CAPÍTULO 13
Ganarse a una abuela
Volver a aparecer por el obrador, ahora como pareja real y no como actriz de una farsa, resultó mucho más intimidante de lo que Marti había imaginado.
Se presentó un martes por la mañana, sola, sin Bruno, con una caja de bombones que había comprado en una tienda especializada del Gòtic —no de la competencia, se apresuró a aclarar mentalmente, sino de una pequeña bombonería artesanal que no representaba ninguna amenaza para el negocio familiar— y con un discurso preparado que se le olvidó por completo en cuanto vio a Empar tras el mostrador.
—Empar, ¿puedo hablar contigo un momento?
La mujer levantó la vista de la caja registradora, con una expresión cautelosa que dolía más que cualquier enfado explícito.
—Dime.
—No he venido a pedirte que me perdones.
Sé que eso lleva tiempo y que tienes todo el derecho a estar dolida.
He venido a decirte que, pase lo que pase entre Bruno y yo, y pase lo que pase con este negocio, quiero que sepas que todo lo que sentí trabajando aquí estas semanas fue real.
Me reí de verdad con tus historias. Aprendí de verdad a apreciar tu trabajo.
Y quise a Bruno de verdad, aunque tardara en admitírmelo a mí misma.
Empar se quedó en silencio, con las manos apoyadas sobre el mostrador de madera pulida por décadas de uso.
—El problema, Martina, no es que dudara de que fueras buena persona. El problema es que confié en ti desde el primer día, sin reservas, y esa confianza resultó estar construida sobre una mentira que ni siquiera yo sabía que existía.
—Lo sé. Y no tengo forma de deshacer eso. Solo puedo demostrarte, con el tiempo, que la confianza que rompimos se puede reconstruir, si me dejas intentarlo.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
Marti respiró hondo, sacando de su bolso un cuaderno lleno de bocetos que llevaba preparando toda la semana anterior.
—Quiero proponerte algo. No como novia de tu nieto, sino como la profesional que contrataste en primer lugar.
El proyecto de renovación de imagen está casi terminado, pero he pensado en algo más: un mural en la fachada lateral del edificio, la que da al callejón, contando la historia real de esta pastelería.
Tu historia, la de tu marido, la del bisabuelo de Bruno que abrió este negocio con las manos y con deudas.
No para vender más cruasanes, sino para que cualquiera que pase por esa calle sepa que este lugar tiene una historia de verdad detrás, la misma clase de historia de verdad que yo quiero construir con tu nieto, si tú me dejas.
Empar cogió el cuaderno con manos temblorosas y hojeó los bocetos: dibujos delicados de un hombre joven amasando pan en los años ochenta, de una boda celebrada en la misma calle Flassaders con guirnaldas colgando de balcón a balcón, de la propia Empar de joven, con el pelo oscuro recogido bajo el mismo tipo de pañuelo de flores que ahora llevaba blanco.
—¿De dónde has sacado estas imágenes? —preguntó, con la voz quebrada.
—De las fotos antiguas que tienes colgadas en la trastienda. Las estudié durante horas, intentando entender de verdad quién eres antes de proponerte nada.
Empar se quedó mirando los bocetos durante un largo rato, y cuando finalmente levantó la vista, sus ojos brillaban con una humedad que intentaba disimular con el mismo orgullo tozudo que Bruno había heredado de ella.
—Es precioso, Martina. Pero un mural no borra una mentira.
—No pretendo que la borre. Solo pretendo demostrarte, con hechos, que puedo dedicar el mismo cuidado y la misma verdad a las cosas que me importan de aquí en adelante.
—Necesito tiempo —repitió Empar, aunque esta vez su tono era considerablemente menos frío que en su primer encuentro después del artículo—. Pero acepto el mural. Y acepto los bombones, ya que estás aquí, aunque no sean de la casa.
Marti sonrió, con un alivio que no borraba del todo la tristeza pero que al menos abría una pequeña grieta de esperanza.
—Gracias, Empar.
—No me las des todavía. Todavía tienes que demostrarme muchas cosas, jovencita. Empezando por aprender a hacer un hojaldre decente, porque una mujer que va a formar parte de esta familia no puede seguir comprando el pan en el súper como haces tú.
—¿Cómo sabes que compro el pan en el súper?
—Bruno me lo contó todo, hasta los detalles más vergonzosos. Ese chico no sabe guardar un secreto ni por casualidad, y menos aún cuando se trata de presumir de la mujer que quiere.
Aquella tarde, Marti volvió a casa con el corazón un poco más ligero de lo que había estado en semanas, aunque sabía que el camino hacia el perdón completo de Empar todavía requeriría paciencia, constancia, y probablemente varias clases de hojaldre supervisadas con ojo crítico.
Mientras tanto, en el estudio de arquitectura, Bruno se enfrentaba a su propia batalla.
Había descubierto, gracias a un compañero discreto que le debía un favor, que Iván había sido la fuente del artículo, motivado por el resentimiento acumulado tras perder el proyecto de la calle Montcada.
Bruno se planteó, durante un par de días, confrontarlo directamente o incluso denunciarlo ante el estudio por difundir información privada con intención de dañar su reputación, pero al final decidió que la mejor venganza posible era, sencillamente, seguir adelante con su vida sin darle a Iván la satisfacción de una confrontación pública.
—¿No vas a hacer nada? —le preguntó Marti, cuando se lo contó.
—Voy a hacer lo más difícil de todo: dejar que el tiempo demuestre que teníamos razón sin necesitar demostrárselo a él directamente.
La pastelería sigue funcionando mejor que nunca, mi abuela sigue en su negocio, y tú y yo seguimos juntos a pesar de su intento de hundirnos.
Esa es la mejor respuesta que le puedo dar.
—Eso es sorprendentemente maduro para alguien que discute conmigo sobre tipografías como si fuera una cuestión de vida o muerte.
—Contigo aprendo a elegir mis batallas, Marti. Es uno de tus muchos efectos beneficiosos sobre mí.
A pesar de la tranquilidad aparente con la que Bruno gestionaba la traición de Iván, ambos sabían que el verdadero desafío seguía siendo Empar, y que ganarse de nuevo su confianza plena requeriría algo más grande que un mural bonito y una caja de bombones, por muy artesanales que estos fueran.