Capítulo 5
Nadia
Una brisa fresca y cortante flota en el ambiente, mientras las luces titilantes de la ciudad añaden un toque de magia a la escena. Debería estar furiosa con Oscar. Hoy ha perdido los estribos dos veces. Pero en ambas ocasiones, ha sido para protegerme.
¿Cómo voy a enfadarme con él?
Sale corriendo del restaurante hacia mí y espero que se disculpe.
—¿Sería muy atrevido invitarte a mi casa y pedir algo para cenar?
Me gusta que no lo haya hecho.
—Sí —sonrío—. ¿Invitas a todas las chicas a tu casa sin besarlas antes, Oscar?
Me clava sus ojos azul pálido mientras dice:
—No beso... y nadie viene a casa conmigo.
Jadeo.
—¿No besas?
—No desde que tú...
El corazón se me acelera mientras lo miro con una mezcla de nervios y emoción.
Se inclina hacia mí y su aliento cálido me acaricia la piel.
—Ven a casa conmigo.
Un escalofrío me recorre la espalda y me estremezco.
—¿Y tus compañeros de equipo? Viven contigo.
Una sonrisa amplia le ilumina el rostro.
—Sabes mucho sobre mí.
Se me escapa una carcajada.
—Me lo contó mamá.
—Ah —dice—. Y yo que pensaba que me estabas acosando.
—Eso te lo dejo a ti —digo arqueando una ceja.
—Culpable —se encoge de hombros fingiendo derrota.
—¿De acosar o de vivir con tus compañeros de equipo?
—Sabes que te acoso.
Me río.
—Menos mal que no eres un psicópata.
Se ríe.
—Ya no. Me he reformado. Ah, y no vivo con nadie desde que Connor se mudó con Piper y Nate empezó a salir con Chloe, la hermana de Connor.
Asiento con la cabeza hecha un lío.
—Vale, iré contigo... —le guiño un ojo—. Pero solo a cenar.
Sonríe.
—Buena chica. Me alegra que estés dispuesta a darme una oportunidad.
—Solo vamos a cenar.
Avanza hacia mí, me agarra de los brazos y me hace retroceder paso a paso hasta que mi espalda choca con la pared.
—Antes quiero hacer algo —dice.
Sus manos suben lentamente por mis brazos, dejando un rastro de hormigueos, hasta que me acunan el rostro con suavidad. Nuestros ojos se encuentran y el tiempo parece detenerse unos segundos antes de que se incline y sus labios rocen los míos con delicadeza.
Es tan, tan suave.
Es como si quisiera aferrarse al momento, prolongar el recuerdo a toda costa. En cuanto nuestros ojos vuelven a encontrarse, me presiona las mejillas con los pulgares.
—Bésame —murmura—. Solo bésame.
Se queda en silencio, con la mirada clavada en mí, y me resulta imposible moverme.
—Solo te pido un beso. Quiero recordar lo que se siente cuando me besas. Cuando tu boca y tu lengua se encuentran con las mías...
—Entonces bésame...
Mi voz sale ronca y queda silenciada cuando estrella sus labios contra los míos.
Es tan apasionado que mi sexo palpita cuando su lengua se desliza por mis labios antes de abrirse paso en mi boca.
Este es el Oscar que recuerdo. Sus besos siempre me dejaban sin aliento y deseando más.
Nunca fue tierno ni pausado con sus besos, siempre reclamando lo que deseaba, y lo que desea ahora soy yo.
No solo es abrumador, sino también delicioso. Y con cada caricia de su lengua, cada vez que me succiona los labios, también siento los latidos de su corazón con su pecho pegado al mío.
Nunca esperé sentirme así.
Es como volver a casa.
Una mano se desliza desde mi rostro hasta mi nuca y me sostiene con firmeza, como si temiera que fuera a huir. Me atrae hacia él mientras su otra mano baja por mi brazo hasta posarse en mi cintura, y un escalofrío me recorre la espalda cuando noto su excitación.
Gimo en su boca al sentir el contacto mientras me froto contra él. Es tan lascivo. Y tan público. Nunca he sido tan atrevida en toda mi vida.
Cuando se aparta, sus ojos, antes de un azul vibrante, ahora están oscurecidos, casi negros, clavados en mí.
—Tenemos que irnos de aquí.
Asiento. Me agarra de la mano y salimos corriendo de nuestro escondite hasta el taxi que espera en la puerta del restaurante. Oscar abre la puerta de un tirón y me indica que entre.
Me sigue y, después de darle la dirección al conductor, se vuelve hacia mí. Antes de que me dé cuenta, me está cubriendo la mejilla y el cuello de besos ardientes.
