Cariño, ¡esto es un malentendido! CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

La ruptura de la farsa

Los días siguientes transcurrieron para Marti con la lentitud pastosa de las semanas malas, esas en las que hasta las tareas más sencillas —lavar los platos, contestar un correo, salir a comprar pan— exigen un esfuerzo que parece completamente desproporcionado.

No fue al obrador, respetando la petición de Empar, y tampoco Bruno la buscó con la insistencia que ella, en su fuero interno, había esperado.

—Tienes que hablar con él —le decía Cova cada noche, sentada en el sofá con una taza de tila que Marti apenas tocaba—. No podéis dejar las cosas así.

—No sé qué decirle, Cova. Todo lo que teníamos empezó siendo mentira.

—Empezó siendo mentira, pero eso no significa que lo que sentís ahora también lo sea.

—¿Y si Empar no me perdona nunca? ¿Y si cada vez que me mire me ve solo a la persona que engañó a su nieto para conseguir un contrato de trabajo mejor?

—Eso no es lo que pasó y tú lo sabes.

—Es lo que parece, y en Barcelona, según parece, las apariencias se publican en periódicos digitales con titulares horribles.

El artículo había tenido, en efecto, cierta repercusión: algunos medios más pequeños lo habían replicado, un par de cuentas de cotilleo gastronómico habían hecho memes sobre «el marketing del amor falso», y aunque la ola de comentarios negativos duró apenas tres días antes de que internet pasara a indignarse por otra cosa, el daño en la confianza de Empar no se disolvió con la misma rapidez que los comentarios de internet.

Bruno, por su parte, pasó aquellos días intentando reconstruir, ladrillo a ladrillo, la confianza de su abuela.

Se presentó cada mañana en el obrador antes del amanecer, ayudándola a amasar sin que ella se lo pidiera, escuchando en silencio los reproches que Empar soltaba de vez en cuando entre tanda y tanda de croissants, sin defenderse, sin excusarse, simplemente aceptando que se había equivocado y que la única manera de reparar aquello era con paciencia y con hechos, no con palabras.

—¿Sabes lo que más me duele, Bruno? —le dijo Empar una madrugada, mientras ambos esperaban a que subiera la primera hornada—.

No que hayas mentido. Los jóvenes de hoy mentís por cosas mucho más tontas que esta.

Lo que más me duele es que dejaste que yo quisiera a esa chica de verdad, con todo mi corazón, pensando que era parte de nuestra familia, cuando en realidad todo era un montaje.

—Iaia, eso es lo que más me duele a mí también. Porque para mí ya no es un montaje. La quiero, iaia. La quiero de verdad, y no sé qué hacer con eso ahora que todo se ha estropeado.

Empar se quedó mirándolo un largo rato, con esa mirada capaz de leer más allá de las palabras que tan bien conocía Bruno desde niño.

—¿Y ella lo sabe? ¿Sabe que la quieres de verdad?

—Se lo dije la noche de La Mercè, casi. Estuvimos a punto de... —Bruno se pasó una mano por el pelo, frustrado—. No importa. Después vino la llamada de mamá, después el artículo, y ya no hemos vuelto a hablar de ello.

—Pues entonces, hijo mío, tienes un problema mucho más grave que el mío. Yo solo necesito tiempo para perdonar. Vosotros dos necesitáis, primero, encontrar el valor para deciros la verdad sin que nadie os interrumpa con una llamada de teléfono.

Aquella misma tarde, Marti recibió un mensaje de Bruno, el primero en cinco días.

«¿Podemos hablar? No sobre el proyecto. Sobre nosotros.»

Marti se quedó mirando la pantalla durante varios minutos, el corazón latiéndole con una mezcla de esperanza y terror que le resultaba, francamente, agotadora. Finalmente contestó: «Vale. ¿Dónde?»

«En el mismo banco donde nos hicieron la foto. Me parece el sitio adecuado para hablar claro, ya que fue el principio de todo este lío.»

