Cariño, ¡esto es un malentendido! CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La pastelería, la abuela y el ultimátum

Bruno Ferrer había vuelto a Barcelona hacía tres meses, después de cinco años en Londres trabajando para un estudio de arquitectura que diseñaba torres de cristal para gente que nunca las pisaría más de dos veces al año.

Había vuelto, en parte, porque el estudio londinense había decidido prescindir de la mitad de su plantilla tras perder un contrato enorme, y en parte —aunque le costaba reconocerlo— porque su relación de cuatro años con Alexandra había terminado de la manera más fría posible: un correo electrónico conjunto a la inmobiliaria para romper el contrato de alquiler compartido, como si su historia de amor fuese una cláusula más del contrato de arrendamiento.

Volver a Barcelona había sido, al principio, un alivio. Volver a la Pastisseria Ferrer, el pequeño obrador familiar que su abuela Empar regentaba en una calle estrecha del Born desde hacía cuarenta y dos años, había sido, sin embargo, mucho más complicado.

—Bruno, hijo, ¿qué te ha pasado en la camisa? —preguntó su madre, Núria, nada más verlo entrar en el despacho del segundo piso de la pastelería, donde se reunían los domingos para hablar de números que a nadie le apetecía mirar.

—Un accidente con horchata. No preguntes.

—¿Un accidente con una mujer, querrás decir? Porque tienes esa cara.

—Mamá, tengo la cara de alguien que ha llegado tarde a una reunión con el ayuntamiento por culpa de un accidente con horchata. No hay ninguna mujer.

Núria Ferrer era una mujer de sesenta años que llevaba la vida como llevaba los libros de contabilidad de la pastelería: con precisión, con orden, y con la firme convicción de que las emociones eran, en el mejor de los casos, un gasto innecesario.

Había heredado de su madre, Empar, el amor por la repostería, pero no la paciencia para sostener un negocio que llevaba tres años perdiendo dinero de forma constante.

—Bruno, tenemos que hablar del local.

—Ya sabemos de qué va esto.

—El grupo Dulcia ha vuelto a hacer una oferta. Es generosa. Más que generosa, diría yo. Y tu abuela...

—Mi abuela no quiere vender, mamá. Lleva cuarenta y dos años en ese obrador. No va a venderlo por una cifra en un contrato, por muy generosa que sea.

—Tu abuela tiene setenta y ocho años y una cadera que le falla cada invierno. No puede seguir levantándose a las cinco de la mañana a hacer croissants para veinte clientes fieles que pagan lo mismo que pagaban en el año dos mil cinco.

Bruno se frotó la sien. Aquella discusión llevaba semanas repitiéndose, con variaciones mínimas, como una obra de teatro que todos se sabían de memoria pero que nadie se atrevía a dejar de representar.

Dulcia era una cadena de pastelerías industriales, elegantes por fuera y completamente vacías de alma por dentro, que llevaba dos años comprando locales históricos del Born y el Gòtic para transformarlos en sucursales idénticas con la misma iluminación cálida de diseño y el mismo cruasán de pistacho en todas las ciudades de Europa.

Querían el local de la abuela Empar no por el negocio en sí, que apenas daba beneficios, sino por la ubicación: una esquina preciosa, con fachada modernista, a dos calles del Museu Picasso.

—Le he dicho a Dulcia que le daremos una respuesta en dos meses —dijo Núria—.

Es el tiempo que te voy a dar, Bruno, para que hagas lo que sabes hacer: reformar el local, modernizar la imagen, atraer clientela nueva.

Si en dos meses la pastelería sigue funcionando igual que ahora, vendemos. No hay más vuelta que darle.

—¿Y la abuela lo sabe?

—La abuela cree que estás aquí porque quieres pasar tiempo con ella. No hace falta que sepa los detalles del ultimátum.

Bruno bajó al obrador, donde el olor a mantequilla derretida y azúcar quemado llevaba envolviéndolo desde niño, cuando pasaba las tardes de verano sentado en un taburete viendo a su abuela trabajar la masa de hojaldre con una destreza que parecía magia.

Empar estaba junto al horno, con las manos cubiertas de harina y el pelo blanco recogido bajo un pañuelo de flores, cantando por lo bajo una canción que Bruno no reconoció pero que sonaba a los años sesenta.

—Iaio Bruno —dijo ella, sin darse la vuelta, usando el apodo cariñoso que le había puesto de pequeño porque de niño insistía en que quería ser «el abuelo de mayor»—, ¿ya te ha dado tu madre el sermón del local?

—Algo así.

—Pues no le hagas caso. Este obrador lo abrió tu bisabuelo en mil novecientos ochenta y cuatro con las manos y con deudas, y de aquí no me saca nadie más que con los pies por delante, y aun así dudo que consiga que suelte las llaves.

Bruno sonrió, a su pesar. Había algo en la tozudez de su abuela que lo reconfortaba más que cualquier argumento racional que su madre pudiera esgrimir.

—Iaia, ¿y si te ayudo a modernizar el negocio? No hablo de cambiar lo que haces, sino de cómo lo cuenta la gente. Una nueva imagen, redes sociales de verdad, un escaparate que llame la atención en vez de asustar a los turistas que pasan por delante.

Empar dejó la masa un momento y lo miró con esos ojos pequeños y vivos que parecían leerle el pensamiento con más precisión que su madre.

—¿Tú entiendes de eso?

—Yo no, pero conozco gente que sí.

En realidad no conocía a nadie. Pero llevaba tres meses en Barcelona sin proyecto propio, trabajando a media jornada para un estudio de arquitectura que restauraba fincas del Eixample, y la idea de dedicar su tiempo libre a salvar el negocio de su abuela —el único lugar de la ciudad que le parecía completamente ajeno a la frialdad de los últimos años en Londres— le pareció, de pronto, el proyecto más importante que había tenido en mucho tiempo.

—Está bien —dijo Empar, volviendo a la masa—, pero nada de poner corazones de neón en el escaparate. Esto es una pastelería, no una discoteca.

—Prometido.

Aquella noche, mientras cenaba solo en el piso que había alquilado cerca del Fossar de les Moreres, Bruno buscó en internet «diseñador gráfico ilustradora Barcelona pastelería identidad visual», sin muchas esperanzas de encontrar algo útil a esas horas.

Entre los resultados, una cuenta de Instagram le llamó la atención: dibujos de gatos con expresiones existencialistas, calles de Barcelona convertidas en escenarios de cuento, y una biografía que decía simplemente: «Ilustro cosas. A veces cobro por ello. Barcelona.»

Le escribió un mensaje breve, formal, sin dar demasiados detalles, firmando solo como «B.

Ferrer, en representación de un negocio familiar en el Born», sin imaginar ni por un segundo que la persona detrás de aquella cuenta era la misma mujer a la que, unas horas antes, le había arruinado la camisa con un vaso de horchata en pleno Passeig de Gràcia.