CAPÍTULO 17
Después de la tormenta
Los meses siguientes a la inauguración transcurrieron con la tranquilidad particular de las historias que, tras superar su tormenta principal, se asientan en algo parecido a la felicidad cotidiana, esa que no sale en los titulares de los periódicos pero que sostiene, en realidad, la vida de verdad.
La Pastisseria Ferrer se convirtió en una parada obligada de las guías turísticas del Born, no por ser una atracción impersonal más, sino precisamente por lo contrario: por conservar el alma de un negocio familiar que había sabido reinventarse sin perder su esencia.
Dulcia, la cadena que había estado esperando durante meses una respuesta a su oferta de compra, recibió finalmente un no rotundo por parte de Núria, acompañado de una sonrisa que, según contó después Empar entre risas, «no se veía en la cara de mi hija desde que ganó el campeonato de mus del barrio en el noventa y ocho».
Marti amplió su estudio de ilustración con dos nuevos encargos que llegaron directamente gracias al boca a boca generado por el proyecto de la pastelería: una cadena de librerías independientes de Barcelona quería un proyecto similar de identidad visual, y un pequeño hotel boutique del Gòtic le había propuesto ilustrar los murales de sus habitaciones.
Cova, por su parte, consiguió por fin un contrato fijo en el bar del Raval donde trabajaba, con la condición añadida de que su grupo de versiones jazzísticas de Rocío Jurado pudiera actuar allí una vez al mes, algo que ella consideraba «el mayor triunfo profesional de mi vida, más incluso que un aumento de sueldo».
—¿Te has planteado alguna vez —le preguntó Bruno a Marti una tarde de noviembre, mientras paseaban junto al puerto tras cerrar el obrador— que si nunca te hubiera tirado la horchata encima, nada de esto habría pasado?
—Fuiste tú quien tropezó con mi caballete, para que quede claro. Yo solo sostuve el vaso mal colocado en el peor momento posible.
—Da igual quién tropezara con qué. El punto es que un desastre completamente absurdo terminó convirtiéndose en la mejor cosa que me ha pasado en la vida.
—Eso es bastante poético para alguien que discute conmigo sobre tipografías con la misma pasión que reserva para temas de vida o muerte.
—Contigo he aprendido que las tipografías sí son un tema de vida o muerte, Marti. Me has corrompido por completo.
Empar, mientras tanto, había asumido con entusiasmo su nuevo papel de futura suegra, un rol que ejercía con la misma dedicación tozuda que había puesto siempre en su repostería.
Las clases de hojaldre de los sábados continuaron, aunque ya sin la tensión inicial de la desconfianza, convirtiéndose en un ritual semanal que Marti esperaba con verdadero cariño.
Incluso Núria, que en un principio había visto la relación de su hijo con cierta reticencia práctica, terminó rindiéndose ante la evidencia de las cifras: desde que Marti había entrado en la vida de Bruno, tanto él como el negocio familiar parecían haber encontrado un equilibrio que ninguna estrategia de marketing ortodoxa habría conseguido nunca.
—Tengo que admitir —le confesó Núria a Marti durante una comida familiar, ya sin necesidad de guiones ni actuaciones—, que al principio pensé que erais demasiado jóvenes e imprudentes para saber lo que hacíais.
Pero he aprendido que a veces las decisiones más imprudentes son las que terminan saliendo mejor, siempre que se sostengan con el trabajo suficiente después.
—Viniendo de la mujer más pragmática de Barcelona, eso significa mucho para mí, Núria.
—No te acostumbres a los cumplidos, que solo doy uno por trimestre.
La relación con Alexandra, por su parte, se disolvió en la normalidad discreta de dos personas adultas que simplemente ya no formaban parte de la vida del otro más que como conocidos profesionales ocasionales; se cruzaron un par de veces más en eventos del sector arquitectónico, siempre con la cortesía distante propia de quien ha cerrado definitivamente un capítulo.
En cuanto a Dani, Marti supo, gracias a la infalible red de información de Cova, que había roto con Valeria pocos meses después de la exposición, un dato que en su día le habría provocado una satisfacción mezquina pero que ahora apenas le producía un interés pasajero, prueba definitiva de que aquella herida, por fin, había cicatrizado del todo.
Iván Roca, el antiguo compañero de Bruno responsable del artículo malintencionado, terminó dejando el estudio de arquitectura pocos meses después, tras un proyecto fallido que dejó en evidencia, sin necesidad de intervención de nadie más, las carencias profesionales que el resentimiento hacia Bruno probablemente había intentado disimular todo aquel tiempo.
Bruno, que en algún momento se había planteado la posibilidad de una confrontación directa, terminó por no sentir siquiera la satisfacción de la venganza: simplemente, aquella historia dejó de importarle, sepultada bajo la vida nueva que estaba construyendo, ladrillo a ladrillo, junto a Marti.
Una noche de diciembre, mientras decoraban juntos el pequeño piso de Bruno con las primeras luces navideñas, Marti se detuvo un momento, observando el mural imaginario que había construido en su cabeza durante los últimos meses: la historia de dos personas que se habían conocido por accidente, que habían mentido por conveniencia, y que habían terminado encontrando, en medio de todo aquel desastre, la clase de amor que ni siquiera las mejores comedias románticas se atrevían a prometer con garantías.
—¿En qué piensas? —preguntó Bruno, al ver su expresión pensativa.
—En que si alguien me hubiera dicho hace un año que acabaría enamorándome de un desconocido al que le tiré una horchata encima, me habría reído en su cara.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que es la mejor cosa que me ha pasado nunca, aunque suene a frase de tarjeta de felicitación cursi de las que solía intentar vender sin éxito.
—Me alegra saber que por fin encontraste un público dispuesto a comprar tus frases cursis.
—Cállate y ayúdame a colgar estas luces, que se te da fatal la decoración navideña.
—Eso, cariño, es exactamente el tipo de comentario que demuestra que ya formas parte de esta familia de verdad.