos ambicioso que consistía en una tarde de fútbol en un bar del Eixample seguida de una cena en un restaurante especializado en carnes, donde el tema de conversación principal terminó siendo, casi inevitablemente, la propia historia de amor de Bruno y Marti.
—Todavía no me puedo creer que empezara todo porque te tiró un vaso de horchata encima —comentó el primo, entre risas, mientras brindaban con la última ronda de la noche.
—Es la historia más ridícula que he vivido nunca, y sin embargo es la mejor cosa que me ha pasado. A veces la vida tiene un sentido del humor que ni el mejor guionista de comedia sería capaz de inventar.
—¿Y no te preocupa que todo empezara siendo mentira, aunque sea solo al principio?
Bruno se quedó pensativo un momento, sopesando la pregunta con la seriedad que solo el vino y las conversaciones nocturnas de las despedidas de soltero suelen provocar.
—Al principio sí me preocupaba. Pero luego entendí algo, gracias a mi abuela, en realidad: lo que importa no es cómo empieza una historia, sino la honestidad con la que decides sostenerla cuando ya no hace falta fingir nada. Y con Marti, desde hace mucho tiempo, ya no finjo absolutamente nada.
La mañana después de ambas despedidas, Marti y Bruno se encontraron, con resacas moderadas pero sonrisas genuinas, en la cafetería del barrio donde solían desayunar los domingos, comparando anécdotas de sus respectivas noches con el cariño divertido de quien ya no necesita demostrarle nada al otro.
—¿Cómo estuvo tu clase de baile flamenco? —preguntó Bruno, con una sonrisa que anunciaba que ya conocía, gracias a un vídeo que Cova le había enviado sin ningún pudor, los detalles más vergonzosos del incidente.
—No hables. Tú, señor fútbol y carne, no tienes ningún derecho a burlarte de mí.
—Solo digo que hay un vídeo circulando de ti pisando a una profesora de flamenco profesional tres veces seguidas.
—Y hay un vídeo circulando de tu equipo de fútbol perdiendo por goleada mientras tu primo lloraba de la risa en las gradas, así que estamos empatados.
—Touché.
Faltaban apenas dos semanas para la boda, y ambos sabían, con la certeza tranquila de quien ha superado ya la peor tormenta de su historia juntos, que lo que estaba por venir sería, sencillamente, la celebración merecida de todo el camino recorrido.