Capricornio encara a Escorpio Capítulo 16
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Capítulo 16

Capítulo Dieciséis

El beso en la cabeza fue como un escudo. Se le metió bajo la piel, se le coló en las venas y le hormigueó por dentro; fue como beberse una poción de valentía. Le dio fuerzas.

Voló a Melbourne, luego a Tassie, y después cogió un autobús a Earnest Point hasta llegar al bonito escenario que una vez le había descrito a Grayson: un cielo soleado sobre casitas de campo y jardines de colores, con hojas en los tonos del otoño cayendo despacio de los árboles.

Era incluso más bonito de lo que recordaba y, salvo por la tormenta de ansiedad que se había desencadenado en su tripa —y en su corazón—, no se le ocurría un lugar más agradable.

Una ráfaga de aire cruzó la plaza haciendo que el agua de la fuente viajara con el viento y le azotara la cara. Se rio; no era la primera vez que le pasaba. Aquello sí que era una bienvenida en condiciones.

Se secó la cara con la manga, aún riéndose, hasta que vislumbró a Cora, inconfundible en su habitual chaqueta roja, cruzando la calle.

Entonces ella se detuvo, la bufanda ondeándole alrededor del cuello, una colorida revista apretada contra el pecho y esos ojos en los que Carl había mirado un millón de veces clavados en los suyos. En esa ocasión, los de ella estaban llenos de lágrimas.

Pasaron diez segundos, veinte. Ninguno parecía poder moverse.

«Confío en ti».

Carl tragó saliva y dio un primer y vacilante paso hacia ella.

Hablaron durante mucho tiempo, hasta que el aire se volvió frío y sus abrazos empezaron a servir de parapeto contra el viento.

Aquella era una conversación que Carl había temido y evitado durante mucho tiempo; palabras de las que llevaba tiempo huyendo.

Una sola conversación y todo cambió entre ellos de forma radical.

Lo que tardaron en confesarse y decirse varias verdades les sirvió como base para un nuevo vínculo.

Carl dijo «mamá» un par de veces, y Cora rompió a llorar cada una de ellas.

—Patricia es tu verdadera madre. Ella te crio —le dijo.

—Ya. Pero concédemelo aunque sea esta vez, ¿vale? Llevo años queriendo llamarte así.

—Yo llevo años queriendo oírlo.

Cora lo abrazó con intensidad. La revista se le cayó y aterrizó en el regazo de Carl, que se quedó inmóvil unos segundos mientras ella le regaba la coronilla de pequeños besos llenos de ternura. Luego la estrechó con fuerza entre sus brazos. Con mucha fuerza. No quería soltarla.

Cora se rio entre lágrimas y se apartó un poco, limpiándose el rímel de las comisuras de los ojos con el dorso de la mano.

—Siempre pensé que los horóscopos eran una tontería, algo divertido para pasar el rato.

Nunca imaginé que pudieran acertar tanto.

—Le dio un toquecito con el dedo a la revista que descansaba en el regazo de Carl—.

El de hoy decía que iba a pasarme algo maravilloso.

Algo que atesoraría el resto de mi vida.

—Se le escapó otra risa, aunque las lágrimas seguían cayéndole por las mejillas—.

Mis dos hijos me han reconocido como su madre. Me han perdonado.

«Hijos».

Carl cerró los ojos ante la ola de calor que le golpeó el pecho. Era casi demasiado. Y entonces sintió el recuerdo fantasma de la mano de Grayson en la suya mientras ensayaban la conversación que acababa de tener.

—Tú y yo tenemos muchas cosas en común.

Cogió la revista, la hojeó y leyó en voz alta el horóscopo que ella acababa de mencionar, mirándola de soslayo de vez en cuando, empapándose de su rostro radiante y risueño.

—¿Ves? Ha dado en el clavo. ¿Qué dice el tuyo?

Carl le echó un vistazo al suyo, asintió y cerró la revista de golpe.

—¿Qué dice? —preguntó Cora, arrebatándole la revista—. ¿También ha acertado?

Como si lo hubieran escrito pensando en él.

—Cien por cien veraz. Integridad periodística a tope. Ya sé lo que tengo que hacer.

—¿Hablar con Pete? —preguntó Cora—. ¿Ya lo has visto?

Carl negó con la cabeza.

—Pues hablando del rey de Roma… —dijo ella mirando por encima del hombro de Carl, que contuvo el aliento antes de girarse.

Pete y Nick estaban rodeando la fuente, de la mano; cuando Pete lo vio, le dijo algo a su prometido en voz baja y se acercó a Carl.

Cora le dio un beso rápido en la mejilla antes de levantarse.

—Será mejor que os deje.

Pete llevaba vaqueros y una sonrisa tensa pegada a los labios; Carl había visto esa sonrisa solo una o dos veces desde que lo conocía y venía a significar, más o menos, que si tuviera la proverbial casa de perro a mano, lo mandaría a dormir allí castigado.

Carl se tensó, pero no se levantó del banco; no hizo falta, Pete se dejó caer en el otro extremo, dejando bastante distancia entre ambos.

Algo que, un año atrás, habría hecho que se le revolviera el estómago.

Sin embargo, en ese momento, no le molestaba en absoluto.

De hecho, hubiera aceptado más espacio aún.

