CAPÍTULO 16
La inauguración
El día de la inauguración amaneció con ese cielo azul intenso, casi teatral, que Barcelona reserva para sus ocasiones importantes, como si la ciudad entera hubiese decidido colaborar en la puesta en escena del momento decisivo de aquella historia.
La calle Flassaders se llenó desde primera hora con mesas cubiertas de manteles blancos, bandejas de pastas recién horneadas, y una guirnalda de banderines de papel que Cova había insistido en colgar «para darle un toque de Festa Major, que aquí todo se celebra con banderines».
Marti llegó temprano, vestida con un vestido verde que había comprado especialmente para la ocasión —sin necesidad de pedirlo prestado a Cova esta vez, un pequeño gesto de independencia que le pareció simbólicamente importante— y encontró a Bruno ya en la puerta del obrador, ajustando nervioso el cartel que anunciaba la reapertura oficial.
—Estás preciosa —dijo él, al verla llegar.
—Tú estás muy elegante para alguien que hace una hora estaba discutiendo con una escalera de mano.
—La escalera ganó la discusión, para que lo sepas. Todavía tengo un rasguño en el brazo que lo demuestra.
Los invitados empezaron a llegar poco después: vecinos del barrio que llevaban toda la vida comprando el pan en aquella misma pastelería, clientes nuevos que habían descubierto el local a través de Instagram, un par de periodistas de medios serios interesados en la historia de reinvención de un negocio familiar centenario, y finalmente, la familia al completo, encabezada por Núria, que repartía instrucciones a diestro y siniestro con la energía de un general en plena batalla, y por los Vilaseca, con Ramon estrechando manos con su vozarrón habitual y Clàudia, esta vez, acompañada abiertamente de su pareja, una mujer llamada Irene a quien presentó sin titubeos a todo el que quiso escuchar.
—Papá, esta es Irene, mi pareja desde hace dos años —anunció Clàudia, con una firmeza que hizo que Marti sintiera un orgullo extraño por alguien a quien apenas conocía—. Ya iba siendo hora de que dejara de esconderla en las comidas familiares.
Ramon se quedó un instante desconcertado, con la copa de cava a medio camino de la boca, pero tras unos segundos de silencio incómodo, algo en su expresión se ablandó de una forma que sorprendió a todos los presentes.
—Bueno —dijo finalmente, con una carraspeada—, encantado, Irene. Espero que sepas que esta familia, aunque a veces se comporte como un elefante en una cristalería, en el fondo solo quiere veros felices a los dos.
—Gracias, señor Vilaseca —dijo Irene, aliviada.
—Llámame Ramon, mujer, que lo de señor me hace sentir más viejo de lo que ya me siento.
Marti observó la escena desde lejos, con Bruno a su lado, y no pudo evitar sonreír ante la ironía de que el evento que en teoría había empezado como una estrategia para librar a Bruno de las presiones de los Vilaseca hubiese terminado, en cierto modo, liberando también a Clàudia de las suyas.
El momento culminante de la tarde llegó cuando Núria pidió silencio, subida a una pequeña tarima improvisada frente a la fachada, y con un discurso breve pero emotivo agradeció a todos los presentes su apoyo durante los últimos meses de transformación del negocio familiar.
Después, cedió la palabra a Empar, que se acercó al micrófono con la dignidad tranquila de quien lleva cuarenta y dos años ganándose el respeto del barrio con sus propias manos.
—No soy mujer de muchos discursos —empezó Empar, con la voz firme a pesar de la emoción evidente—, así que seré breve.
Esta pastelería la abrió mi marido con las manos y con deudas, hace más de cuarenta años, y durante todo este tiempo yo he creído que mantenerla igual, exactamente igual, era la única forma de honrar su memoria.
Hace unos meses, una jovencita algo desastre pero con mucho talento —Empar señaló a Marti, con una sonrisa que hizo que a esta se le llenaran los ojos de lágrimas— me hizo entender que honrar el pasado no significa quedarse anclado en él, sino saber contarlo de forma que las nuevas generaciones también quieran escucharlo.
Empar hizo una pausa, mirando directamente a Marti y a Bruno, que estaban de la mano frente a la multitud congregada.
—Esta jovencita y mi nieto empezaron su historia con una mentira absurda, para libraros de una encerrona familiar de la que preferimos no hablar hoy —una risa suave recorrió a los asistentes, incluido Ramon Vilaseca, que se llevó una mano al pecho con teatralidad exagerada—.
Pero en algún momento del camino, esa mentira se convirtió en algo real.
Y como toda mujer que ha vivido lo suficiente sabe reconocer, el amor de verdad no se mide por cómo empieza, sino por cómo se sostiene cuando las cosas se ponen difíciles.
Y estos dos, a pesar de todo lo que ha pasado, han demostrado que saben sostenerlo.
Con un gesto solemne, Empar tiró de una cuerda que descubría la lona que hasta entonces había cubierto el mural del callejón lateral, revelando por completo la obra terminada: la historia entera de la familia Ferrer, desde el bisabuelo joven amasando pan hasta la escena final, la de Marti y Bruno sosteniendo entre ambos el pequeño horno de leña estilizado, rodeados de rosas, gotas de horchata convertidas en corazones, y chispas doradas de correfoc.
Un aplauso cerrado estalló entre los presentes, y Marti sintió que las lágrimas que llevaba conteniendo toda la tarde finalmente se derramaban sin remedio, mientras Bruno la abrazaba con fuerza, ajeno por completo a los flashes de los periodistas que documentaban el momento.
—¿Lo hemos conseguido? —susurró Marti contra su hombro.
—Creo que sí. Creo que por fin lo hemos conseguido de verdad.
Empar se acercó a ambos, apartándose ligeramente del gentío que seguía admirando el mural, y les tendió las manos a los dos, uniéndolas entre las suyas con un gesto que parecía casi ceremonial.
—Bienvenida a la familia, Martina. Esta vez de verdad, sin contratos ni mentiras de por medio.
—Gracias, Empar. Por darme una segunda oportunidad que probablemente no merecía del todo.
—Todos merecemos segundas oportunidades, jovencita, siempre que sepamos aprovecharlas con honestidad. Y tú, desde luego, la has aprovechado mejor que la mayoría.
La fiesta continuó hasta bien entrada la noche, con música improvisada, bailes torpes en mitad de la calle Flassaders, y una tarta especial que Empar había preparado para la ocasión, decorada con el mismo motivo del logotipo que Marti había diseñado meses atrás.
Fue, sin lugar a dudas, la mejor fiesta en la que Marti había estado nunca, y no solo porque el hojaldre, por fin, le hubiera salido perfecto.