Cara a cara con mi mejor amiga de la infancia (Serie de hockey Discos picantes nº 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Oscar

Camino de un lado a otro en la acera; el aire frío de la noche me pica en las mejillas mientras espero a Nadia a la salida del local.

Tengo los nervios a flor de piel y me invade una ola de preocupación. ¿Odiará cómo manejé lo de Neil? ¿Entenderá que detesté cómo le habló?

Gruño.

Examino el siguiente grupo de personas que sale del edificio, buscando a la única persona con la que necesito hablar. Solo puedo pensar en si mi arrebato habrá arruinado toda posibilidad de un futuro con Nadia.

No pude evitarlo.

Solo tenía que decirle una palabra, pero le costó horrores, como si pensara que ella estaba por debajo de él.

Sé que lo amenacé, pero jamás sacaría al equipo del evento, no cuando se recaudaba dinero con fines benéficos.

Aunque él no tenía por qué saberlo.

Se me encoge el corazón cuando la veo acercarse con un estilo casual pero impresionante. Lleva vaqueros, una camiseta, botas negras y un abrigo azul pálido sobre el brazo.

Mi estómago revuelto se calma un poco cuando sonríe y camina hacia mí.

—Lo lograste —dice con una calidez en la voz que nunca esperé. Sus ojos verdes se iluminan—. Podrías ser modelo.

Me paso los dedos por el pelo oscuro y sonrío.

—Podría.

Nadia se ríe.

—¿Adónde vamos?

—Siento lo de esta noche.

Le tomo la mano, quiero que entienda lo mal que me siento. Sé que es su carrera y que no debería meterme.

—No te preocupes.

Niega con la cabeza.

—Mañana no me recordará, pero tratará a las siguientes chicas... o chicos... de la misma manera.

—Aun así...

Levanta la palma para detenerme.

—¿Cenamos?

Sonrío y le ofrezco el brazo. Ella se coge de mi codo.

—Conozco un sitio. Es tranquilo y podemos charlar sobre los viejos tiempos.

—Perfecto.

Mientras caminamos hacia el restaurante, me asaltan los recuerdos de lo fácil que era todo con Nadia. Cómo nos reíamos y bromeábamos sobre tonterías, aunque éramos mucho más jóvenes.

—¿Te acuerdas de cuando quedamos a medianoche porque iba a haber un eclipse y no queríamos perdérnoslo?

Una risita juguetona escapa de sus labios y me hace sonreír.

—Y descubrimos que nos habíamos adelantado un día.

—Lo que lo hizo aún más dulce porque también nos escapamos la noche siguiente —le recuerdo.

Sonríe.

—Fue muy tranquilo, eso sí, solo nosotros dos sentados en el banco, esperando el momento.

—El momento...

«Este podría ser el momento», es lo que quiero responder, pero no sé si ella siente lo mismo.

—El momento fue perfecto. Estar allí sentado contigo fue perfecto.

Siento la suavidad de su pelo contra mi mejilla cuando apoya la cabeza en mi hombro.

—Te has vuelto un romántico.

Me río.

—A mis compañeros de equipo les encantaría oír eso.

Señalo hacia delante.

—Hemos llegado.

Dentro, el restaurante es acogedor. Un suave aroma a pan recién horneado y hierbas aromáticas llena el aire, junto con el olor a vainilla y canela de la vela encendida entre nosotros.

—Qué bonito.

Nadia mira a su alrededor en el restaurante en penumbra.

Las suaves melodías de la música crean un ambiente íntimo.

—Lo es, pero es mejor porque estás tú aquí —respondo.

Se vuelve hacia mí. Estamos sentados uno frente al otro; la vela parpadea entre nosotros y proyecta sombras en su hermoso rostro. Su mirada se vuelve intensa, escudriña la mía como si intentara descifrar mis pensamientos.

Asiente ligeramente.

—Echo de menos esto —dice en voz baja, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros—. Nos echo de menos.

