Cariño, ¡esto es un malentendido! CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El contrato de novia falsa

—Necesitamos un contrato —anunció Marti el sábado por la tarde, presentándose en el piso de Bruno cerca del Fossar de les Moreres con una carpeta bajo el brazo y una expresión de seriedad que Bruno no supo si tomarse en serio o no.

—¿Un contrato?

—Si vamos a hacer esto, lo vamos a hacer bien. Cova dice que todas las comedias románticas de fingir que sois pareja tienen un contrato con reglas, y Cova ha visto muchas más comedias románticas que tú, así que confío en su criterio.

Bruno la dejó pasar, todavía sin saber muy bien si aquello era ridículo o entrañable, y probablemente ambas cosas a la vez.

El piso de Bruno era pequeño pero luminoso, con las paredes casi vacías —«todavía no he tenido tiempo de decorar», se justificó él, aunque llevaba tres meses viviendo allí— y una estantería llena de libros de arquitectura que Marti hojeó con curiosidad mientras él preparaba café.

—Vale, artículo primero —dijo Marti, sentándose en el sofá y sacando una hoja de papel donde había escrito, con su letra desordenada, una lista de puntos—. Nada de besos en la boca. Con cogernos de la mano y algún abrazo de cara a la galería es suficiente.

—De acuerdo.

—Artículo segundo: si alguien nos pregunta detalles de nuestra «relación», necesitamos una historia coherente. Sugiero que digamos que nos conocimos en Sant Jordi. Al menos eso es verdad a medias.

—Me parece bien. ¿Y cuánto tiempo llevamos «juntos»?

—Un mes, para que no resulte raro que tu familia no nos conociera antes.

—Un mes desde Sant Jordi encaja perfecto con las fechas.

—Artículo tercero —Marti levantó la vista del papel, con una sonrisa traviesa que a Bruno empezaba a resultarle peligrosamente familiar—, necesito saber cosas básicas de ti para no quedar como una novia falsa incompetente. ¿Cumpleaños?

—Doce de septiembre.

—¿Alergias?

—A los frutos secos. Irónico, teniendo en cuenta la de almendras que hay en esta pastelería.

—¿Serie favorita?

—¿Es esto relevante para el contrato?

—Es relevante para que no la líe delante de tu tía Rosa cuando me pregunte cosas de pareja normales.

Bruno se rindió, y durante la siguiente hora, entre café y galletas que Marti había traído «prestadas» del obrador con el permiso expreso de Empar, fueron construyendo una biografía compartida de mentira que, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, empezaba a resultar sospechosamente agradable de imaginar.

Marti anotó que a Bruno le gustaba el senderismo, que odiaba las películas de terror, que había estudiado en la Escola Tècnica Superior d'Arquitectura de Barcelona, y que tenía una cicatriz pequeña en la ceja izquierda de una caída en bicicleta a los once años.

—Vale, ahora tú —dijo Bruno, cogiendo el boli—. ¿Cumpleaños?

—Tres de marzo.

—¿Alergias?

—Ninguna, como de todo, es mi orgullo y mi perdición.

—¿Serie favorita?

—Cualquiera donde la gente se enamora en circunstancias absurdas. Soy predecible.

—Como esta, por ejemplo.

Marti levantó la vista del papel, y por un segundo se quedaron mirándose con esa mezcla de humor y algo más que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía. Fue Marti quien rompió el silencio, carraspeando y volviendo la vista al contrato con una concentración algo exagerada.

—Artículo cuarto: gastos. Si hay que comprar ropa, regalos, o cualquier cosa relacionada con la farsa, los pagas tú, porque técnicamente es tu familia la que nos está obligando a esto.

—Aceptado sin discusión.

—Artículo quinto, y este es el más importante —Marti bajó la voz, como si estuviera a punto de revelar un secreto de estado—: si en algún momento uno de los dos empieza a sentir algo real, lo dice inmediatamente y paramos todo esto. Nada de dejar que la mentira se enrede más de lo necesario.

Bruno asintió, aunque algo en su estómago se removió de una forma que prefirió no examinar demasiado de cerca.

—Trato hecho.

Firmaron el «contrato» —una hoja de cuaderno con letra de ambos y una firma garabateada al final que ninguno de los dos habría podido reconocer como legalmente vinculante ni en el juzgado más benévolo del mundo— y Marti lo dobló con cuidado antes de guardarlo en su bolso, como si aquel papel fuera de verdad importante.

—¿Nerviosa por mañana? —preguntó Bruno mientras la acompañaba a la puerta.

—Un poco. No he fingido ser novia de nadie en toda mi vida. He fingido estar enferma para no ir a fiestas de cumpleaños, he fingido que me gustaba el fútbol para llevarme bien con un ex, pero esto es un nivel completamente nuevo de teatro.

—Lo harás bien. Solo tienes que ser tú misma pero con un anillo de compromiso invisible.

—Qué imagen tan rara acabas de darme.

—Perdón.

—No, si me gusta. Es como si tuviera un superpoder secreto que solo tú y yo conocemos.

Bruno se quedó en la puerta, viéndola bajar las escaleras con el bolso al hombro y el contrato de mentira guardado dentro, y no pudo evitar pensar que llevaba semanas sin sentirse tan ligero, tan poco preocupado por Londres, por Alexandra, por el ultimátum de su madre, como en aquella tarde absurda firmando un contrato de novia falsa con una ilustradora que le había tirado horchata encima el día de Sant Jordi.

Se dijo a sí mismo que era simplemente alivio por quitarse de encima la presión de los Vilaseca.

Se lo dijo varias veces, de hecho, con la insistencia de quien no está del todo convencido de su propia excusa.

Al día siguiente, domingo, a las dos de la tarde, Marti se plantó frente al edificio de la familia Ferrer en el Eixample, con un vestido azul que Cova le había prestado «para la ocasión» y un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre, a pesar de que llevaba toda la mañana sin desayunar por los nervios.

—Puedo hacer esto —se dijo a sí misma frente al portal—. Es solo una comida. Es solo teatro. No significa nada.

Se equivocaba, por supuesto, aunque todavía tardaría varias semanas en admitirlo.