Se encontraron una hora después, al atardecer, en la misma plaza donde una turista alemana había fotografiado a dos desconocidos comiendo un bocadillo y había desatado, sin saberlo, la cadena de acontecimientos que los había llevado hasta allí.

El ficus centenario proyectaba sombras largas sobre el banco, y Bruno la esperaba de pie, con las manos en los bolsillos y una expresión que oscilaba entre la determinación y el nerviosismo.

—Gracias por venir —dijo él.

—¿Cómo está Empar?

—Mejor. Sigue dolida, pero creo que con tiempo lo superará. Es más razonable de lo que parece cuando está enfadada.

—Me alegro. —Marti se sentó en el banco, y Bruno hizo lo mismo, dejando una distancia prudente entre ambos que hacía apenas dos meses habría parecido absurda—.

Bruno, quiero pedirte perdón. No debí haber aceptado nunca ese contrato absurdo.

Fue una idea terrible desde el principio, y ahora hemos hecho daño a gente que no se lo merecía, especialmente a tu abuela.

—Los dos aceptamos el contrato, Marti. Los dos somos responsables de esto.

—Aun así.

—Escucha —Bruno se giró hacia ella, con una intensidad que hizo que Marti contuviera la respiración—, no te he pedido que vengas para repartir culpas.

Te he pedido que vengas porque necesito decirte algo que llevo semanas intentando decir y que siempre se ha interrumpido por alguna razón externa, y ya estoy harto de que el universo entero conspire para impedirme terminar una frase importante.

—Vale.

—Te quiero, Marti. No la versión de novia falsa que inventamos para engañar a mi familia.

A ti. A la mujer que me tiró horchata encima el día de Sant Jordi y que después tuvo la desfachatez de darme una servilleta como si eso arreglara algo.

A la mujer que discute conmigo sobre tipografías con una pasión que debería reservarse para causas más nobles.

A la mujer que baila rumba fatal pero con una alegría que hace que no me importe nada más en el mundo.

Marti sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, una mezcla incontrolable de alivio y miedo que no supo cómo gestionar durante los primeros segundos.

—Bruno, yo también te quiero. Pero tengo miedo. Todo lo que hemos construido está manchado por cómo empezó. ¿Cómo sabemos que lo que sentimos es real y no solo el resultado de meses fingiendo estar enamorados hasta que se nos ha hecho costumbre?

—No lo sé con certeza. Pero sé que lo que sentí en el correfoc, cuando estuve a punto de besarte, no tenía nada que ver con ningún contrato.

Y sé que estas últimas semanas sin hablar contigo han sido las peores desde que rompí con Alexandra, y eso que aquello debería haber sido mucho peor, cuatro años de relación real contra unos meses de mentira que se nos torció.

—¿Y si no conseguimos que tu abuela nos perdone del todo? ¿Y si esto siempre queda como una sombra entre nosotros?

Bruno le cogió la mano, esta vez sin ningún artículo de contrato que justificara el gesto, sin ninguna cámara invisible frente a la que actuar.

—Entonces lo afrontamos juntos, de verdad, sin guiones ni mentiras de por medio. Pero necesito saber si tú quieres intentarlo. De verdad, Marti. Sin contratos.

Marti se quedó mirando sus manos entrelazadas, pensando en todo lo que habían recorrido desde aquella mañana de abril en que un email con tres emojis le había arruinado el día, hasta aquel atardecer en el mismo banco donde todo había comenzado por accidente.

—Quiero intentarlo —dijo finalmente—. De verdad. Sin contratos.

Se besaron entonces, por fin, sin interrupciones, sin llamadas de teléfono ni familiares entrometidos, solo ellos dos en la plaza donde una foto casual había desatado, sin que ninguno lo supiera entonces, la historia de amor más real de sus vidas.

Pero ambos sabían que quedaba un obstáculo importante por resolver antes de que aquella historia pudiera considerarse verdaderamente a salvo: ganarse de nuevo, con hechos y no con palabras, la confianza de la mujer que más importaba en la vida de Bruno.