Cariño, ¡esto es un malentendido! CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El artículo

Iván Roca había trabajado codo con codo con Bruno durante dos años en el estudio de arquitectura del Eixample, y durante todo ese tiempo había cultivado un resentimiento silencioso que Bruno nunca había llegado a comprender del todo: Iván quería el proyecto de restauración del edificio modernista de la calle Montcada que el estudio tenía entre manos, un encargo prestigioso que podría lanzar la carrera de quien lo liderara, y el jefe del estudio se lo había asignado a Bruno en lugar de a él, alegando que Bruno «tenía más ojo para lo emocional, para contar historias con los edificios», una frase que a Iván le había sentado como una bofetada.

Cuando Iván se enteró, a través de un contacto común, de que la pastelería de la abuela de Bruno estaba viviendo un resurgimiento gracias a una campaña de imagen protagonizada por una supuesta novia que en realidad era la ilustradora contratada para el proyecto, no dudó ni un segundo en ver la oportunidad perfecta para hacer descarrilar la reputación de su rival, aunque fuese de la forma más rastrera posible.

El artículo, publicado en la edición digital de un periódico de tirada local especializado en cotilleos del mundo de la restauración gastronómica, llevaba un titular que Marti leyó con el estómago encogido a primera hora de la mañana, mientras desayunaba con Cova en la cocina del piso de Gràcia.

«¿Amor de mentira para vender cruasanes? La sospechosa relación detrás del renacer de una pastelería del Born.»

El artículo, sin citar fuentes concretas más allá de «fuentes cercanas al sector», insinuaba que la relación entre Bruno y Marti había sido orquestada desde el principio como estrategia de marketing, aprovechando la viralidad de una foto de Instagram para generar publicidad gratuita para el negocio familiar, y cuestionaba la ética de utilizar el amor —real o falso— como herramienta comercial.

—Esto es una pesadilla —dijo Marti, con el móvil temblando ligeramente entre las manos.

—¿Es verdad? —preguntó Cova, con una delicadeza poco habitual en ella.

—Técnicamente sí. Pero no como lo cuentan. No empezó como estrategia de marketing, empezó como un favor absurdo para librar a Bruno de una cena incómoda con los Vilaseca.

—Ya, pero eso no es lo que va a leer la gente.

—Y lo peor es que Empar todavía no lo sabe. Se va a enterar por un artículo de internet en vez de por nosotros.

Marti llegó al obrador antes de lo habitual, con el corazón latiéndole con fuerza, y encontró a Bruno ya allí, con el móvil en la mano y una expresión de derrota que Marti no le había visto nunca.

—Mi madre ya lo ha visto —dijo Bruno, sin necesidad de preámbulos—. Y me temo que mi abuela también.

Como si aquellas palabras hubiesen sido una invocación, Empar apareció desde la trastienda, todavía con el delantal puesto, con una expresión que Marti no supo interpretar del todo: no era exactamente enfado, sino algo más parecido a la decepción tranquila de alguien que ha sospechado la verdad durante semanas y finalmente ve confirmadas sus sospechas.

—Iaia —empezó Bruno, con la voz quebrada—, tenemos que hablar.

—Ya lo he leído, Bruno.

Se hizo un silencio pesado en el obrador, roto solo por el zumbido lejano del horno todavía caliente de la hornada de la mañana.

—¿Es verdad? —preguntó Empar, mirando a Marti directamente—. ¿Es todo mentira?

Marti tragó saliva, sintiendo que cualquier respuesta que diera iba a sonar insuficiente ante la mirada de aquella mujer que la había tratado, desde el primer día, con una calidez que ella nunca había sentido merecer del todo, precisamente porque sabía que aquella calidez se basaba en una mentira.

—Empar, lo siento muchísimo —dijo Marti, con la voz temblando—.

Empezó como un favor. Bruno necesitaba una excusa para quitarse de encima la presión de casarlo con la hija de los Vilaseca, y yo acepté fingir ser su novia a cambio de que ampliara el contrato de trabajo del proyecto de la pastelería. Sé que suena horrible dicho así.

—Suena exactamente a lo que ha sido —dijo Empar, con una frialdad que a Marti le dolió más que cualquier grito—. Un contrato. Una transacción.

—Al principio sí —intervino Bruno—, pero iaia, eso ya no es lo que hay entre nosotros. Ya no.

—¿Y cómo esperas que confíe en eso, Bruno? ¿Cómo esperas que confíe en algo que empezó siendo mentira desde el primer día que vino a esta casa?

Empar se dio la vuelta, dirigiéndose de nuevo hacia la trastienda, con una dignidad callada que resultaba más demoledora que cualquier reproche gritado.

—Necesito tiempo para pensar —dijo, sin mirar atrás—. Y necesito que hoy no vengas a trabajar en la pastelería, Martina. Cierro yo el escaparate.

La puerta de la trastienda se cerró con un chasquido suave que, sin embargo, resonó en el pecho de Marti como un portazo enorme. Bruno se quedó parado en medio del obrador, con las manos hundidas en los bolsillos, incapaz de mirarla a los ojos.

—Voy a arreglarlo —dijo, aunque su voz sonaba más a esperanza desesperada que a certeza real.

—¿Cómo, Bruno? El artículo ya está publicado. Tu abuela se siente traicionada. Tu madre probablemente esté furiosa. Y nosotros...

Marti no terminó la frase, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para describir lo que había entre ellos dos en aquel momento: algo que había dejado de ser mentira hacía semanas, pero que ahora, expuesto a la luz pública y al juicio de la familia que más le importaba a Bruno, parecía imposible de sostener.

—Nosotros somos reales —dijo Bruno, finalmente, mirándola a los ojos con una intensidad que no dejaba lugar a dudas—. Al menos para mí, lo somos.

—Yo también lo creo —admitió Marti, con la voz rota—. Pero no sé si eso basta para arreglar todo lo que hemos roto por el camino.

Salió del obrador sin despedirse, con el peso de la decepción de Empar sobre los hombros y la sensación de que el «artículo quinto» de aquel contrato ridículo que habían firmado meses atrás —el que hablaba de parar todo en cuanto uno de los dos sintiera algo real— había llegado, por fin, demasiado tarde para servir de algo.