Capítulo 17
Capítulo Diecisiete
Lo iba a confesar todo.
Llevaba medio día y una noche entera viajando de vuelta a Wellington y era muy temprano, pero tenía que decir la verdad.
Lo primero, sin embargo, era ver a Grayson. No podía esperar más.
Se secó el pelo, aún húmedo de la ducha, y abrió el armario de Jason. Su mirada bailó por los trajes entallados y las camisas ajustadas de su hermano hasta posarse en su maleta, que todavía no había deshecho y había metido allí tal cual.
Se puso unos vaqueros cómodos y una camisa de franela con capucha más cómoda aún y, adentrándose en la fría mañana, siguió la hilera de farolas encendidas hasta Arcoíris.
Se vio reflejado en el cristal del escaparate, enderezó los hombros y asintió, tratando de armarse de valor.
La camisa de cuadros rojos y negros, los vaqueros gastados, las deportivas. Perfecto. Era él en estado puro.
Llamó a la puerta y el corazón le empezó a martillear como loco cuando una silueta se movió tras el cristal empañado. La puerta se abrió, una bocanada de aire frío se coló en la panadería y ante él apareció…
Sage. Con delantal, redecilla y harina en la mejilla. Sonrió, feliz de verlo.
—Qué madrugador. Pasa.
Carl entró, empapándose del aroma a pan recién hecho, y recorrió la cocina con la mirada.
—¿No trabaja hoy Grayson?
Sage rodeó el mostrador y se dirigió a la cafetera.
—Aaah, que has venido a verlo a él. —La sonrisa se hizo más grande—. Poppy nunca tuvo nada que hacer, ¿eh? —No se le escapaba una, para que luego dijeran—. Hoy no va a venir. De hecho, no sé cuándo va a volver.
Carl clavó los ojos en ella; Sage deslizó una taza por el mostrador hacia él.
—Anoche vino a despedirse. Dijo que tenía que irse, que era importante.
A Carl se le cortó la respiración y una descarga eléctrica le recorrió todo el cuerpo. Que tenía que irse…
«No se te han quitado las ganas, ¿verdad? Sigues sintiendo lo mismo», recordó que le había dicho en su casa. «¿Y si… no quiero que se te quiten?».
Se sacó el móvil del bolsillo a toda prisa e intentó llamarlo. No daba señal. Tal vez lo tenía en modo avión. O sin batería después de un vuelo a Tasmania y el camino hasta Earnest Point.
¿Se habrían cruzado en el aeropuerto sin saberlo?
—¿Estás bien? —preguntó Sage, observándolo mientras caminaba de un lado para otro, inquieto.
Carl soltó una carcajada.
—Grayson me hace tremendamente feliz.
—Así que te has unido a su club de admiradores…
Se le escapó otra risa, le vino de muy adentro.
—Sí, ahora soy el presidente.
—¿No te preocupa que te rechace? ¿Que te rompa el corazón?
—Fue el quien me lo arregló. Si quiere romperlo, solo él puede hacerlo.
—¿Y por qué estás tan contento de que se haya ido?
Carl dejó de pasearse y se centró en Sage, que lo miraba con curiosidad, intentando encajar las piezas. Pero le faltaban unas cuantas; piezas que Carl le debía. Se sentó en un taburete y rodeó la taza caliente con ambas manos, nervioso.
—Estoy contento porque sé a dónde ha ido.
—¿Sí? ¿A dónde?
—A un pueblecito de Tasmania.
—¿Grayson está en Oz?
Otra descarga eléctrica, de pura euforia, lo sacudió de pies a cabeza. Asintió.
—¿Y qué hace allí?
Carl soltó la respiración, tratando de relajarse, y la miró a los ojos.
—Ha ido porque… allí es donde vivo yo.
—¿Tú vives en Oz? Pensaba que vivías aquí, a la vuelta de la esquina.
El ceño fruncido de Sage lo hizo sentir muy muy culpable.
—El que vive a la vuelta de la esquina es mi gemelo, Jason.
—¿Qué? —A Sage se le resbaló la taza de las manos y se formó un charquito de café entre ellos—. ¿No eres Jason Lyall?
Carl bajó la cabeza.
—Soy su hermano. Su gemelo malvado. Le robé la identidad y os engañé a todos.
Sage guardó silencio unos instantes. A Carl le dio un vuelco el estómago.
—Lo siento.
Sage se rio e intentó que su risa sonara ligera y despreocupada, pero se percibía el vacío que emanaba, el dolor.
—Fui demasiado tonta para darme cuenta, ¿no?
Él negó con la cabeza.
—No me gusta que te llames tonta. Odio a cada persona que alguna vez lo haya siquiera insinuado. Pero mucho, ¿eh? Ese es el motivo por el que me hice pasar por Jason, para plantar cara a esas puñeteras madres.
Sage se quedó mirándolo.
Carl continuó explicándose, las palabras le salían atropelladas:
—No me gustaba que te criticaran, ni que se burlaran, porque sé lo que es que te menosprecien, porque lo he vivido.
Y… solo quería demostrarles que se equivocaban.
Quería que conocieras al famoso Jason. Y yo también quería ser él.
Fingir que podía ser como él. —Carl cerró los ojos con fuerza—.
Puede que tú y yo no tengamos estudios universitarios, ni sepamos todos los acontecimientos históricos habidos y por haber, puede que nos cuesten los acertijos…
, pero estamos llenos de color y de curiosidad.
Somos buenas personas. Y eso es lo que más valoran quienes nos quieren.
Al abrir los ojos, vio que Sage se limpiaba una lágrima de los suyos.
