CAPÍTULO 10
Fuego, torres humanas y un casi beso
Septiembre trajo consigo las fiestas de La Mercè, la gran celebración de la ciudad entera, y con ella el momento que Marti llevaba semanas esperando y temiendo a partes iguales: la noche del correfoc, cuando diablos con trajes de fuego artificial corrían por las calles del centro haciendo bailar a la multitud entre chispas y petardos, en una tradición que a los que no eran de allí les parecía una locura maravillosa y a los barceloneses de toda la vida les parecía, sencillamente, un martes cualquiera de fiesta mayor.
Para entonces, la nueva imagen de la Pastisseria Ferrer ya estaba lista: el logotipo definitivo, un dibujo delicado de un horno de leña estilizado entrelazado con motivos modernistas inspirados en las baldosas del suelo del propio obrador; las redes sociales, gestionadas por Marti con una mezcla de fotografías cuidadas y el humor particular que había hecho crecer su propia cuenta de gatos existencialistas; y el escaparate, renovado con una vitrina nueva que conservaba el espíritu antiguo del local pero con una iluminación que por fin hacía justicia a los pasteles de Empar.
El negocio había empezado a notar el cambio.
Clientela nueva, más joven, que llegaba atraída por las fotos de Instagram y se quedaba enamorada de los cruasanes de siempre; artículos en blogs gastronómicos locales que hablaban de la «pastelería de toda la vida que había sabido reinventarse sin perder el alma»; y, lo más importante para Núria, una cifra de ventas que empezaba a acercarse peligrosamente a hacer innecesaria la oferta de Dulcia.
Con el trabajo prácticamente terminado, Marti sabía que el contrato de novia falsa —que ya llevaba meses vigente, mucho más allá de las semanas iniciales que ambos habían acordado— empezaba a acercarse a su fecha de caducidad natural.
Y precisamente por eso, aquella noche de La Mercè, decidió disfrutar sin reservas de lo que quizás fuera una de las últimas «citas» oficiales de la farsa.
—Nunca he visto un correfoc de cerca —confesó Bruno, mientras se abrían paso entre la multitud que se agolpaba en la plaza Sant Jaume, todos vestidos con pañuelos y ropa vieja para protegerse de las chispas.
—Es la mejor manera de vivir Barcelona, te lo prometo. Un poco de miedo, un poco de caos, y al final todo el mundo sale bailando cubierto de ceniza.
—Suena a metáfora de mi vida últimamente.
—¿En el buen sentido o en el malo?
—Todavía no lo sé.
Los diablos aparecieron entre el estruendo de los tambores, con los trajes cubiertos de fuegos artificiales que escupían chispas en todas direcciones, y la multitud se lanzó hacia ellos con el entusiasmo temerario de quien sabe exactamente cuánto riesgo está dispuesto a correr por diversión.
Marti agarró a Bruno de la mano y lo arrastró hacia el centro del tumulto, riendo a carcajadas mientras las chispas caían a su alrededor como una lluvia dorada y peligrosa.
—¡Esto es una locura! —gritó Bruno por encima del ruido de los petardos.
—¡Bienvenido a Barcelona de verdad!
Bailaron entre el fuego, esquivando chispas, protegiéndose la cara con las manos cuando algún diablo pasaba demasiado cerca, y en algún momento de aquella locura compartida, Marti se dio cuenta de que llevaba la mano de Bruno agarrada con una fuerza que ya no tenía nada que ver con el miedo a las chispas y sí mucho con el simple deseo de no soltarla.
Después del correfoc, exhaustos y con el olor a pólvora impregnado en la ropa, se dirigieron hacia la plaza de Sant Jaume, donde una torre humana —un castell— empezaba a formarse entre los aplausos del público.
Marti le explicó a Bruno, con el entusiasmo de quien ha crecido viendo aquella tradición cada año, cómo los distintos niveles de la torre se construían con precisión casi arquitectónica, cómo el niño o la niña más pequeña, el enxaneta, subía hasta la cima para completar la figura y levantar la mano en señal de victoria.
