CAPÍTULO 5
La comida familiar que nadie pidió
Núria Ferrer no era una mujer dada a las sorpresas, pero cuando su prima Montse le reenvió la foto de Instagram con el mensaje «¿Este no es tu hijo?
¡Qué mona la chica!», algo en su cerebro planificador y ordenado empezó a encajar piezas de un rompecabezas que llevaba semanas intentando resolver sin éxito.
El problema de Núria era el siguiente: su socio de toda la vida, Ramon Vilaseca, con quien compartía la propiedad de dos locales comerciales en el Eixample, llevaba meses insinuando —con la sutileza de un elefante en una cristalería— que su hija Clàudia, arquitecta de prestigio y soltera, sería la pareja perfecta para Bruno.
Una fusión, la había llamado Ramon en una comida de negocios, con una sonrisa que a Núria le había parecido más propia de quien negocia un contrato que de quien organiza un idilio.
«Imagínate, Núria, las dos familias unidas, los dos negocios reforzados. Sería perfecto.»
Núria, que quería a su hijo pero que también entendía perfectamente las ventajas económicas de una alianza empresarial disfrazada de romance, llevaba insistiendo en organizar una cena con los Vilaseca desde que Bruno había vuelto de Londres, sin obtener otra respuesta que evasivas cada vez más elaboradas.
Y ahora, de pronto, aparecía esta foto.
Aquella noche, Núria llamó a su hijo con una excitación que Bruno no recordaba haber escuchado en la voz de su madre desde que ganó un premio de arquitectura hacía años.
—Bruno, ¿por qué no me habías contado que tienes novia?
Bruno, que estaba en pijama viendo una serie sin ningún interés especial, estuvo a punto de atragantarse con el vino.
—¿Qué? Mamá, no tengo novia.
—Pues explícame la foto que ha compartido media Barcelona en Instagram, porque a mí me parece bastante clara.
—¿Qué foto?
Núria le reenvió el enlace sin más explicaciones. Bruno tardó unos segundos en procesar lo que veía: la foto de la turista, el pie de foto meloso, el número de «me gusta» que crecía en tiempo real bajo sus propios ojos.
—Mamá, esto es un malentendido enorme. Es Martina, la ilustradora que está haciendo la nueva imagen de la pastelería. Estábamos comiendo un bocadillo, nada más.
—¿Y por qué salís cogidos de la mano en la foto?
—No estábamos cogidos de la mano, le estaba dando una servilleta.
—Bruno, hijo, llevo cincuenta y ocho años viendo fotos de parejas cogidas de la mano y esa foto es de una pareja cogida de la mano.
—Mamá.
—Escúchame bien —la voz de Núria adoptó ese tono que Bruno reconocía de toda la vida, el tono de cuando su madre ya había tomado una decisión y solo estaba informándole de los siguientes pasos, no pidiéndole opinión—.
El domingo he organizado una comida familiar.
Vienen tu abuela, tu tía Rosa, tus primos, y también los Vilaseca.
—Mamá, no.
—Y como parece que ahora tienes novia, sería el momento perfecto para presentarla. Así Ramon deja de insistir con lo de Clàudia de una vez, que ya empieza a resultar violento decirle que no cada dos semanas.
Bruno se quedó en silencio unos segundos, calculando a toda velocidad las implicaciones de lo que su madre acababa de proponer.
Por un lado, la idea era absurda: no tenía novia, y presentar a Marti como tal sería mentir a toda su familia en una comida con más de quince personas.
Por otro lado, llevaba meses aguantando la presión sutil pero constante de Ramon Vilaseca, que en cada encuentro social encontraba la manera de mencionar a su hija con una insistencia que rozaba lo cómico, y la perspectiva de que aquella presión desapareciera de un plumazo resultaba, tenía que admitirlo, tentadora.
—Mamá, no puedo presentarte a alguien como mi novia cuando no lo es. Es mi clienta. Es poco profesional y, sobre todo, no está bien.
—Pues entonces desmiente la foto públicamente y explícale a Ramon Vilaseca por qué sigues soltero a los treinta y dos años sin ningún plan de futuro, porque yo ya no sé qué más excusas inventarme.
—Mamá, eso es chantaje emocional.
—Es maternidad, Bruno, que tiene mucho de lo mismo.
Bruno colgó el teléfono con la sensación de que su vida acababa de complicarse considerablemente en el transcurso de una llamada de cinco minutos.
Se quedó mirando el techo del salón durante un buen rato, dándole vueltas a una idea que sabía, desde el principio, que era mala idea, pero que cuanto más la pensaba, más lógica empezaba a parecerle.
Al día siguiente, en el obrador, encontró a Marti sentada en su sitio habitual, con el cuaderno abierto por una página llena de tachones y la expresión de alguien que llevaba toda la noche sin dormir peleándose con un boceto.
—Marti, tengo que pedirte un favor de los grandes.
—Si es sobre el logo, todavía no está terminado, dame hasta el jueves.
—No es sobre el logo.
Bruno le explicó la situación con la mayor claridad posible: la foto, la llamada de su madre, la comida del domingo, la presión de los Vilaseca, la posibilidad —remota, absurda, pero real— de fingir durante unas semanas que eran pareja para quitarse de encima a una familia entera que llevaba meses intentando emparejarlo con la hija de un socio de negocios.
Marti lo escuchó con los ojos cada vez más abiertos, hasta que al final soltó una carcajada que hizo que Empar asomara la cabeza desde la trastienda para ver qué pasaba.
—Bruno, ¿me estás pidiendo que finja ser tu novia delante de tu familia?
—Sé que suena de locos.
—Suena a comedia de sobremesa de los noventa.
—Lo sé. Y entiendo perfectamente que me digas que no.
Marti se quedó pensativa un momento, mordiéndose el labio inferior, un gesto que Bruno había empezado a asociar, sin quererlo, con los instantes en que ella estaba a punto de decir algo que le iba a sorprender.
—Tengo condiciones —dijo finalmente.
—Por supuesto que tienes condiciones.
—Uno: si hago esto, quiero que el proyecto de la pastelería se amplíe. Nada de logotipo y ya está. Quiero encargarme también de las redes sociales durante los próximos seis meses, con el presupuesto que corresponde a ese trabajo.
—Trato hecho.
—Dos: nadie más puede saber que es mentira. Ni Cova. Bueno, Cova sí, porque si no le cuento estas cosas explota, pero nadie más.
—De acuerdo.
—Tres: cuando esto termine, se acaba de forma limpia. Nada de dramas, nada de rupturas falsas dolorosas delante de tu familia. Decidimos que lo dejamos de mutuo acuerdo y ya está.
—Me parece razonable.
—Y cuatro —Marti levantó un dedo con solemnidad exagerada—, si tu abuela hace escudella el domingo, quiero repetir.
Bruno se rió, la primera risa de verdad desde la llamada de su madre la noche anterior.
—Eso te lo puedo prometer sin ninguna duda.
Se estrecharon la mano por encima de la mesa llena de bocetos, como si estuvieran cerrando un contrato de trabajo más, ajenos ambos a la cantidad de reglas absurdas que estaban a punto de romper por el camino.