CAPÍTULO 3
Un mensaje formal y una sospecha creciente
El mensaje llegó a las diez y media de la noche, cuando Marti estaba tirada en el sofá con Cova, viendo un documental sobre pulpos que ninguna de las dos entendía del todo pero que ninguna se atrevía a apagar por miedo a perderse el final.
«Buenas noches. Me pongo en contacto con usted en representación de un negocio familiar de repostería en el barrio del Born.
Estamos buscando renovar nuestra imagen de marca: logotipo, ilustraciones para el escaparate y presencia en redes sociales.
Hemos visto su trabajo y creemos que podría encajar con lo que buscamos.
¿Estaría disponible para una reunión esta semana? Atentamente, B. Ferrer.»
—Cova, mira esto.
Cova leyó el mensaje por encima del hombro de Marti y soltó un silbido.
—Qué formal. Parece una carta del banco.
—Es un cliente serio, eso es bueno. Fíjate, «atentamente». Nadie escribe «atentamente» en un mensaje de Instagram a menos que sea un abogado o alguien que ha aprendido a escribir correos electrónicos en los años noventa.
—O alguien que quiere dar buena impresión.
Marti no tenía muchas esperanzas después del fiasco de Fermentia, pero tampoco podía permitirse el lujo de ignorar un posible encargo.
Contestó con la misma formalidad, aunque intentando sonar un poco menos robot que su interlocutor: «Buenas noches, encantada de saber de ustedes.
Claro que estaría disponible. ¿Qué día les vendría bien? »
La respuesta llegó minutos después, sorprendentemente rápido para alguien que escribía con tanta corrección gramatical: «¿Le vendría bien el jueves a las once, en el obrador? Calle Flassaders, número 14.»
Marti anotó la dirección y la hora en su cuaderno, justo debajo del boceto de un dragón que le había prometido al niño de Sant Jordi, sin darle mayor importancia al nombre de la calle.
El Born estaba lleno de callejuelas con nombres parecidos, y ella no tenía ningún motivo para asociar aquella dirección con nada en particular.
Los tres días siguientes los pasó preparando un pequeño dossier de referencias: capturas de trabajos anteriores, una propuesta de paleta de colores inspirada en los azulejos modernistas de la ciudad, bocetos rápidos de un logotipo genérico que pudiera adaptar según lo que el cliente le contara.
Se prometió a sí misma que esta vez llegaría preparada, profesional, sin margen para que un email con tres emojis volviera a arruinarle la semana.
El jueves por la mañana, Marti se vistió con lo más parecido a «ropa de reunión seria» que tenía en el armario: una camisa blanca que no tenía manchas de tinta, unos vaqueros oscuros y una chaqueta fina que le había prestado Cova hacía dos años y que nunca había devuelto.
Cogió la bicicleta —el único medio de transporte que le permitía llegar tarde de forma elegante en vez de sudorosa— y pedaleó desde Gràcia hasta el Born con el dossier metido en una carpeta que sujetaba, de forma poco práctica, en el manillar.
Llegó a la calle Flassaders con cinco minutos de margen, un milagro estadístico en su vida, y buscó el número 14. Cuando lo encontró, se detuvo en seco, con un pie todavía en el pedal.
Pastisseria Ferrer, decía el rótulo dorado sobre la fachada modernista, con letras que llevaban décadas sin repintarse pero que conservaban un encanto antiguo innegable.
En el escaparate, entre bandejas de pastas de té y una tarta de aspecto casero, había una fotografía en blanco y negro de una mujer joven —presumiblemente la fundadora, o alguien de la familia— sonriendo junto a un horno de leña.
«Qué casualidad», pensó Marti, sin darle más vueltas, «una pastelería del Born con nombre catalán y aspecto de toda la vida. Podría ser cualquiera de las cien pastelerías de este barrio.»
Empujó la puerta y una campanilla anunció su llegada.
El olor a mantequilla recién horneada la envolvió de inmediato, y por un momento olvidó los nervios de la reunión, distraída por la belleza casi anticuada del local: baldosas hidráulicas en el suelo, estanterías de madera oscura, y una vitrina de cristal curvo que parecía sacada de otra época.
—Buenos días —dijo una voz desde el fondo del local—, ¿en qué puedo...?
Marti se giró y se encontró de frente con la última persona que esperaba ver.