—Eres mía —murmura contra mi cuello—. Siempre has sido mía.
Quiero volver a sentir sus labios sobre mí.
Nunca me di cuenta de cuánto echaba de menos besar.
Aunque yo no soy como Oscar. He besado a otros, pero Dominic ha sido el único hombre desde Oscar.
Nuestra relación era un secreto, algo más fácil de mantener porque yo vivo en Europa y él en Hollywood, lo que hacía que esos besos fueran escasos.
Sí, me visitaba de vez en cuando en distintas partes del mundo.
Pero la falta de visitas dejó claro que nunca fui una prioridad en su vida.
—Eres mía, Nadia. Dilo.
Su voz es tan grave que parece un gruñido.
Asiento rápidamente. Necesito que me bese así otra vez, tanto que le prometería cualquier cosa ahora mismo. Solo quiero volver a sentir sus labios en mi piel. Su boca en la mía.
—Buena chica —me susurra al oído—. Te recompensaré cuando lleguemos al apartamento.
Al escuchar la promesa, mi cuerpo reacciona: los músculos se me tensan y un gemido escapa de mis labios.
—¿Te gusta cómo suena eso? —pregunta mientras me roza el cuello con la nariz, y un sonido gutural le brota del pecho.
Asiento cuando el taxi se detiene. Él paga al conductor y me lleva adentro, y la puerta se cierra tras nosotros con un golpe seco.
—¿Cena o tu recompensa primero? —pregunta con una sonrisa pícara.
—Me gustan las recompensas —respondo juguetona.
Puedo hacerlo. Puedo acostarme con el hombre que me quitó la virginidad. También fue quien me rompió el corazón, pero he hecho las paces con el pasado y he decidido seguir adelante.
—Me alegro, porque quiero ser yo quien te las dé.
Oscar me toma de la mano y me lleva al dormitorio. Mientras lo sigo, la adrenalina me recorre el cuerpo y el corazón me late con fuerza.
Al entrar en la habitación, siento que sus brazos musculosos me rodean y me atraen hacia él, y sus labios encuentran los míos con una intensidad suave que me resulta extraña. Con los ojos cerrados, me dejo llevar por el momento, pierdo la noción del tiempo y me entrego a la experiencia.
Cuando por fin nos separamos, nuestras miradas se encuentran, y su sonrisa me asegura que todo irá bien.
—¿Sabes que siempre has sido tú?
—Pensé que me habías apartado —digo, recordando cuando dejamos de hablar, y por qué.
—Ese no era el plan —responde, y desvía la mirada un instante—. El plan era tenerte conmigo. Quitarte las ganas de ser modelo. Evitar que viajaras por el mundo.
—Seguiré viajando por el mundo, Oscar —le dejo claro que nuestras vidas no pueden cambiar por lo que está a punto de pasar—. Es mi trabajo. Y lo de esta noche solo puede ser dos personas disfrutando el uno del otro.
—Ya veremos —dice con picardía.
Me río.
—¿Te importa si me doy una ducha rápida? Todavía tengo autobronceador encima y lo odio —me paso el dedo por el brazo.
—Solo si puedo acompañarte.
—De acuerdo —sonrío—. Esa es tu recompensa.
Él sonríe mientras me agarra el bajo de la camiseta y la sube. Mis dedos van ansiosos hacia su camisa y se la desabrochan deprisa, dejando al descubierto su físico esculpido. Antes de darme cuenta, estamos semidesnudos en el baño.
Enciende la luz y se gira hacia mí; sus ojos me recorren el cuerpo hasta el sujetador y luego las bragas.
—¿Debería quitártelos yo?
—Tú primero. —Mis ojos le recorren el cuerpo hasta posarse en sus bóxers negros.
—El placer es todo mío.
Me sostiene la mirada mientras engancha un dedo en la cinturilla de los bóxers y se los baja por los muslos, unos muslos gruesos y duros.
¿Acabo de notarlo?
—Tu turno —dice con una sonrisa, y quiero seguirle el juego.
Con una mirada juguetona, me bajo lentamente el tirante del sujetador por el hombro y voy provocadora hacia el otro. Me encanta la anticipación en sus ojos.
—Más te vale darte prisa, preciosa, porque mi polla palpita por estar dentro de ti, sucia o limpia.
Le miro la polla. Es tan grande y dura. Mi coño la desea con ansias. Pero ha pasado tanto tiempo, y esta noche no pienso rechazarlo.
