Capítulo 3
Nadia
Inspiro hondo y cojo el primero de los tres vestidos de novia, deslizando la suave seda entre mis dedos mientras la estilista termina de arreglarme el pelo. Me lo ha peinado meticulosamente en ondas suaves para que combine con el ambiente romántico y playero de este vestido.
Minutos después, me enfundo el vestido. La suave gasa de seda abraza mi cuerpo y resalta cada contorno con sus detalles de encaje.
La duda se apodera de mí a medida que los nervios me carcomen, y me pregunto si tiene sentido vestirme de novia y tener como pareja en la pasarela al único hombre al que he amado: Oscar.
Agradezco que haya cumplido su promesa y que diez jugadores de hockey se estén preparando ahora mismo en el vestuario del otro lado de la pasarela. Le dije al diseñador que el trato con los jugadores seguía en pie, pero que tenía que desfilar con Oscar.
Ese fue el ultimátum que puso Oscar cuando llamó para confirmar.
Me coloco frente al espejo y me doy un rápido repaso. Las punzadas familiares de inseguridad ensombrecen la confianza en mí misma.
Como modelo, se supone que debo irradiar perfección y rebosar confianza, pero para mí es una batalla constante. Normalmente se me da bien ocultarlo, pero aun así desearía ser como mis compañeras. La mayoría de las modelos no tienen ansiedad, al menos no a mi nivel.
—¿Estás lista? —pregunta el organizador, de pie en la puerta con un portapapeles en la mano.
A mi espalda se oye un murmullo de «síes». Me calzo los zapatos de tacón de seda. Solo ahora reparo en las delicadas perlas de los tacones.
—Nadia, seguida de Stella y luego Sophie… —dice el organizador mientras agarro el bajo del vestido y me dirijo hacia él, que abre la puerta del backstage.
Mientras me apresuro hacia el final de la pasarela, me quedo boquiabierta al ver a Oscar, elegantísimo con un esmoquin negro impecable. Somos la imagen perfecta de contraste y armonía. Su figura de negro es el complemento perfecto para mi etéreo vestido color marfil.
—Estás… —dice.
Por primera vez, parece y suena nervioso.
—¡Joder! —Se pasa la mano por la mandíbula—. Nunca imaginé que la primera vez que te viera en años sería con un vestido de novia puesto.
¿Qué está diciendo?
Estoy tan acostumbrada a llevar todo tipo de prendas —vestidos de novia, lencería, trajes de baño…— que hasta hace un momento no había pensado en este vestido como algo más que tela para exhibir.
—Y tú estás increíble con el esmoquin —digo—. Estos últimos años solo te he visto con el equipo de hockey puesto.
—¿Me has buscado? —pregunta.
Una sonrisa asoma en su hermoso rostro.
—¿Quién ha estado acosando a quién? —Arqueo una ceja y le devuelvo la sonrisa—. Al fin y al cabo, suele ser después de ver tu nombre en mis redes.
—Culpable —admite con una sonrisa, levantando la mano.
Suena música suave de fondo, pero parece desvanecerse cuando me tiende la mano.
Doy un paso adelante con los ojos fijos en los de Oscar. Él traga saliva y, de repente, siento el peso del vestido arremolinándose a mi alrededor como una nube.
Todo parece surrealista.
Y cuando le cojo la mano, una descarga eléctrica me recorre el cuerpo y se instala en el bajo vientre. Trago saliva, intentando recomponerme.
Solo sois amigos, Nadia.
—Hola, Oscar, gracias por esto, y debo decir… —Mis ojos recorren su rostro, que se ha vuelto más cincelado con los años—. Qué bien te sienta el esmoquin.
Se ríe.
—Hola, Nadia, ¿podemos empezar de nuevo? —Me mira con esos ojos azules bajo el cabello oscuro, esbozando una sonrisa traviesa—. Tú nunca has necesitado arreglarte. Siempre has sido la persona más guapa de cualquier lugar.
Sonrío. El corazón me da un vuelco cuando siento su mirada posarse en mí, y una oleada de calidez me recorre las venas.
Pero el momento que compartíamos se esfuma de golpe cuando se abre el telón y empieza la música del desfile.
En cuanto las luces se atenúan, el público guarda un silencio absoluto.
Todas las miradas están fijas en nosotros, creando una tensión palpable mientras esperamos juntos, listos para salir. Me aprieta la mano como si supiera que estoy nerviosa. No estoy nerviosa por desfilar, no esta vez.
Esta vez estoy nerviosa por cómo me afecta. Nerviosa porque su contacto me provoca escalofríos por toda la espalda. Como siempre.
Llega nuestra señal y, juntos, comenzamos a recorrer la pasarela con paso lento, la suave gasa del vestido flotando a mi alrededor.
Mientras caminamos, las miradas del público y los fashionistas se clavan en nosotros, cautivadas por la elegancia del vestido de novia y el esmoquin impecable de Oscar.
Recorremos la pasarela con los pasos perfectamente sincronizados, como si hubiéramos ensayado este momento toda la vida.
Al llegar al final de la pasarela, el público estalla en aplausos y vítores. La alegría burbujea en mi interior y una sonrisa me aflora en los labios.