Bruno. El hombre de la horchata. El de la rosa. El de la llamada con su madre sobre una tal Vilaseca que era arquitecta también.
—Tú —dijeron los dos a la vez, con el mismo tono de incredulidad, como si el universo se hubiese confabulado específicamente para gastarles una broma pesada.
—Espera —dijo Marti, dejando la carpeta sobre el mostrador con más fuerza de la necesaria—, ¿tú eres B. Ferrer?
—Bruno Ferrer, sí. ¿Tú eres la ilustradora de los gatos existencialistas?
—Martina Solà. Los gatos existencialistas son mi mayor logro artístico, gracias por notarlo.
Se quedaron mirándose un instante, sin saber muy bien si reír o darse la vuelta y fingir que ninguno de los dos había reconocido al otro.
Bruno llevaba una camisa distinta a la del día de Sant Jordi, esta vez impecable, sin rastro de horchata, y Marti no pudo evitar fijarse en que sin la mancha y sin la americana desaliñada por las prisas, tenía un aire mucho más tranquilo, casi hogareño, en contraste con el traje de ejecutivo estresado que le había visto la primera vez.
—Bueno —dijo Bruno finalmente, carraspeando—, esto es incómodo.
—Un poco.
—¿Quieres que finjamos que no nos conocemos y empecemos de cero?
—Me parece la opción más digna, sí.
Bruno le tendió la mano, con una expresión que intentaba ser profesional y que resultaba, sobre todo, divertida.
—Bruno Ferrer, encargado de la renovación de imagen de la Pastisseria Ferrer.
Marti se la estrechó, aguantando la risa.
—Martina Solà, ilustradora. Espero no derramar nada esta vez.
—Yo también lo espero. Ya solo me queda una camisa decente.
Desde el fondo del obrador llegó una voz que Marti no había oído hasta entonces, cargada de una autoridad tranquila que no necesitaba levantar el tono para hacerse notar.
—Bruno, ¿ya ha llegado la chica de los dibujos?
Empar salió de la trastienda limpiándose las manos en el delantal, con el pelo blanco recogido y una mirada tan directa que Marti sintió, de inmediato, que aquella mujer sabía leer a las personas mejor que cualquier test de personalidad.
—Iaia, esta es Martina Solà, la ilustradora de la que te hablé.
—Ah, la de los gatos —dijo Empar, examinándola de arriba abajo con curiosidad más que con desconfianza—. Mi nieto me enseñó tus dibujos. El del gato durmiendo encima de un libro me hizo reír durante diez minutos.
—Ese es uno de mis favoritos —dijo Marti, aliviada de tener un tema de conversación neutral con el que romper la tensión.
—Siéntate, siéntate. Bruno, trae café y las pastas de anís, que la chica ha venido en bicicleta y seguro que tiene hambre.
Marti se sentó en una de las sillas de madera junto al mostrador, todavía procesando el hecho de que el desconocido de la horchata era, en realidad, su nuevo cliente, y que su nuevo cliente tenía una abuela capaz de intimidar con una simple mirada a cualquiera que se planteara faltarle al respeto a su pastelería.
Mientras Bruno desaparecía hacia la cocina a por el café, Empar se inclinó hacia ella con complicidad.
—Dime, Martina, ¿qué opinas del escaparate? Sin miedo, que aquí no nos ofendemos por nada que no sea que llames a mis cruasanes «bollería industrial».
—Opino que tiene un encanto precioso, pero que ahora mismo compite en desventaja con las pastelerías nuevas que llenan Instagram de fotos perfectas. La gente compra con los ojos antes que con la boca, y este local tiene una historia que contar que ahora mismo nadie ve desde la calle.
Empar asintió lentamente, con una sonrisa que parecía aprobar tanto el análisis como la sinceridad con la que había sido expuesto.
—Me gustas, Martina. Espero que mi nieto no lo estropee todo con sus ideas de arquitecto sobre líneas rectas y minimalismo.
—Iaia, te estoy oyendo —dijo Bruno desde la cocina.
—Ya lo sé, por eso lo digo alto.
Marti se rió, una risa genuina que llevaba días sin soltar, y por primera vez desde el email de los tres emojis sintió que quizás aquel jueves iba a compensar, con creces, el desastre de la semana anterior.
Lo que todavía no sabía era que aquel encargo la iba a llevar mucho más lejos de lo que ninguna reunión de trabajo debería llevar a nadie.