—Sé que ahora mismo debería estar muy enfadada contigo, pero solo estoy un poco molesta, la verdad.
Porque es eso, justo lo que acabas de decir.
Muchas veces me siento inferior que el resto; la típica rubia tonta con la cabeza llena de pájaros.
Y que me digan esas cosas termina afectándome, mucho, y no me debería importar.
No pienso dejar que me afecte. Ser buena persona es lo más importante, y por eso…
Por eso te perdono, gemelo malvado de Jason Lyall.
Has mentido, sí, pero lo hiciste porque estabas dolido y porque querías ayudar.
Carl tragó saliva.
—Me llamo Carl Birch. Tengo una tienda de alimentación en un pequeño pueblo de Tasmania.
Sage se inclinó hacia él.
—Encantada de conocerte, Carl.
Carl le estrechó la mano y ella tiró de él, haciendo que se doblara por encima del mostrador.
—¿Y por qué está Grayson en tu pueblo? —le preguntó con los ojos llenos de curiosidad—. ¿Desde cuándo hablar de él te hace poner esa sonrisa de bobalicón? Dame detalles. Todos los detalles, por favor.
Carl soltó una carcajada. Sage era la típica amiga cotilla que le encantaba tener en su vida. Así que se inclinó hacia ella… y se lo contó todo.
—Estás en Wellington —la voz de Grayson retumbó al otro lado de la línea.
Tras un día entero intentándolo sin parar, por fin había conseguido hablar con él.
—Me dejé algo aquí —dijo, reclinado en una de las sillas del porche, observando la lavanda del jardín bajo la luz de la luna.
—¿Algo importante?
—Algo sin lo que no quiero vivir.
Desde el otro lado le llegó la respiración entrecortada de Grayson.
—¿Mi belleza?
Carl le dio un golpecito con el pie a una espiga de lavanda y sonrió.
—Y parte de tu personalidad. Una pequeñita.
Grayson se rio.
—Has ido a Earnest Point —le dijo Carl en voz baja.
—Me mandaste un mensaje diciendo que querías atraparme y no soltarme nunca.
Carl se sonrojó, se hundió un poco más en la silla y alzó la vista, mirando hacia el cielo nocturno, el mismo que quizá Grayson también estaría mirando.
—Tuve un sueño bastante exasperante.
—Pues me alegro. Me hizo reservar un vuelo al instante. Quería que supieras, que vieras, que sintieras que… ya me habías atrapado.
Carl tragó saliva.
—Los dos hemos salido corriendo tras el otro… Eso ya lo dice todo, ¿no?
—Sí, aunque deberíamos hablarlo.
—Sí. Y…
—¿Y?
—Hablémoslo cara a cara.
El día del concurso de talentos llegó y Carl estaba que se subía por las paredes de los nervios.
Estaba ayudando a Sage en la cocina, colocando los cupcakes de glaseado verde en las bandejas.
Le había prometido que cuando ella fuera a encargarse de todo al salón principal, él apoyaría a Leo en el escenario; aunque, en esos momentos, lo único en lo que podía pensar era en que Grayson ya había aterrizado y que estaba de camino a casa en un Uber.
Por fin. Los días separados se le habían hecho eternos.
Hervía en expectación y se había dedicado a dar muchos paseos en bici —con su inseparable Toto— para tratar de calmar los nervios.
Esa mañana había ido hasta Houghton Bay y se había quedado embobado mirando al mar e imaginando a Grayson saliendo de él entre destellos brillantes y gotas de agua.
Luego había cerrado los ojos y se lo había imaginado en su casa de Earnest Point, donde se había quedado mientras esperaba la conexión de vuelos que lo llevara a Wellington.
Esperaba que hubiera estado cómodo, que hubiera preparado algo en su cocina, dormido en su cama, cotilleado en sus cajones…
—¿Holaaa? Tierra llamando a Carl. ¿Hay alguien en casa?
Carl suspiró.
—Pronto. Muy pronto.
Sage se rio entre dientes. La gente empezaba a ocupar sus asientos; el espectáculo empezaría en cinco minutos.
—Leo sale en quince —le recordó—. Después de que los hijos de las brujas presuman de sus talentos.
Carl levantó los dos pulgares en el gesto universal de «todo controlado» y, en cuanto ella se fue, entró en pánico. Buscó en el vestíbulo, en el patio exterior y en los jardines junto a la verja de entrada.
—Leo, ¿dónde estás?
Unas risitas a su espalda hicieron que se girara para ver a dos de los hijos de las brujas bajando de una reluciente bicicleta eléctrica. Ambos sonreían con suficiencia.
—Seguro que se estaba cagando de miedo y se ha ido a llorar a algún rincón —soltó uno.
Linda, con su pelo blanco y un chal dorado sobre los hombros, cruzó entonces la verja acompañada de unas amigas. Miró a los chicos, luego a Carl, a quien dedicó un asentimiento cómplice, y, dirigiéndose a los abusones, dijo:
—Hoy recibiréis lo que os merecéis.
Uno de los bullies bufó. Carl le dijo a Linda que disfrutara del concurso y ella entró en el vestíbulo justo cuando una de las brujas salía y, con una sonrisa tensa, anunciaba:
—Talentos, vamos, colocaos detrás del telón.
«¡No, no, no! Leo, ¿dónde estás?».
Dios, lo que daría porque Grayson apareciera en esos momentos. Él sabría dónde buscarlo; no estaría tan perdido como él.
—¿Carl?
—Ahora no, estoy ocupado —contestó, con prisas, mientras se asomaba por un lado del enorme tronco de un árbol.