CAPÍTULO 7
La comida familiar
El piso de los Ferrer olía a caldo de escudella, a colonia de tía Rosa y a la tensión particular de las reuniones familiares donde todo el mundo sonríe un poco más de lo necesario.
Marti entró del brazo de Bruno —«recuerda, artículo primero, nada de besos, pero cogidos de la mano está permitido», le había susurrado él en el ascensor— y se encontró con una docena de rostros que se giraron hacia ella con una curiosidad tan intensa que por un momento sintió que estaba entrando a un examen oral sin haber estudiado.
—¡Aquí está! —exclamó Núria, levantándose de la mesa con una teatralidad que a Marti le pareció digna de un escenario del Liceu—. Martina, ¡qué alegría conocerte por fin!
—El placer es mío, señora Ferrer.
—Ay, nada de señora, llámame Núria. ¡Ven, ven, siéntate a mi lado, quiero conocerte bien!
La tía Rosa, una mujer con el pelo teñido de un rojo imposible y unas gafas enormes que le daban un aire de búho satisfecho, se inclinó hacia Marti en cuanto se sentó.
—¿Y cómo os conocisteis, exactamente? He oído versiones contradictorias.
—En Sant Jordi —dijo Marti, recitando el guion acordado con la naturalidad que había practicado toda la noche anterior frente al espejo—. Yo tenía una caseta de ilustraciones y Bruno tropezó literalmente conmigo.
—Qué romántico —suspiró una prima adolescente cuyo nombre Marti no llegó a captar—. Como en las películas.
—Más bien como en un accidente de tráfico —corrigió Bruno, sentándose junto a Marti y apoyando una mano en su hombro con una naturalidad que a ella le pareció sospechosamente convincente—, pero sí, algo romántico también.
Empar, sentada al otro extremo de la mesa, observaba la escena con una expresión indescifrable, entre divertida y calculadora, que Marti prefirió no analizar demasiado por miedo a que su abuela postiza, o lo que fuera aquella mujer en aquel montaje, hubiese adivinado ya toda la verdad.
La llegada de los Vilaseca cambió el ambiente de la sala de forma casi física.
Ramon Vilaseca era un hombre corpulento, con un reloj demasiado llamativo para una comida familiar y una risa que llenaba toda la habitación antes incluso de que hubiera dicho nada gracioso.
Su hija Clàudia, sin embargo, sorprendió a Marti: lejos de la rival despiadada que se había imaginado durante la noche de insomnio previo, resultó ser una mujer de sonrisa amable y mirada un poco cansada, del tipo de persona que claramente también estaba harta de que su padre intentara casarla con desconocidos en comidas familiares.
—Así que tú eres la famosa novia —dijo Clàudia, sentándose frente a Marti con una copa de vino en la mano—. Encantada. Y, entre nosotras, gracias por librarme de tener que fingir interés en Bruno delante de mi padre. Llevo meses aguantando esta encerrona.
Marti soltó una carcajada genuina, la primera de la tarde que no formaba parte del guion.
—El sentimiento es mutuo, créeme.
—Bruno es simpático, pero definitivamente no es mi tipo —añadió Clàudia bajando la voz—. Yo tengo pareja desde hace dos años, pero mi padre se niega a aceptar que es una mujer y sigue empeñado en organizarme citas con hijos de sus socios. Es agotador.
—Vaya. Lo siento mucho.
—No pasa nada, ya estoy acostumbrada. Pero tú, en serio, cuídalo bien. Bruno tiene mejor fondo del que aparenta con esa cara de arquitecto estresado.
Marti miró de reojo a Bruno, que en ese momento discutía animadamente con su primo sobre el Barça, y sintió una punzada extraña de algo que no supo identificar del todo: no era exactamente celos —no había motivo para ello, se recordó a sí misma, todo aquello era mentira— sino una especie de ternura inesperada al verlo tan cómodo, tan él mismo, rodeado de su familia.
