Capítulo 17 #2
—¿Ocupado haciendo qué?
—Buscando a…
Carl dio un respingo y se giró para mirar a Leo, que lo observaba con la cabeza ladeada.
—¡Ahí estás!
Al acercarse a él, tropezó con una raíz que sobresalía, pero logró mantener el equilibrio, llegar al niño sin más percance y envolverlo en un abrazo.
—Me tenías preocupado. Pensaba que te había entrado pánico escénico.
—Es que me ha entrado pánico escénico.
—Vale, pues vuelvo a estar preocupado.
—He vomitado en el baño. Puede que vaya a vomitar otra vez.
—¿Por qué no me has avisado? Podría…
—¿Haberme ayudado a vomitar?
Carl hizo una mueca.
—Preparado una toalla húmeda o algo así. —Carl le dio unas palmaditas en los hombros—. Siento que estés nervioso. Si no quieres subir al escenario y…
—Quiero. Y lo haré.
Cómo incidió en ese «lo haré». La determinación en su voz… Carl lo admiró mucho en esos momentos; le revolvió el pelo.
—¿Estás canalizando un poco del valor de Jason Lyall?
—No. Estoy canalizando el valor de Carl.
De repente, Carl se sintió calentito por dentro.
—Yo no soy tan valiente.
—Nos has defendido a mi madre y a mí desde el principio. Si puedo llegar a ser un poco como tú, seré feliz. Eres mi héroe.
A Carl se le hizo un nudo en la garganta y el pecho se le contrajo. Se inclinó para abrazarlo otra vez.
—¡No más abrazos! —le advirtió Leo—. Que de verdad creo que voy a volver a vomitar.
Ambos se rieron y Carl lo acompañó al interior.
Nada más entrar, se encontraron con otro drama: justo al lado del mostrador que separaba la cocina del vestíbulo, donde descansaban varias bandejas de cupcakes, las tres brujas hablaban —todas a la vez— con un policía mientras los bullies de sus hijos permanecían contra la pared.
Las madres estaban furiosas —y los niños, y el policía— y suplicaban a voces que les permitieran quedarse al menos hasta que terminara el evento.
—Tiene que entenderlo, no podemos ir a la comisaría ahora. Esto no saldrá adelante sin nosotras.
—Pues háblenlo con sus hijos, es su culpa. Vamos.
Una de las dos madres implicadas se giró hacia la tercera:
—Tendrás que hacer de presentadora.
Los chicos se abalanzaron sobre ellas.
—¡Por favor! ¡No teníamos mala intención! Íbamos a devolver la bici luego.
El policía le dijo a su compañero por el walkie que entrara y después les ordenó a los chicos:
—Venga, marchando.
—¡Nooo!
Los bullies forcejearon, desesperados por liberarse, las brujas trataron de sujetarlos y terminaron tropezando. Fue como ver caer una fila de fichas de dominó, una sobre otra y sobre otra, hasta que… Carl contuvo el aliento… ¡Los cupcakes!
Al chocar contra el mostrador, algunos salieron despedidos y aterrizaron en la cara y en la impecable camisa blanca de la tercera bruja, que chilló y, tratando de quitarse la crema verde de encima, se embadurnó aún más.
—¡Mirad lo que habéis hecho! ¿Cómo voy a salir ahora al escenario?
—Corre a casa y dúchate…
—El espectáculo empieza ya. La única persona que queda es…
Las brujas se miraron, horrorizadas.
Las puertas del vestíbulo se abrieron de par en par en esos momentos y Sage apareció como si hubiera sido invocada. Se quedó inmóvil contemplando la escena ante ella. Parpadeó varias veces ante toda esa gente a sus pies y Carl notó cómo hacía un esfuerzo para no sonreír.
—¿Estáis bien? —preguntó, tendiendo la mano para ayudar a levantarse a la bruja cubierta de verde.
—Tendrás que encargarte tú del concurso —dijo una de las madres, la tensión evidente en su voz—. Y nuestros hijos tampoco actuarán, así que tendrás que buscar a alguien que los sustituya.
Una de las brujas se giró hacia Carl.
—Tú podrías…
Carl abrió mucho los ojos y Sage se colocó delante de él.
—Me ocuparé de que todo salga bien. Yo me encargo.
Le hizo un gesto al policía, que asintió y escoltó a madres e hijos hacia la salida. La última bruja pisó un cupcake de los que había desparramados por el suelo y salió bufando tras ellos.
Cuando ya no podían verlo, Leo les sacó la lengua.
—A estas mejor no les contamos nunca la verdad —dijo Carl.
—Me parece bien. Tocaré en el turno que han dejado libre. Eso te dará unos minutos más para encontrar otra actuación —le dijo Leo a su madre.
Sage recogió los cupcakes aplastados y Carl se apresuró a ayudarla.
—Hemos perdido ocho —contó—. Pero gracias a que hiciste una docena extra, todavía tenemos de sobra.
—Tengo que entrar ya.
—Ve. Y no te preocupes. Tengo una idea.