—Esto sí que es arquitectura de verdad —bromeó Bruno, con la vista clavada en la torre que crecía cada vez más alta—. Sin planos, sin ordenador, solo confianza absoluta en que la persona de abajo va a aguantarte.
—Es la mejor definición de confianza que he oído nunca.
—¿Confiarías tú en mí así? ¿Para subirte encima de mis hombros sin dudarlo?
Marti lo miró, y por un segundo la pregunta pareció mucho más profunda de lo que el contexto festivo sugería.
—Creo que sí —dijo, sorprendida de su propia sinceridad—. Y eso me asusta un poco.
—¿Por qué te asusta?
—Porque el contrato dice que si empiezo a sentir algo real, tengo que decírtelo. Y llevo semanas evitando decirte que ya no sé distinguir qué parte de todo esto es actuación.
El castell alcanzó su punto máximo entre gritos de júbilo del público, la enxaneta levantó el brazo desde lo más alto, y la multitud estalló en aplausos justo en el instante en que Bruno se giraba hacia Marti con una expresión que ella no había visto antes en él, despojada de cualquier ironía, cualquier broma, cualquier resto de la actuación que habían mantenido durante meses.
—Marti —dijo él, con la voz un poco ronca—, creo que yo tampoco sé ya qué parte es actuación.
Se quedaron mirándose, tan cerca que Marti podía sentir el calor que todavía desprendía la ropa de Bruno después del correfoc, tan cerca que el ruido de la multitud alrededor pareció, por un instante, desvanecerse por completo.
Bruno levantó una mano y le apartó un mechón de pelo de la cara, un gesto lento, deliberado, que no tenía nada que ver con ningún artículo del contrato firmado meses atrás.
—Bruno...
—Dime.
—Si esto sale mal, lo vamos a estropear todo. El proyecto, la amistad, la paz familiar que hemos conseguido con tanto esfuerzo.
—Lo sé.
—Y si esto sale bien, tampoco sé qué significa eso para nosotros.
—Tampoco lo sé.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Bruno se inclinó, despacio, con la clase de lentitud deliberada de quien quiere darle a la otra persona todo el tiempo del mundo para apartarse si así lo desea.
Marti no se apartó. Sus labios estaban a apenas un suspiro de distancia, el ruido de la plaza convertido en un murmullo lejano, cuando el móvil de Bruno vibró con la insistencia particular de una llamada, no de un simple mensaje.
Bruno se apartó, maldiciendo en voz baja, y miró la pantalla con una expresión que pasó de la frustración a la alarma en cuestión de segundos.
—Es mi madre. Tengo que contestar, dice que es urgente.
Marti asintió, todavía con el corazón latiéndole con una fuerza que ni el correfoc ni los castells habían conseguido provocar, y observó cómo Bruno se alejaba unos pasos para atender la llamada, con el «casi» de aquel beso flotando entre ambos como una pregunta sin responder que ninguno de los dos sabía todavía cómo formular en voz alta.
Cuando Bruno regresó, minutos después, su expresión había cambiado por completo.
—¿Qué pasa? —preguntó Marti, alarmada.
—Iván. Un antiguo compañero del estudio de arquitectura. Ha filtrado a un periódico local que la reforma de la pastelería es un montaje publicitario, y que nuestra relación... —Bruno tragó saliva— que nuestra relación es falsa, orquestada para dar publicidad al negocio.
—¿Cómo puede saber eso?
—No lo sé. Pero mañana sale publicado, y mi abuela todavía no sabe nada de nuestro acuerdo.
El fuego de los diablos seguía crepitando a lo lejos, la torre humana ya se había deshecho entre aplausos, y Marti sintió que el casi beso que acababan de compartir quedaba, de repente, sepultado bajo la amenaza de una verdad que estaba a punto de estallar mucho antes de que ninguno de los dos estuviera preparado para afrontarla.