CAPÍTULO 14
Clases de hojaldre y otras lecciones
Empar cumplió su palabra, aunque a su manera particular, que consistía en convocar a Marti todos los sábados por la mañana, a las seis en punto, «la hora a la que trabaja la gente seria, no la hora a la que os levantáis los jóvenes de ahora», para enseñarle los secretos del hojaldre que llevaba haciendo con las manos desde que tenía dieciséis años.
—El secreto no está en la receta —le explicó Empar la primera mañana, mientras Marti bostezaba disimuladamente frente a un bloque de mantequilla fría—, está en la paciencia.
La masa necesita reposar, necesita frío, necesita tiempo.
Como todo lo que merece la pena en esta vida, jovencita, y por lo visto tú y mi nieto todavía tenéis que aprender esa lección.
—Estamos aprendiendo, Empar. Poco a poco.
—Ya lo veo. Amasa más fuerte, que esto no es un masaje relajante.
Las clases de hojaldre se convirtieron, con las semanas, en algo mucho más importante que una simple lección de repostería: eran el terreno neutral donde Empar y Marti reconstruían, migaja a migaja, la confianza rota.
Entre pliegue y pliegue de mantequilla y masa, Empar le contaba historias de su juventud, de cómo había conocido a su marido en un baile de la Festa Major hacía más de cincuenta años, de cómo habían abierto la pastelería con el dinero prestado de medio barrio y la determinación testaruda que Empar seguía conservando intacta a sus setenta y ocho años.
—¿Y nunca dudaste? —le preguntó Marti un sábado, mientras estiraban juntas una masa que empezaba, por fin, a parecerse a algo comestible—. ¿De casarte tan joven, de meterte en un negocio con tan poco dinero?
—Todos los días dudaba, jovencita. Pero la duda no es lo contrario del amor. Es parte de él. Lo importante no es no dudar nunca, sino seguir eligiendo a la persona incluso cuando dudas.
Aquella frase se quedó grabada en Marti durante días, resonando en su cabeza cada vez que el miedo a que lo suyo con Bruno estuviera irremediablemente manchado por su origen falso amenazaba con volver a aparecer.
Mientras tanto, el mural de la fachada lateral avanzaba a buen ritmo.
Marti había contratado a un amigo muralista para dar vida definitiva a sus bocetos sobre la pared del callejón, y cada tarde, al terminar su jornada de trabajo, Bruno se acercaba a ver los progresos, observando con una mezcla de orgullo y emoción cómo la historia de su familia cobraba forma en colores vivos sobre el ladrillo antiguo: su bisabuelo joven amasando pan, su abuela de recién casada sonriendo frente al horno, y en un rincón discreto pero deliberado, una pequeña figura de un gato durmiendo sobre un libro, un guiño cómplice al primer dibujo que había hecho reír a Empar hacía meses.
—¿Ese gato es...? —preguntó Bruno, la primera vez que lo vio.
—El primero que le enseñé a tu abuela, sí. Me pareció que se merecía un lugar en la historia, ya que fue lo que hizo que me diera una oportunidad desde el principio.
—Es perfecto, Marti. Todo el mural es perfecto.
—Todavía no está terminado. Falta la parte más importante.
En efecto, en el centro del mural, Marti había dejado un espacio en blanco, deliberadamente vacío, con la intención de que fuera Empar quien decidiera qué imagen final completaría la historia de la familia.
Se lo propuso una tarde, después de una clase de hojaldre particularmente exitosa en la que Marti había conseguido, por fin, un croissant que Empar calificó como «aceptable, sin más», el mayor elogio que había recibido de ella hasta la fecha.
—Empar, el mural está casi terminado, pero he dejado un espacio para ti. Quiero que decidas tú cómo se completa la historia de esta familia.
Empar se quedó en silencio un largo rato, observando el mural desde la entrada del callejón, con las manos todavía manchadas de harina y una expresión que mezclaba nostalgia y algo que a Marti le pareció, por primera vez desde el artículo, esperanza genuina.
—Quiero que pintéis a Bruno y a ti —dijo finalmente—. No como estabais al principio, fingiendo. Como estáis ahora, si es que lo que hay entre vosotros sigue siendo tan real como dices.
—Es real, Empar. Cada día más.
—Entonces demuéstramelo con algo más que palabras y hojaldre, jovencita.
Demuéstramelo en la inauguración, delante de toda la familia, delante del barrio entero.
Y si lo que veo me convence, entonces, y solo entonces, aceptaré de verdad que este lío absurdo que montasteis los dos acabó convirtiéndose en algo bonito.
Marti asintió, sintiendo que el peso de la desconfianza empezaba, por fin, a aligerarse, aunque sabía que quedaba una última prueba por delante: la inauguración oficial de la nueva pastelería, con el mural terminado, la familia reunida, y la oportunidad de demostrar, de una vez por todas, que lo que había empezado como una mentira absurda se había convertido, sin que ninguno lo planeara, en la historia de amor más honesta de sus vidas.