Me paso la lengua por el labio inferior, saboreando los restos del bálsamo que me puse antes de que él me lo quitara a besos.
—Quítame las bragas mientras me desabrocho el sujetador —digo.
Sonríe y, como era de esperar, me desliza las manos por las caderas, agarra el elástico con los dedos y me arranca las bragas de un tirón.
—Son mis bragas favoritas —resoplo.
—Te compraré más —dice sin remordimiento.
Me toma de la mano y se gira hacia la ducha humeante, y ahora no puedo apartar los ojos de su trasero. Y es un trasero perfecto… y la espalda… y los muslos… todo. Es pura perfección mientras camina.
Mientras abre la puerta de cristal, suelto:
—¡Eran tan bonitas y caras!
—Entonces te compraré diez pares —dice con voz ronca—. Eran bonitas. —Se le nota la diversión en la voz.
—Te tomaré la palabra.
En cuanto entramos en la ducha, cierra la mampara y el agua caliente nos envuelve al caer desde arriba.
Oscar coge el gel de ducha. El aroma fresco a sándalo y bergamota llena el aire cuando se echa un poco en la mano.
El brillo en sus ojos se intensifica mientras se acerca a mí, y me coge del brazo con una cálida sonrisa. Mientras me lava un brazo y luego el otro, su intensa mirada no flaquea y me tiene cautivada.
Gimo ante su tacto. Es lento y metódico, y cada caricia me envía descargas de electricidad al centro del cuerpo. No es el agua lo que me moja. Sé que mi coño está húmedo por él.
¿Qué me está haciendo?
Mis ojos se fijan en su pecho cincelado y musculoso, que se flexiona cada vez que me pasa las manos por la piel. Mi mirada baja hasta su abdomen duro y hasta la deliciosa V que apunta a su polla hinchada.
Es hipnotizante.
Mientras mis ojos vagan por su cuerpo esculpido, finalmente se posan en sus labios entreabiertos. De repente, el roce de sus dedos en el pezón me devuelve a la realidad, y me doy cuenta de que ha notado que lo devoraba con la mirada.
Se me cierran los ojos con un aleteo y gimo mientras sus dedos siguen jugando con mis tetas.
—Mírame a los ojos. —Su tono es salvaje, y cuando lo miro, sus iris oscurecidos me sostienen la mirada.
Observo cómo una de sus manos se aleja de mí, y la curiosidad me arrastra a seguirla con la mirada. Ver cómo se acaricia perezosamente la polla hinchada hace que abra los ojos con incredulidad.
—¿Quieres que te toque? —pregunta al ver que me llevo los dedos entre las piernas—. ¿Quieres que te recompense?
—Mm. —El murmullo apenas audible acompaña mi aguda percepción de cada movimiento de su polla. Mis dedos se sincronizan con su mano y encienden un anhelo en mi interior mientras imagino la conexión íntima que una vez compartimos.
—Mírame —gruñe de nuevo.
Dirijo la mirada hacia él de inmediato y nuestros ojos se encuentran al instante.
—¿Quieres que te toque? —repite.
—Sí, yo...
Con un beso feroz, me roba las palabras de la boca y me deja muda de asombro.
Mi coño palpita cuando su lengua se desliza en mi boca. El corazón se me acelera mientras sus manos me agarran con fuerza las nalgas, me levantan y me presionan contra la pared resbaladiza.
Le rodeo las caderas con las piernas y froto mi coño contra la parte inferior de su polla, dura como el acero.
Gimo, necesito mucho más. Bajo la mano y siento la fuerza de su polla palpitante, la guío hacia mi humedad. Mientras empujamos y presionamos el uno contra el otro, siento el primer centímetro dentro de mí, cálido y pulsante.
Ha pasado demasiado tiempo, y ha sido Oscar quien ha despertado el hambre que creía muerta.
Gemimos a la vez en la boca del otro mientras otro centímetro se desliza dentro de mí.
Entonces me quedo quieta y jadeo:
—Necesitamos un condón.
—Eres la única persona dentro de la que me he corrido. La única con la que he estado sin condón.
—¿En serio?
Todo mi cuerpo se enciende ante la idea de que Oscar solo quiera hacer esto conmigo.
—Yo también.
Ojalá pudiera decirle que fue solo por él, y no porque hasta hace poco Dominic nunca quiso tener hijos y no estaba dispuesto a arriesgarse sin condón. Y como resultó ser un cabrón infiel, me alegro de eso.
—¿Estamos bien? —pregunta.
Asiento.
—Estoy tomando la píldora.
Gruñe y me aprieta el trasero con más fuerza mientras se hunde dentro de mí.