Cariño, ¡esto es un malentendido! CAPÍTULO 1
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Cariño, ¡esto es un malentendido!

Cariño, ¡esto es un malentendido!

Por Isabel M.F.

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Un email, tres emojis y un desastre

Martina Solà llevaba veintinueve años demostrando que se podía sobrevivir en Barcelona a base de café solo, plazos imposibles y una capacidad asombrosa para llegar tarde incluso a las cosas que empezaban en su propia casa. Aquella mañana de abril no iba a ser la excepción.

—Cova, ¿has visto mi tableta gráfica? —gritó desde el pasillo, con un cruasán entre los dientes y una camisa a medio abrochar.

—¿La que usas para dibujar o la que usas de posavasos? —contestó su compañera de piso desde la cocina, sin levantar la vista del móvil.

—Da igual, ya la encontraré. Necesito el portátil. Y un milagro.

Marti vivía en un tercero sin ascensor en Gràcia, en un piso con las paredes pintadas de un verde que había parecido buena idea en su día y que ahora, a la luz de la mañana, recordaba más a una piscina municipal que a un hogar acogedor.

Compartía el piso con Cova, camarera en un bar del Raval y cantante de un grupo que ensayaba versiones de Rocío Jurado en clave de jazz, un proyecto que Marti apoyaba con el entusiasmo de quien apoya a un familiar que ha decidido dedicarse a la magia.

El motivo del pánico matutino tenía nombre propio: Fermentia, una pastelería de nueva creación en el Eixample que llevaba semanas negociando con ella un proyecto de ilustración para su nueva imagen de marca.

Era el encargo más grande que le habían ofrecido en meses, el tipo de proyecto que le permitiría dejar de vivir a base de banners para tiendas de bañadores y empezar a cobrar como una ilustradora de verdad.

Se sentó en la cama, abrió el portátil y encontró el correo que llevaba toda la noche esperando.

Asunto: Re: Re: Re: Propuesta creativa — Fermentia

Hola Martina,

Gracias por el envío. Lamentamos comunicarte que hemos decidido seguir adelante con otra propuesta que se ajusta mejor a la dirección que estamos buscando. Ha sido un placer conocer tu trabajo.

Un saludo,

El equipo de Fermentia

🍰✨👋

Marti leyó el correo dos veces, como si la tercera lectura fuese a cambiar el contenido por arte de magia.

Tres emojis. Le habían dado calabazas con tres emojis.

Ni siquiera un solo emoji digno, sino tres, alineados como para suavizar el golpe, como si un cruasán, una estrella fugaz y una mano despidiéndose pudieran maquillar el hecho de que acababa de perder el mejor encargo del año.

—Cova —dijo con voz plana—, me han rechazado con emojis.

Cova asomó la cabeza por la puerta, con el pelo cardado a medio hacer y una taza humeante en la mano.

—¿Cuántos?

—Tres.

—Uf. Eso es peor que si te lo dicen por teléfono. Un rechazo con tres emojis es un rechazo con remordimiento. Se sentían mal y aun así te han dejado tirada.

—Gracias, eso me consuela muchísimo.

—¿Qué vas a hacer?

Marti cerró el portátil de golpe, como si con eso pudiera cerrar también el email, el proyecto y las tres semanas de bocetos que había hecho de madrugada mientras trabajaba en otros tres encargos más pequeños para pagar el alquiler.

—Voy a ir a la calle Petritxol a comprarme un chocolate con churros del tamaño de mi autoestima actual, y luego voy a ir a la feria de Sant Jordi, porque hoy es el único día del año en que Barcelona entera decide comprar libros y regalar rosas, y necesito estar rodeada de gente feliz para no sentirme la única persona miserable de la ciudad.

—Es un buen plan. Yo tengo turno en el bar a las cuatro, pero te acompaño un rato.

Sant Jordi era, para cualquier barcelonés, una fecha sagrada: las calles se llenaban de paradas de libros y rosas, los escritores firmaban ejemplares en la Rambla y en el Passeig de Gràcia, y por una vez el amor no parecía cursi sino de lo más normal, como si toda la ciudad se hubiese puesto de acuerdo para regalarse algo bonito.

Marti, que vendía también sus propias láminas ilustradas en una pequeña caseta compartida con otra ilustradora amiga suya, decidió que aquel día, si no podía vender su talento a una pastelería de postín, al menos lo vendería a pie de calle, entre rosas de plástico y libros de segunda mano.

Montó su puesto en una esquina del Passeig de Gràcia, junto a la parada de una librería independiente, con sus láminas de gatos imposibles, calles imaginarias y frases que sonaban más profundas de lo que en realidad eran.

La mañana fue tranquila: alguna venta suelta, una señora que le preguntó si hacía retratos de perros, un niño que le pidió que le dibujara un dragón porque «hoy es el día de Sant Jordi y el dragón se merece protagonismo también».

Fue pasado el mediodía cuando ocurrió el desastre.

Un hombre con traje —traje de verdad, de esos que parecen recién planchados incluso en abril, con americana al brazo porque hacía demasiado calor para llevarla puesta— se abrió paso entre la multitud con un ramo de rosas rojas en una mano y el móvil pegado a la oreja en la otra.