Sage sonrió y se fue dando brinquitos, y, mientras Leo se preparaba para salir al escenario, Carl hizo una llamada.
Carl se quedó en un lateral del salón de actos y aplaudió con entusiasmo hacia el escenario iluminado con luces de neón, donde Leo acababa de tocar una alegre pieza y daba las gracias a su público con una reverencia.
—¡Otra, otra…! —canturreó Carl, aplaudiendo con más fuerza.
Leo se bajó del escenario y fue corriendo hacia él, casi sin aliento.
—¡Lo he hecho bien!
—¡Lo has hecho genial! Estás hecho todo un Liszt.
—¿Sabes quién es Liszt?
—¿Un señor que siempre estaba… liszto para tocar el piano?
Leo suspiró y le dio unas palmaditas en la espalda.
—No sé cómo lograste llegar a engañarnos…
Sage salió al escenario y se metió al público en el bolsillo con un par de frases ingeniosas, antes de mirar hacia un lateral, donde aguardaba entre bastidores la persona que sustituiría a los abusones.
Carl sonrió de oreja a oreja y le pasó a Leo un brazo por los hombros.
—Verás qué miedo da la siguiente actuación.
Sage dejó el micrófono, la música empezó a sonar por los altavoces y, por segunda vez aquel día, Grayson se hizo visible.
La primera había sido al llegar, pero todo había ocurrido como en un torbellino fugaz de prisas y correcorre, y no había tenido apenas tiempo para asimilarlo; pero en esos momentos…
En esos momentos tenía una panorámica perfecta y solo verlo le cortó la respiración.
Con unos zapatos plateados relucientes, la chaqueta de Jason que el viento había llevado hasta él y la bufanda de ratoncitos que brillaba bajo los focos, Grayson empezó a bailar claqué por el escenario.
El corazón de Carl iba al ritmo de su zapateo, de la confianza que emanaba, que era hipnótica. Era precisión y elegancia, clap, clap, clap; giraba, daba vueltas, clap, clap, clap. Grayson bailaba como si fuera… feliz. Como si tuviera el corazón lleno.
Como si sintiera que el de Carl latía de la misma forma.
Sus miradas se encontraron y, aun en el escenario, el brillo de aquellos ojos oscuros era evidente.
Carl nunca se cansaría de mirarlo, lo observaba ensimismado.
Cuando terminaron, cuando todos los participantes subieron de nuevo al escenario para una reverencia final, Carl se escabulló del salón de actos y fue a por los cupcakes; pero se detuvo ante las fotos colgadas en la pared que aquel día se le habían clavado en la espalda, en una de ellas en concreto.
Recorrió con los dedos los rostros hasta detenerse en uno que tenía la misma sonrisa que Grayson.
Se acercó un poco más y susurró contra el marco, como si la madre de Grayson pudiera oírlo:
—Me gusta mucho su hijo, señora Woods. La palabra «gustar» se queda corta, de hecho. Pero no lo digo muy alto por si acaso, porque como me oiga, con ese ego que tiene…
Una risa le acarició la nuca con calidez y unas manos más cálidas aún lo agarraron por la cintura y lo hicieron girarse hasta que la sonrisa más deslumbrante del mundo se posó sobre él.
—Has salido corriendo desesperado detrás de mí, ¿eh?
—¿Detrás de ti, dices? Vengo muerto de hambre del vuelo, mi objetivo son los cupcakes.
Carl llevó una mano a la suave bufanda de ratones y atrajo a Grayson hacia él.
Sus narices se rozaron; la respiraciones de ambos salieron entrecortadas.
Se suponía que Carl debía controlarse, tener esa conversación más tarde, después del evento y, desde luego, no en el momento en que había que repartir los cupcakes a los asistentes.
Pero Grayson estaba allí, con él, lo tenía justo delante, con los zapatos brillantes y los ojos todavía más brillantes. No pudo contenerse.
Pegó los labios a los suyos y, notando un estremecimiento por todo el cuerpo, susurró contra su boca:
—No se me han quitado las ganas de ti. Y no quiero que se me quiten.
Los ojos oscuros de Grayson ardían, fijos en los suyos. Apretó los brazos en torno a su cintura, como tratando de asegurarse de que no volviera a salir corriendo.
—He estado pensando en ello… —siguió hablando Carl, tirándole de la bufanda—. En cómo se ha ido forjando lo nuestro. Esta bufanda, sin ir más lejos… —Sonrió al fijar la vista en los ratoncitos—. Aquella noche estabas enfermo y, aun así, me la diste para que yo no pasara frío.
—Te gustó mi caballerosidad.
—Me gustó el estampado.
Grayson alzó una ceja.
—En serio. Un hombre al que le gustan los ratones… —Carl contempló el afecto en los ojos de Grayson—. No sé, tiene que ser muy buena persona. La mejor persona.
Grayson tragó saliva con dificultad, como si la voz se le hubiera quedado atrapada en un punto entre la garganta y ese corazón que le latía con fuerza. Carl deslizó los dedos por la línea de su cuello y sonrió.
Grayson lo besó.