CAPÍTULO 9
Alexandra vuelve a la ciudad
El correo llegó un lunes por la mañana, mientras Bruno revisaba los planos de una reforma en el estudio de arquitectura donde trabajaba a media jornada. El asunto decía simplemente: «Vuelvo a Barcelona.» El remitente era Alexandra.
«Hola Bruno. Me han ofrecido dirigir un proyecto para el estudio en Barcelona durante los próximos meses, así que me mudo la semana que viene.
Sé que es raro escribirte después de tanto tiempo sin hablar, pero me pareció mejor avisarte antes de que te enteraras por terceros. Espero que estés bien. Alexandra.»
Bruno leyó el correo tres veces, con la misma sensación de vértigo que había sentido meses atrás al recibir el correo conjunto de la inmobiliaria, aunque esta vez el vértigo tenía un matiz distinto, más parecido a la incomodidad de un fantasma que vuelve justo cuando uno empieza a sentirse en paz con la casa que habita.
Se lo contó a Marti esa misma tarde, en el obrador, mientras ella daba los últimos retoques a las ilustraciones del nuevo envase para las cajas de pastas.
—¿Y qué sientes al respecto? —preguntó Marti, sin levantar la vista del boceto, aunque su tono delataba un interés que iba más allá de la simple curiosidad de una amiga.
—No lo sé. Llevaba meses sin pensar en ella, la verdad, y ahora que sé que va a estar en la misma ciudad, no sé qué esperar.
—Es normal tener sentimientos encontrados.
—Supongo. ¿A ti te ha pasado con Dani? ¿Sabes algo de él?
Marti dejó el lápiz sobre la mesa, pensativa.
—Sé que sigue en Barcelona, y sé que tiene novia nueva porque Cova me lo cuenta todo aunque yo le pida que no lo haga. Pero no lo he visto desde que rompimos, y la verdad, prefiero que siga así.
La ocasión de comprobar si aquella preferencia se cumplía llegó antes de lo esperado, apenas cinco días después, cuando Bruno invitó a Marti a la inauguración de una exposición de arquitectura en la que participaba su antiguo estudio, un evento con vino, canapés diminutos y la clase de conversaciones sofisticadas de las que Bruno había hablado con cierto desdén la noche de la verbena.
—Va a estar Alexandra —le advirtió Bruno de camino al evento—. No tenía forma de evitarlo, es la comisaria de la exposición.
—No pasa nada, estoy preparada. Recuerda, artículo dos del contrato: historia coherente y actitud tranquila ante situaciones incómodas.
—No recuerdo que ese fuera exactamente el artículo dos.
—Lo he actualizado esta mañana, tengo potestad para hacerlo.
La galería estaba llena de gente vestida con la elegancia discreta de quienes trabajan en profesiones creativas bien remuneradas, y Marti se sintió, durante los primeros minutos, ligeramente fuera de lugar entre tanta conversación sobre materiales sostenibles y premios internacionales.
Fue entonces cuando lo vio: al fondo de la sala, junto a una maqueta iluminada, un hombre alto, de sonrisa fácil, que reía con una mujer que llevaba un vestido negro sencillo pero evidentemente carísimo.
Dani. Su Dani. El del WhatsApp de cumpleaños.
—Bruno —susurró Marti, agarrándole del brazo con más fuerza de la necesaria—, mi ex está aquí.
—¿Qué?
—Ahí, junto a la maqueta. No mires ahora, mira dentro de tres segundos, con disimulo.
Bruno miró, con el disimulo de quien no tiene ni idea de cómo disimular, y localizó a un hombre que efectivamente parecía sacado de un anuncio de colonia, riendo con una mujer que le colgaba del brazo con gesto posesivo.
—¿Ese es el que te dejó por WhatsApp?
—El mismo.
—Tiene cara de persona que usa demasiado producto para el pelo.
—Gracias, eso ayuda mucho.
Antes de que ninguno de los dos pudiera decidir una estrategia de huida discreta, Dani los vio. Su expresión pasó de la sorpresa a una sonrisa que Marti reconoció de inmediato como la sonrisa que él ponía cuando quería parecer más seguro de lo que realmente estaba.
—¡Marti! Cuánto tiempo. Qué casualidad encontrarte aquí.
—Dani. Hola.
—Esta es Valeria, mi pareja. Valeria, esta es Marti, una... amiga de hace tiempo.