Me vuelvo hacia Oscar. Sus iris azules se han oscurecido, y siento un revoloteo nervioso en el estómago. Nos damos la vuelta para volver por la pasarela mientras Stella y Reynolds esperan al fondo para su turno.
—Nos vemos enseguida —digo al llegar a la parte de atrás del escenario.
Oscar se acerca rápidamente.
—Te espero aquí.
Abro los ojos de par en par mientras lo miro. Noto su mano, tensa e inmóvil, suspendida sobre el picaporte, interponiéndose entre la puerta y yo.
—Tienes que cambiarte.
Niega con la cabeza.
—Yo llevo el mismo esmoquin.
—Yo sí necesito cambiarme de vestido.
Un destello travieso le brilla en los ojos mientras bromea:
—Entonces, ¿estás intentando decidir con cuál de estos vestidos impresionantes quieres casarte conmigo? —Se encoge de hombros—. Sabes que no puedes resistirte a mí eternamente. Por eso me acosas.
Se me escapa una carcajada que resuena en las paredes.
—Bueno, eso depende de si es una gran ceremonia en la iglesia o algo informal en la playa —respondo con cara seria.
—Lo que tu corazón desee —dice. Su mirada es seria, intensa.
Esta vez dejo escapar una risa suave.
—Venga ya, sabes que tu madre jamás aprobaría otra cosa que no fuera una boda tradicional por la iglesia. Tu familia seguramente te desheredaría si tan siquiera sugirieras algo distinto.
—Que me repudiaran si con eso consiguiera no volver a hacerte daño jamás.
—Oscar...
Su mirada arde clavada en la mía, un tenso pulso silencioso. El único sonido en la habitación es el suave roce de la tela mientras ambos nos removemos incómodos. No sé si esta tensión entre nosotros es real o solo el resultado de ir vestidos de novios para este evento benéfico.
—Tenemos que hablar —dice justo cuando la puerta se abre y Neil, el organizador, grita mi nombre y me fulmina con la mirada.
—Sales en dos minutos. Quítate ese vestido —continúa. Nos echa un vistazo rápido a Oscar y a mí, y entrecierra los ojos con suspicacia.
La vergüenza me sube a las mejillas, que me arden.
—Por favor... —la voz de Oscar es un gruñido grave mientras fulmina a Neil con la mirada.
—Estoy haciendo mi trabajo, como debería hacer ella.
—Ella está haciendo esto gratis... por caridad. Deberías estar jodidamente agradecido, en vez de hablarle como si no valiera nada. Ahora dile «por favor».
—Está bien, Oscar.
—No lo está, Nadia. Nadie tiene derecho a hablarte como si fueras basura —gruñe. Lo que él no sabe es que este trabajo es igual que todos los demás que he tenido.
—Di «por favor» o hago que el resto de mi equipo se largue de este puto edificio ahora mismo. Ella vale más que cien como tú.
Trago saliva.
La puerta se abre con un crujido y aparece una chica de vibrante pelo rojo, que sale con gracia enfundada en un vestido de novia vaporoso. La expresión de Neil se torna incómoda cuando se da cuenta de que necesita que me cambie ya.
Oscar se gira y alza un dedo hacia su compañero de equipo.
—Espera.
—¿Qué haces? —protesta Neil.
—Solo tenías que decir «por favor» y por alguna razón te resulta jodidamente difícil.
—¿Qué pasa? —pregunta su compañero de equipo.
—Espera, Connor. Este pedazo de mierda se cree que puede hablarles a estas chicas como si...
—Pídele las cosas con educación —gruñe su compañero, Connor—. Se pone feo cuando se cabrea.
Neil traga saliva de forma audible.
—Lo siento. Nadia, ¿podrías cambiarte para el siguiente conjunto, por favor? —dice con voz cansada y derrotada.
—Por supuesto, Neil.
—No ha sido tan jodidamente difícil, ¿verdad?
Neil gruñe mientras se dirige al vestidor. Lo sigo y, cuando entro, sisea:
—Ese tío va a acabar con tu carrera.
—Es un amigo —respondo mientras me quito el vestido—. No lo he visto en cinco años, así que dudo que ese sea el problema, a menos, claro, que seas tú quien me está amenazando.
Se aleja murmurando algo entre dientes, apenas audible.
Sé que debería estar enfadada con Oscar, pero la verdad es que este mundo del modelaje es despiadado y es la primera vez que alguien me defiende, porque, siendo sincera, me da demasiado miedo hacerlo yo misma.
Con el pelo y el maquillaje impecablemente retocados, me dirijo sin prisa hacia la zona de espera. Echo un vistazo por la ventana buscando a Oscar, pero descubro que ya me está observando desde la puerta.
Cuando Neil grita mi nombre, me acerco rápidamente a Oscar y entrelazo mis dedos con los suyos.
—Lo siento —susurra—. No soporto que nadie te hable así.
—Tú lo hiciste una vez —respondo mientras nos colocamos al final de la pasarela.
—Y me he arrepentido cada día desde entonces —murmura.
Me vuelvo hacia él y lo observo un momento antes de admitir:
—Yo también.