Cariño, ¡esto es un malentendido! CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La Festa Major de Gràcia

Mayo llegó a Barcelona con esa luz particular que hace que hasta las calles más grises parezcan sacadas de una postal, y con él llegó también la Festa Major de Gràcia, la fiesta que Marti esperaba con más ilusión de todo el año.

Durante una semana, las calles del barrio donde vivía se transformaban en escenarios decorados con temáticas imposibles —una calle convertida en fondo marino con pulpos de papel maché, otra en una selva tropical con loros de cartón colgando de balcones, otra homenajeando películas de ciencia ficción con naves espaciales construidas con material reciclado— y los vecinos, que llevaban meses preparando la decoración en secreto, competían con un orgullo casi olímpico por ver qué calle ganaba el premio a la mejor engalanada.

—Tienes que venir —le dijo Marti a Bruno el martes, mientras revisaba con él las últimas pruebas del nuevo logotipo, ya prácticamente definitivo—. Es mi fiesta favorita del año y, técnicamente, eres mi novio. Tu ausencia levantaría sospechas.

—Qué conveniente que el contrato incluya fiestas de verbena.

—El contrato es flexible, artículo seis, añadido de última hora: asistencia obligatoria a eventos culturales relevantes para mantener la credibilidad de la relación.

—No recuerdo haber firmado eso.

—Lo firmaste con el corazón, Bruno, aunque no quede constancia en papel.

Bruno acabó cediendo, como Marti sabía que acabaría haciendo, y el sábado por la noche se encontraron los dos en la calle de Verdi, una de las más engalanadas del barrio, rodeados de gente comiendo bocadillos de calçots, bebiendo cerveza en vasos de plástico y bailando al ritmo de una orquesta que tocaba versiones festivaleras de canciones que iban desde rumba catalana hasta reguetón, en una mezcla que solo tenía sentido dentro de la lógica particular de una verbena de barrio.

—Esto es una locura maravillosa —dijo Bruno, mirando hacia arriba, donde los vecinos habían construido un techo entero de peces de papel iluminados con luces led, dando la sensación de caminar por el fondo del mar.

—Te lo dije. Gràcia en fiestas es lo más parecido a la magia que existe en esta ciudad.

Cova los encontró a los pocos minutos, ya con una cerveza en cada mano y el maquillaje corrido por el calor, y sin previo aviso arrastró a Marti hacia el centro de la calle, donde la orquesta había empezado a tocar una versión acelerada de una rumba clásica que hacía imposible quedarse quieto.

—¡Baila, que para eso hemos venido! —gritó Cova por encima de la música.

Marti se dejó llevar, riendo, moviendo las caderas con el entusiasmo torpe de quien no ha bailado rumba en su vida pero que tampoco necesita saber hacerlo para pasárselo bien, y cuando se giró a buscar a Bruno con la mirada, lo encontró observándola desde el borde de la pista, con una expresión que no había visto antes en él: una mezcla de diversión y algo mucho más suave, más vulnerable, que hizo que a Marti se le cortara la respiración un segundo entero.

—¡Ven aquí! —le gritó ella, tendiéndole la mano.

—No sé bailar esto.

—Nadie sabe bailar esto, esa es la gracia.

Bruno se dejó arrastrar hasta el centro de la pista improvisada, y durante los siguientes veinte minutos, entre risas, tropiezos y un intento fallido de Bruno por imitar un paso de baile que había visto hacer a su primo, Marti olvidó por completo que aquello era, en teoría, una actuación para las cámaras invisibles de una relación falsa.

Bailaron, se rieron, compartieron un cucurucho de churros que compraron en un puesto ambulante, y en algún momento de la noche, sin que ninguno de los dos supiera exactamente cuándo, dejaron de fingir que se llevaban bien y empezaron, sencillamente, a llevarse bien de verdad.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo Bruno, ya pasada la medianoche, sentados los dos en el bordillo de una acera, con los pies doloridos de tanto bailar y una bolsa de churros vacía entre ambos.

—¿Qué?

—Que llevo cinco años en Londres yendo a fiestas de gente muy sofisticada, con canapés diminutos y conversaciones sobre criptomonedas, y ninguna me ha hecho sentir tan bien como esta noche comiendo churros sentado en una acera.

—Es que la sofisticación está sobrevalorada. Lo mejor de la vida pasa siempre en aceras, te lo puedo asegurar por experiencia propia.

—¿Por qué te fuiste de Londres, por cierto? Nunca me lo has contado del todo.

Bruno se quedó callado un momento, jugando con el envoltorio vacío de los churros, sopesando cuánto quería contar realmente.

—Rompí con alguien. Alexandra. Cuatro años juntos, y todo terminó con un correo a la inmobiliaria para cancelar el contrato de alquiler compartido. Ni siquiera una conversación de verdad. Solo un email conjunto, muy práctico, muy eficiente.

—Qué horror.

—Sí. Durante un tiempo pensé que lo que más me dolía era perderla a ella, pero creo que en realidad lo que más me dolió fue darme cuenta de que cuatro años de mi vida pudieran resolverse con la misma frialdad con la que se cancela una suscripción de streaming.

Marti se quedó mirándolo, sintiendo que aquella confesión —la primera realmente sincera que Bruno le había hecho, más allá del guion de la relación falsa— merecía algo igual de honesto por su parte.

—A mí me dejaron por WhatsApp el día de mi cumpleaños —dijo—. Dani, mi ex. Tres años juntos, y el mensaje decía literalmente: «Creo que esto ya no funciona, feliz cumple de todas formas.» Con el emoji de la tarta al final, para rematar.

—Eso es de un nivel de crueldad que ni siquiera yo puedo igualar.

—Por eso desconfío tanto de los emojis, ahora que lo pienso. Me han hecho más daño que ninguna otra cosa en la vida.

Se rieron los dos, con esa risa cómplice de quienes acaban de descubrir una herida compartida y encuentran, en el hecho de compartirla, un consuelo inesperado.

Bruno miró a Marti bajo la luz de las farolas engalanadas con guirnaldas de papel, y por un instante pareció que iba a decir algo más, algo que llevaba semanas rondándole la cabeza, pero el momento se interrumpió cuando Cova apareció corriendo, sin aliento, con el móvil en la mano.

—Marti, tienes que ver esto ahora mismo.

—¿Qué pasa?

—Alguien ha subido una foto tuya y de Bruno bailando a un grupo de Facebook del barrio, y ya tiene trescientos comentarios. La gente está deseando que os caséis, literalmente.

Marti y Bruno se miraron, y por un segundo ninguno de los dos supo si reír o preocuparse, sin saber todavía que aquella pequeña bola de nieve de rumores iba a crecer mucho más de lo que ninguno de los dos podía prever aquella noche de verbena.