Hablaba en un tono que oscilaba entre la irritación contenida y la exasperación absoluta.

—Que no, mamá, que no voy a ir a comer el domingo con los Vilaseca, que ya te he dicho que no tengo ningún interés en la hija de... sí, ya sé que es arquitecta también, no es el problema, el problema es que...

Marti, que estaba estirando el brazo para acomodar una lámina que el viento amenazaba con llevarse volando, no vio venir el golpe.

El hombre, distraído por la llamada, tropezó con la pata metálica de su caballete expositor.

El caballete cayó. Las rosas volaron. Y el vaso de horchata que Marti tenía apoyado sobre la mesa —comprado hacía cinco minutos con la ilusión de alguien que necesitaba consolarse con algo dulce— se derramó entera sobre la camisa blanca del desconocido.

Se hizo un silencio de esos que solo existen en las comedias, justo antes de que todo el mundo alrededor empiece a mirar.

—Lo siento muchísimo —dijo Marti, ya de rodillas intentando salvar sus láminas del suelo—. No le he visto venir, iba usted mirando el móvil, y...

—¿Que iba yo mirando el móvil? —el hombre se miró la camisa, empapada de horchata color marfil, y después la miró a ella con una expresión que Marti no supo si era de indignación o de resignación cósmica—. Tenía una reunión dentro de veinte minutos.

—Pues ahora tiene usted una reunión y un aroma a chufa que va a durar todo el día. Lo siento de verdad. Tome, al menos llévese esto —le tendió una servilleta de papel que había sobrado del churro de después de comer—, es lo único que tengo.

El hombre cogió la servilleta, la miró como si fuera un objeto de otro planeta y, para sorpresa de Marti, dejó escapar una risa breve, casi involuntaria, como si el absurdo de la situación hubiese vencido a su mal humor.

—Bonito panorama —dijo, señalando el suelo, donde las rosas rojas destinadas a alguien seguían esparcidas entre gente que pasaba con más rosas y más libros, ajena por completo al pequeño drama que se desarrollaba en aquella esquina—. Iba a regalar esto a mi abuela.

—Pues yo tenía intención de regalarme a mí misma un buen día, y mire cómo ha acabado.

—¿Mal día?

—El peor. Me acaban de rechazar un proyecto con tres emojis.

El hombre enarcó una ceja.

—¿Tres?

—Uno de cruasán, uno de estrella y una mano despidiéndose. El paquete completo de la falsa amabilidad corporativa.

—Eso es peligrosamente cruel.

—Gracias, alguien lo entiende.

Se quedaron un instante mirándose, ese instante extraño en que dos desconocidos que se acaban de fastidiar mutuamente el día deciden, sin saber muy bien por qué, que no les cae tan mal el otro.

El hombre tenía el pelo oscuro, algo alborotado por las prisas, y unos ojos castaños que en aquel momento oscilaban entre la exasperación y una curiosidad que intentaba disimular sin mucho éxito.

Marti calculó que rondaría los treinta y pocos, con ese aire de persona que se ha pasado media vida siendo responsable y la otra media arrepintiéndose de serlo tanto.

—Bruno —dijo él finalmente, tendiéndole la mano manchada de horchata—. Encantado de conocerte, supongo, aunque las circunstancias sean un desastre.

—Marti —contestó ella, estrechándole la mano igual de manchada—. El desastre es mutuo, no te preocupes.

—Tengo que irme —dijo Bruno, mirando el reloj con auténtico terror—, pero antes... —se agachó, recogió una de las rosas caídas, la única que había sobrevivido más o menos entera, y se la tendió—. Feliz Sant Jordi, o lo que quede de él.

Marti se quedó con la rosa en la mano, viéndolo alejarse entre la multitud con la camisa manchada y la americana ahora colgada estratégicamente sobre el hombro para disimular el destrozo.

Cova, que había presenciado toda la escena desde la caseta de al lado, se acercó con una sonrisa que Marti conocía muy bien y que no auguraba nada bueno.

—¿Quién era el señor traje mojado?

—Ni idea. Un hombre al que acabo de arruinarle la reunión de su vida.

—Un hombre que te ha regalado una rosa después de que le tirases la horchata encima. Eso, amiga mía, no es un desastre. Eso es una escena de película.

—Es un desconocido con el que probablemente no vuelva a cruzarme en la vida, Cova.

—Barcelona es más pequeña de lo que crees —dijo Cova, con ese tono de quien sabe algo que la otra persona todavía no sabe, aunque en realidad no supiera nada—. Ya lo verás.

Marti se guardó la rosa entre las páginas de un cuaderno de bocetos, sin darle más importancia, convencida de que aquel encuentro quedaría como una anécdota graciosa que contaría en las cenas: el día que le tiró la horchata encima a un desconocido en pleno Sant Jordi.

Lo que no podía saber era que, a unas pocas calles de allí, ese mismo hombre acababa de recibir, minutos antes del incidente, una llamada de su madre que iba a cambiarle la vida bastante más que una mancha de horchata en la camisa.