Cariño, ¡esto es un malentendido! CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Preparativos y nervios

La fecha de la inauguración se fijó para el segundo sábado de octubre, aprovechando que el buen tiempo todavía permitía celebrar el evento en la calle, con mesas dispuestas frente al obrador y el callejón lateral abierto al público para que todos pudieran admirar el mural recién terminado.

Núria, que en las últimas semanas había pasado de la desconfianza inicial hacia Marti a una especie de entusiasmo pragmático al ver las cifras de ventas mejorando mes tras mes, se encargó de organizar el evento con la misma precisión con la que llevaba los libros de contabilidad.

—Vendrá gente del ayuntamiento, algún periodista de verdad, no como el buitre ese que escribió el artículo —anunció Núria durante una de las reuniones de preparación, con una lista interminable de invitados en la mano—.

Y por supuesto, toda la familia. Incluidos los Vilaseca, aunque esta vez espero que Ramon se comporte.

—¿Vienen los Vilaseca? —preguntó Marti, con cierta aprensión.

—Clàudia me ha escrito para preguntar si podía traer a su pareja abiertamente esta vez —contestó Bruno, con una sonrisa—. Al parecer, después de vernos a nosotros sobrevivir al escándalo del artículo, decidió que ya iba siendo hora de dejar de esconderse ella también.

—Eso es precioso.

—Lo es. Aunque me temo que Ramon todavía no está del todo preparado para la noticia, así que la inauguración promete tensión familiar en más de un frente.

Los días previos al evento, Marti se sumergió en los últimos detalles del proyecto: revisó una vez más las cuentas de Instagram, coordinó con el muralista los últimos retoques, y dedicó horas enteras a decidir, con Bruno, qué imagen exacta querían pintar en el espacio central del mural que Empar les había reservado.

No era una decisión sencilla: debía resumir, en una sola escena, todo lo que habían vivido desde aquel encuentro accidental en Sant Jordi.

—¿Y si pintamos el momento de la horchata? —propuso Bruno, entre risas, una noche que cenaban juntos en su piso—. Sería honesto, al menos.

—Sería honesto, pero también un poco ridículo tener un mural permanente de mí arruinándote la camisa.

—A mí me parece el origen perfecto de nuestra historia.

—¿Y si pintamos el castell, entonces? El momento en el que casi nos besamos por primera vez.

—Ese momento tiene mucho más significado, sí. Pero también fue interrumpido por una llamada de mi madre, lo cual no es precisamente el final más romántico para contar en un mural.

Finalmente, decidieron que el muralista pintara una escena compuesta, casi onírica: los dos de pie frente al obrador, con la fachada modernista real de fondo, sosteniendo entre ambos un pequeño horno de leña estilizado —el mismo símbolo del logotipo que Marti había diseñado meses atrás—, mientras a su alrededor flotaban pequeños detalles de su historia: una rosa de Sant Jordi, una gota de horchata convertida en un pequeño corazón travieso, el gato durmiendo sobre un libro, y en el cielo del mural, diminutas chispas doradas recordando la noche del correfoc.

—Es precioso —dijo Marti, la primera vez que vio el boceto final—. Cuenta toda nuestra historia sin necesidad de explicar nada.

—Es justo lo que necesitamos para la inauguración. Algo que hable por sí solo, sin necesidad de que tengamos que dar explicaciones a nadie más sobre cómo empezó todo esto.

La noche antes del evento, sin embargo, los nervios de Marti alcanzaron su punto más álgido.

Se encontraba en su piso de Gràcia, incapaz de dormir, repasando mentalmente todos los posibles escenarios de desastre que podían ocurrir al día siguiente: que Empar decidiera, en el último momento, que el mural y las clases de hojaldre no habían sido suficientes; que Ramon Vilaseca montara una escena incómoda al enterarse de la relación de Clàudia; que algún periodista malintencionado, herencia del artículo de Iván, apareciera buscando otra historia jugosa que contar.

—Cova, tengo miedo —confesó, sentada en el borde de la cama mientras su compañera de piso le trenzaba el pelo con una paciencia poco habitual en ella.

—¿De qué exactamente?

—De que mañana todo salga mal. De que hayamos hecho todo este esfuerzo para nada.

—Marti, escúchame. Llevo viviendo contigo cinco años, y en todo ese tiempo no te he visto nunca tan feliz como estas últimas semanas, ni siquiera contando los meses buenos con Dani, que para que veas la comparación es bastante triste, la verdad.

Pase lo que pase mañana, lo que tienes con Bruno ya no depende de la aprobación de nadie más. Depende de vosotros dos.

—Pero quiero que Empar nos perdone de verdad. Se lo merece.

—Y os va a perdonar, porque cualquiera con dos dedos de frente puede ver lo mucho que os queréis. Ahora duérmete, que mañana tienes que estar guapa para la foto de la inauguración, y con esas ojeras no vas a convencer a nadie de nada.

Marti se rió, a su pesar, y por fin logró conciliar el sueño, aunque siguió soñando, de forma intermitente, con murales que cobraban vida y con abuelas que sostenían la felicidad de sus nietos en la punta de una espátula de repostería.