Sus palabras quedan suspendidas en el aire, y sé que tengo tan poco tiempo con ella antes de que vuelva a Europa que cada momento es precioso. Extiendo la mano sobre la mesa y tomo la suya.

—Yo también nos echo de menos —admito.

Por un momento, ninguno de los dos habla; es como aquella noche en que aguardamos el eclipse, sentados juntos, a la espera de que algo sucediera.

Trago saliva.

—Estoy orgulloso de lo que has llegado a ser... de tu carrera como modelo. Sé que te dije cosas horribles cuando éramos más jóvenes, pero...

—Me hiciste más fuerte. No me arrepiento. Tus palabras me impulsaron. Nunca me frenaron. Al contrario, me hicieron desearlo aún más.

—Nunca quise que me dejaras. Pensé que así conseguiría que te quedaras conmigo.

Se muerde el labio mientras alza la vista hacia el camarero que acaba de llegar a nuestra mesa.

Tiene la mirada fija en Nadia mientras pregunta:

—¿Es usted Nadia Simmons, la supermodelo?

Sonríe mientras niega con la cabeza y miente:

—No, solo me parezco a ella.

Carraspeo. El camarero se vuelve hacia mí. Abre los ojos de par en par.

—Y usted es Oscar Bridge, la estrella de hockey de los New York Bears.

Sonrío. Estoy acostumbrado a que me reconozcan y no me importa interactuar con los fans.

—Sí, soy yo. ¿Qué tal?

—Oh... Oh, yo. Estoy... Estoy bien.

Habla de forma atropellada.

—Disculpen, ¿están listos para pedir?

—Una botella de champán para empezar —digo.

—Champán —dice Nadia cuando el camarero se aleja—. ¿Qué celebramos?

—A nosotros. Y a la amistad.

—La amistad es buena.

—¿Y nosotros? —pregunto.

—¿Todavía hay un «nosotros»? —pregunta ella—. Vivimos en países diferentes.

Miro a Nadia a los ojos, donde la luz parpadeante de la vela baila en ellos.

—Siempre habrá un «nosotros» —digo con confianza—. La distancia no puede cambiar lo que significamos el uno para el otro.

Ella sonríe con suavidad, con un rastro de tristeza que persiste en su expresión.

—Ojalá las cosas fueran diferentes —murmura—. Pero...

—Podemos hacer que las cosas sean diferentes.

Con un suave zumbido, su teléfono vibra sobre la mesa, indicando una llamada o un mensaje. Con cuidado, le da la vuelta para ver la pantalla.

—Las relaciones a distancia no funcionan, Oscar. Lo sé.

La miro desde el otro lado de la mesa. El corazón me late con fuerza, y me duele saber que ella no quiere pensar en nosotros como algo más que amigos.

—Y tú, Oscar. ¿No encontraste a nadie que te calentara la cama? —pregunta, dándome a entender que yo también seguí adelante.

Lo que ella no sabe es que mi corazón nunca siguió adelante. Ha estado bajo llave, intacto durante años, y solo ella tiene la llave.

—No he sido un santo —trago el nudo de la garganta cuando ella vuelve a mirar el mensaje—. Pero no he amado a nadie desde ti.

Levanta la mirada y deja el móvil boca abajo de golpe.

—Esa es una declaración importante. ¿Por qué?

—¿Por qué crees?

Veo cómo sus ojos recorren mi rostro, como si intentara captar cada expresión.

—Champán.

El camarero coloca dos copas sobre la mesa y las llena de champán antes de dejar la botella en la cubitera.

—¿Puedo tomarles nota? —pregunta.

—Para mí, una ensalada de pollo a la parrilla con el aliño aparte, por favor —Nadia dobla el menú y lo deja sobre la mesa.

—Yo quiero el filete poco hecho con salsa de ajo y verduras variadas, gracias.

—Por supuesto, no tardaré mucho. Disfruten del champán.

La mirada del camarero se fija en Nadia, entrecierra los ojos con sospecha y, sin decir palabra, se da la vuelta y se marcha.

—No te cree —digo, y levanto mi copa de champán mientras ella levanta la suya.