La comida avanzó entre platos de escudella, canelones y un postre de crema catalana que Empar había preparado personalmente «para presumir un poco delante de la nueva», según sus propias palabras.
Marti descubrió que mentir sobre una relación era, en ciertos aspectos, sorprendentemente fácil: bastaba con contar anécdotas reales del tiempo que llevaban trabajando juntos, cambiando el contexto profesional por uno romántico.
Cuando tía Rosa preguntó qué era lo que más le gustaba de Bruno, Marti respondió, casi sin pensarlo, que le gustaba cómo se tomaba en serio las cosas que le importaban, cómo defendía a su abuela con una lealtad que pocas veces había visto en alguien de su edad.
La respuesta pareció satisfacer tanto a tía Rosa como al propio Bruno, que la miró con una expresión que Marti no supo descifrar del todo, pero que le aceleró el pulso de una manera que el «contrato» no había previsto en ningún artículo.
El momento más delicado de la tarde llegó durante el café, cuando Ramon Vilaseca, con la copa de coñac en la mano y el tono ligeramente pasado de vueltas que da el vino de sobremesa, se dirigió a Bruno con una sonrisa que pretendía ser jovial.
—Bueno, Bruno, ya que parece que tienes novia formal, supongo que lo de la fusión con los Vilaseca queda descartado, ¿eh? —soltó una carcajada que resonó por toda la sala—. Nada, era broma, hombre, no pongas esa cara.
—Ramon, por favor —intervino Núria, con una risa nerviosa que intentaba suavizar la situación.
—Si es que lo digo con cariño —insistió Ramon, señalando a Marti con el vaso—. Aunque, oye, chica, dime, ¿tú a qué te dedicas? Porque en este país el amor está bien, pero hay que mirar también las cuentas.
Se hizo un silencio incómodo, de esos que en las comidas familiares duran solo un par de segundos pero que se sienten como una eternidad. Marti sintió que todas las miradas de la mesa se posaban sobre ella, esperando una respuesta, y por un instante temió que su nerviosismo la traicionara.
—Soy ilustradora —dijo, con la voz más firme de la que se creía capaz—, y estoy diseñando la nueva imagen de la Pastisseria Ferrer.
De hecho, así fue como nos conocimos de verdad, más allá del encuentro casual de Sant Jordi.
Trabajando juntos descubrimos que teníamos más en común de lo que pensábamos.
Empar, desde su extremo de la mesa, alzó su copa con una sonrisa satisfecha.
—Y hace un trabajo excelente, todo hay que decirlo. El nuevo logo va a hacer que hasta Ramon quiera comprarse un cruasán, con lo tacaño que es él para los dulces.
La mesa entera rió, incluido Ramon, y la tensión se disolvió tan rápido como había aparecido. Bruno, bajo la mesa, buscó la mano de Marti y se la apretó brevemente, un gesto que en teoría formaba parte del teatro acordado pero que a ella le pareció, en aquel momento concreto, dolorosamente sincero.
—Lo has hecho genial —le susurró él, mientras la familia se dispersaba hacia el salón para el café y los licores.
—Ha sido más fácil de lo que pensaba.
—Demasiado fácil, diría yo.
—¿Eso es un problema?
Bruno la miró un segundo de más, como si estuviera a punto de decir algo importante, antes de que su primo lo llamara desde el salón para zanjar de una vez la discusión sobre si Messi había sido mejor jugador que Cruyff, un debate que llevaba generaciones sin resolverse en aquella familia.
—No lo sé —dijo finalmente Bruno, con una sonrisa que no terminaba de encajar del todo con la ligereza de sus palabras—. Ya te lo diré.
Marti se quedó de pie en medio del pasillo, viéndolo alejarse hacia el salón, con la sensación creciente de que el «artículo quinto» de su contrato improvisado —el que hablaba de parar todo en cuanto uno de los dos sintiera algo real— iba a resultar mucho más difícil de cumplir de lo que había imaginado la noche anterior, firmando aquel papel con la ingenuidad de quien cree que puede controlar perfectamente sus propios sentimientos.