Marti notó la pausa antes de «amiga», el pequeño titubeo que delataba que Dani no sabía muy bien cómo categorizarla, y sintió el impulso, tan humano como poco elegante, de demostrarle que su vida había seguido adelante sin ningún tipo de complicación.
—Este es Bruno, mi pareja —dijo, cogiéndolo del brazo con una naturalidad que sorprendió incluso a Bruno, que apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Marti continuara—.
Es arquitecto, está reformando el obrador de su abuela en el Born.
Bueno, en realidad casi toda la reforma es idea mía, pero él pone los planos.
—Encantado —dijo Bruno, tendiendo la mano con una sonrisa que a Marti le pareció, para su sorpresa, absolutamente convincente, casi tierna—. He oído hablar mucho de ti, Dani.
—¿Ah, sí? —Dani pareció incómodo, sin saber muy bien qué había oído exactamente ni si era algo bueno.
—Sí. Marti me contó lo del mensaje de cumpleaños. Con el emoji de la tarta y todo. Fue muy... memorable.
Se hizo un silencio breve, en el que Valeria miró a Dani con una expresión que sugería que aquella era información nueva para ella también, y Marti tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada delante de todos.
—Bueno —dijo Dani, carraspeando, buscando desesperadamente cambiar de tema—, me alegro de que te vaya bien, Marti. Se te ve feliz.
—Lo estoy —contestó ella, y por primera vez en toda la conversación, no hubo ni un ápice de actuación en aquella respuesta.
Cuando Dani y Valeria se alejaron hacia otro grupo de invitados, Bruno se inclinó hacia Marti con una sonrisa cómplice.
—Ha sido perfecto. Deberíamos ganar un premio a la mejor actuación conjunta.
—Ha sido más fácil de lo que esperaba, la verdad. No he sentido ni una pizca de los nervios que pensaba que iba a sentir.
—Me alegro.
—Gracias por seguirme el juego. Y por lo del emoji de la tarta, ha sido un golpe maestro.
—Cuando quieras vengarte de un ex, cuenta conmigo. Se me da sorprendentemente bien.
Fue entonces cuando Alexandra se acercó, con una copa de vino blanco en la mano y una expresión cuidadosamente neutral que no lograba disimular del todo la curiosidad.
—Bruno. No sabía que ibas a venir.
—Alexandra. Hola. Esta es Martina.
Alexandra examinó a Marti con la rapidez profesional de quien evalúa a alguien en cuestión de segundos, una mirada que recorrió el vestido prestado de Cova, los zapatos algo gastados y el pelo recogido de forma apresurada, antes de sonreír con una cortesía que no llegaba del todo a los ojos.
—Encantada. Bruno nunca mencionó que estuviera saliendo con alguien.
—Es reciente —dijo Bruno, pasando un brazo por los hombros de Marti con una naturalidad que a ella empezó a costarle distinguir de la realidad—. Desde Sant Jordi.
—Qué bonito. Barcelona y sus casualidades románticas.
Hubo algo en el tono de Alexandra, una frialdad apenas disimulada bajo la cortesía, que hizo que Marti sintiera el impulso de defender aquella relación inventada con más fervor del que la situación estrictamente requería.
—La verdad es que sí —dijo, apretándose contra Bruno con un gesto que pretendía ser natural—. A veces las mejores cosas llegan cuando menos te lo esperas.
Alexandra sonrió, una sonrisa fina, casi imperceptible, y se despidió con la excusa de tener que atender a otros invitados. En cuanto se alejó lo suficiente, Bruno soltó un suspiro que llevaba conteniendo, aparentemente, desde el momento en que la había visto entrar.
—¿Estás bien? —preguntó Marti.
—Sí. Es raro verla. No siento lo que pensaba que iba a sentir, pero tampoco es agradable del todo.
—Es normal. Los fantasmas del pasado nunca dejan de ser un poco incómodos, aunque ya no duelan.
Bruno la miró entonces con una intensidad que a Marti le cortó la respiración, un instante suspendido en medio de la galería llena de gente, canapés y conversaciones sobre arquitectura sostenible.
—Contigo aquí, la verdad, ha sido mucho más fácil de lo que pensaba —dijo él, en voz baja, casi como si no quisiera que las palabras salieran de verdad.
—Para eso estoy —contestó Marti, aunque en su interior ya no sabía distinguir del todo si aquella frase pertenecía al guion del contrato de novia falsa o a algo mucho más real que empezaba a asustarla ligeramente.