Se encoge de hombros.

—No es que yo sea una estrella famosa del hockey.

Me yergo y la miro directamente a los ojos.

—Podemos hacer que lo nuestro funcione —digo con determinación.

Su risa es ligera, casi musical. Sus ojos se clavan en los míos con un destello travieso mientras se lleva la copa de cristal a los labios, el champán burbujeando tentador en su interior.

—¿De dónde ha salido eso? —bromea, arqueando una ceja con picardía.

—Ha salido de cinco años de frustración acumulada. Cinco años sabiendo que te hice daño para retenerte, pero en cambio te alejé. Cinco años deseando lo que no podía tener. Y cinco años amando a un fantasma.

—No soy un fantasma. Estoy aquí.

—Te añoré como si hubieras muerto y mi corazón hubiera muerto contigo.

—Oscar...

Inclino la barbilla, instándola a no darme excusas.

—No me vengas con historias absurdas sobre vivir en Europa. Haré que funcione, si tú también quieres —digo.

—Quiero creerlo —susurra.

—Créelo, Nadia, porque si algo me ha enseñado el día de hoy, es que mi corazón necesita volver a amar. Y solo puede amarte a ti.

Nadia deja la copa de champán lentamente, sin apartar su intensa mirada de la mía. La tensión entre nosotros es palpable y llena el aire de energía crepitante.

Extiende la mano y sus dedos se deslizan sobre los míos. El contacto me atraviesa como una descarga eléctrica.

—Te eché de menos, Oscar. Te añoré durante años —admite con suavidad, con la voz apenas audible—. Pero la vida siguió. Tú seguiste con la tuya y yo seguí con la mía. Hemos cambiado. Ya no somos niños.

Mientras nuestras manos se entrelazan, siento la suavidad de su piel contra la mía.

Me aclaro la garganta. El miedo a que me rechace de nuevo me revuelve las entrañas, pero sé que es ahora o nunca.

—Si te digo que nunca dejé de amarte. Que siempre fuiste tú.

Ella escudriña mis ojos, como si tratara de descifrar la sinceridad que hay en ellos. Tras un momento que parece extenderse hasta la eternidad, una pequeña sonrisa asoma en las comisuras de sus labios.

—Siempre fuiste tú también —concede—. Pero nosotros...

—Estamos destinados a estar juntos. Pasa tiempo conmigo mientras estés aquí. Déjame demostrártelo.

Mientras nuestras manos siguen entrelazadas y nuestras miradas fijas, el repentino clic de una cámara junto a mí rompe el silencio. Al girarme hacia el sonido, vislumbro a un paparazzi acechando en las sombras, invadiendo nuestro momento.

Nadia retira la mano con un destello de pánico en los ojos. El cambio repentino en su actitud enciende una oleada de ira en mi interior.

Con un movimiento rápido, me levanto y agarro la cámara.

—Borra las fotos. Esto es privado.

Hay miedo en sus ojos.

—No puedo, tío, todo se sube automáticamente al servidor.

—Está bien, Oscar.

Nadia me pone la mano en la espalda.

—Vámonos.

Saco apresuradamente un fajo de billetes de la cartera y los arrojo sobre la mesa mientras voy tras ella, pero me encuentro al camarero en el camino. Niego con la cabeza y digo:

—No ha estado bien, tío. Ni siquiera nos has dado la oportunidad de comer.

Se le enrojece el rostro, pero ahora mismo es lo que menos me importa. Salgo corriendo del restaurante hacia Nadia.

—¿Sería demasiado atrevido invitarte a mi casa y pedir comida a domicilio?

Una sonrisa se dibuja en sus labios, haciendo que sus ojos brillen de alegría.

—¿Invitas a todas las chicas a tu casa sin besarlas primero?

—No beso… y no me he llevado a nadie a casa.

Sus ojos verdes se clavan en los míos y se abren de par en par, sorprendidos.

—¿No besas?

—Desde ti, no…

—¡Oh!

Me acerco a ella con paso decidido.

—Esta noche voy a hacer una excepción.