CAPÍTULO 4
Bocetos, cafés y una foto inoportuna
Las semanas siguientes establecieron una rutina que a Marti empezó a gustarle más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Los martes y los jueves por la mañana iba al obrador de la calle Flassaders con su cuaderno de bocetos, se sentaba en la mesa junto al escaparate y trabajaba mientras Empar amasaba y Bruno, que había reorganizado su media jornada en el estudio de arquitectura para tener las mañanas libres, revisaba con ella cada propuesta con una atención que a Marti le parecía excesiva para alguien que, en teoría, solo entendía de columnas y fachadas.
—Esto no funciona —dijo Bruno un jueves, señalando un boceto de logotipo que Marti llevaba dos días puliendo—. El tipo de letra es bonito, pero no dice nada sobre lo que es este sitio. Podría ser el logo de cualquier pastelería de Europa.
—Perdona, señor arquitecto, pero yo creo que el tipo de letra transmite artesanía y calidez.
—Transmite una plantilla de Canva.
—¡Oye!
Bruno levantó las manos, conciliador, aunque con una sonrisa que desmentía cualquier intención de disculparse del todo.
—Solo digo que mi abuela lleva cuarenta y dos años levantándose a las cinco de la mañana para amasar hojaldre a mano. Eso merece algo más que una tipografía bonita sacada de una plantilla.
Marti dejó el lápiz sobre la mesa, fingiendo una indignación que en realidad no sentía del todo, porque en el fondo sabía que Bruno tenía razón. Llevaba tres bocetos intentando encontrar el alma del lugar y ninguno la convencía del todo.
—Está bien, señor exigente. ¿Qué sugieres tú, ya que eres tan experto en repostería artesanal?
—Yo no soy experto en nada de esto. Por eso te contraté a ti.
—Pues entonces confía en el proceso y dame otra semana.
—Tienes hasta el jueves que viene. Mi madre me está presionando con los plazos.
Fue la primera vez que Bruno mencionó, aunque fuese de pasada, la presión real que había detrás de aquel proyecto.
Marti no preguntó más, intuyendo que había una historia más grande detrás de aquellas prisas, pero archivó el dato en algún rincón de su cabeza, junto con la curiosidad creciente que sentía por aquel hombre que discutía de tipografías con la misma seriedad con la que probablemente discutía de estructuras de hormigón.
Con el paso de los días, las reuniones de trabajo empezaron a alargarse más de lo estrictamente necesario.
Un café se convertía en una conversación sobre la infancia de Bruno pasando veranos en el obrador; una discusión sobre paletas de color derivaba en anécdotas de Marti sobre sus intentos fallidos de montar un negocio de tarjetas de felicitación hechas a mano que había terminado en una pérdida considerable de dinero y una anécdota divertida sobre cómo había aprendido, por las malas, que nadie compra tarjetas de felicitación para el Día Mundial del Reciclaje.
—¿Existe eso? —preguntó Bruno, genuinamente sorprendido.
—Existe, y te aseguro que nadie lo celebra comprando tarjetas.
—¿Cuántas hiciste?
—Doscientas. Todavía tengo ciento ochenta y siete guardadas en una caja debajo de la cama.
—Eso es casi conmovedor.
—Es trágico, Bruno. La palabra que buscas es trágico.
Empar observaba aquellas conversaciones desde la trastienda con una sonrisa que no se molestaba en disimular, la misma sonrisa de quien ve crecer algo que todavía no tiene nombre pero que reconoce por experiencia.
De vez en cuando interrumpía con comentarios que hacían enrojecer a su nieto de forma casi imperceptible: «Bruno, ¿por qué no le ofreces a Martina quedarse a comer, que hoy he hecho escudella?
», o «Martina, este chico normalmente no sonríe tanto, algo tendrás tú que ver».
Fue un jueves de finales de abril, con las últimas rosas de Sant Jordi ya marchitas en algún jarrón olvidado, cuando ocurrió el incidente que lo cambiaría todo.
Marti y Bruno habían salido a comer un bocadillo a un banco de la plaza cercana, aprovechando uno de los primeros días de calor de verdad, y una turista alemana, encantada con la estampa de dos jóvenes riéndose bajo un ficus centenario, les pidió permiso para hacerles una foto «para su cuenta de viajes».
—Claro —dijo Bruno, sin darle mayor importancia—, aunque no somos precisamente lo más pintoresco de la plaza.
—Sois monísimos —dijo la turista, en un español titubeante—, parecéis una pareja de película.
Marti se rió, un poco avergonzada, y no le dio más vueltas al asunto hasta tres días después, cuando Cova irrumpió en su habitación con el móvil en alto, la expresión entre divertida y alarmada.
—Marti, ¿tú sales en una cuenta de Instagram de viajes por Barcelona con casi doscientos mil seguidores?
—¿Qué?
—Mira esto.
Cova le enseñó la pantalla. Era, en efecto, la foto de la turista alemana: Marti y Bruno riéndose en el banco de la plaza, con la luz de la tarde dándoles justo en la cara de una forma que, admitió Marti para sus adentros, resultaba innegablemente favorecedora.
El pie de foto decía: «Barcelona sabe de amor.
Encontrado en el Born, esta pareja tan tierna que hasta los turistas queremos un amor así. 😍❤️ #Barcelona #ParejaMeta #ElBorn».
—Cova, no somos pareja.
—Ya, pero doscientas mil personas no lo saben, y por lo visto tampoco les importa demasiado la verdad.
—Esto es ridículo. Es solo una foto de dos personas comiendo un bocadillo.
—Marti, cariño, tenéis literalmente cogidas las manos en la foto.
—¡Estaba pasándole una servilleta!
—Pues parece otra cosa.
Marti se llevó las manos a la cara, presa de una mezcla de vergüenza y una risa nerviosa que no lograba controlar.
Se dijo a sí misma que aquello no tenía la menor importancia, que era una simple foto de internet que se olvidaría en cuestión de días, sepultada bajo el algoritmo de otras mil fotos de parejas más monas todavía.
No podía imaginar que aquella misma foto, en algún momento de las siguientes veinticuatro horas, iba a llegar hasta el teléfono de Núria Ferrer, ni que Núria, lejos de considerarlo un simple malentendido de internet, iba a verlo como la solución perfecta a un problema muy distinto que llevaba meses intentando resolver.