Pete lo recorrió con la mirada, estudiándolo.

—Tienes una pinta horrible.

—He venido directo del aeropuerto.

Pete bajó la vista hasta dejarla unos segundos fija en la maleta de Carl y asintió con sequedad.

—Ya me parecía que estabas raro estas últimas semanas. No entendía tu repentina fascinación con el sargento. Resulta que ni siquiera eras tú.

Carl desearía —con todas sus fuerzas, además— haber ensayado con Grayson la conversación que estaba a punto de tener. Tragó saliva y se pasó la mano por el pelo.

—¿Por qué? —preguntó Pete.

No hizo falta ensayo, las palabras se le escaparon sin que pudiera contenerlas:

—Porque estaba fingiendo, porque te hacía creer que no me dolía cada vez que os veía juntos. Pero, por aquel entonces, lo hacía. Y no podía soportar la idea de ser tu padrino, así que…

—¿Se te ocurrió la descabellada idea de que tu hermano se hiciera pasar por ti?

—En ese momento me pareció un buen plan.

—¿Por qué no me dijiste que era demasiado, que no podías?

Carl se quedó callado unos segundos. Frunció el ceño y alzó la vista, despacio.

—¿Y por qué no te diste cuenta tú?

La decepción en los ojos de Pete se transformó en otra cosa, en inseguridad. Miró hacia otro lado y tragó saliva con dificultad.

—Tienes razón. Debería haberlo sabido. —Frunció el ceño—. Estaba tan perdido en Nick que… actué de forma egoísta.

—Sí, lo hiciste; y yo fui un idiota. Siento haberte mentido, Pete.

Tras unos segundos de silencio, Pete le preguntó en voz baja:

—¿Te rompí mucho el corazón?

A Carl le escocía la garganta, pero logró contestar:

—Al principio estaba hecho añicos. Creí que sería imposible de reparar.

—¿Al principio?

—Durante estas últimas semanas he tenido muchas conversaciones. Muchas. Y cada una de ellas ha ido recomponiéndolo poco a poco. No solo recomponiéndolo, sino haciéndolo más fuerte. Ahora late con más fuerza que nunca.

Pete lo observó en silencio.

Carl llevaba un rato pensando en cada una de esas conversaciones; y no se había dado cuenta de que estaba sonriendo hasta que se llevó una mano a los labios y los notó curvados hacia arriba. Su sonrisa se hizo más grande.

—¿Y esa sonrisa por quién es? —le preguntó Pete.

Carl lo miró y se rio. Luego se levantó, cogió su maleta y empezó a andar.

Carl pasó la noche en su casa y no paró de soñar con Grayson; lo veía vestido de gris, mirándolo con sus ojos intensos y oscuros.

Y corría hacia él, todo el rato; pero cuando estaba a punto de alcanzarlo, ¡puf!

, el tío desaparecía. Y era de lo más frustrante.

Estaba tan cerca de atraparlo, casi podía tocar el placer con las puntas de los dedos…

Pero lo cierto era que parecía que el Grayson de sus sueños le estaba tomando el pelo.

Incluso le pareció ver cómo sonreía cada vez que estaba a punto de pillarlo y atrapar su cuerpo contra el suelo…

Carl se despertó maldiciendo al escorpio que le había puesto el mundo patas arriba. Grayson tendría que asumir la responsabilidad por la que había liado.

Así que le envió un mensaje de texto diciéndole precisamente eso.

Pero no fue suficiente. Tenía otra cosa que hacer.

Encontró su fiel bicicleta, hinchó las ruedas desinfladas y salió disparado hacia el pueblo. Al llegar al centro, ya con su tiendecita a la vista, un familiar y escalofriante «¡ey!» lo hizo frenar de golpe, chirrido de ruedas y derrape incluidos.

«Mierda, mierda». No llevaba en el pueblo ni veinticuatro horas y ya había despertado la ira del sargento Owen.

—¿Qué he hecho ahora?

Owen se cruzó de brazos.

—Veo que has vuelto.

—¿Y vas a ponerme una multa? ¿No cuenta para nada que te hayas enamorado de mi gemelo? —Carl miró a su alrededor, tratando de averiguar qué había hecho mal.

Owen le dio unos golpecitos en el casco con los nudillos.

—Te he parado porque me he quedado de piedra. Llevas casco.

Carl se bajó de la bici, la apoyó en un soporte cercano y se quitó a Toto. Le había sorprendido ver el casco rojo de Grayson en la maleta entre su equipaje. No solo le había sorprendido, también le había aterrado. ¿Se lo había dado como regalo de despedida? Por si Carl…

Se apretó el casco contra el pecho y lo sujetó como si fuera uno de esos corazones de atrezo que saltan y saltan, y él tratara de contenerlo.

Por eso había salido disparado hacia allí, necesitaba ver a Jason; contarle que había corrido alguna aventurilla que otra en Wellington.

Pedirle que le diera el visto bueno. Y decirle que iba a volver.

A ver, lo mejor hubiera sido presentarse la noche anterior en casa de su vecino Owen y haber hablado con su hermano nada más llegar; de haberlo hecho, ya estaría de camino a Wellington.

Pero… el sargento Owen podía ser muy intimidante.

Carl los había visto entrando en casa juntos, abrazados, y había decidido que la decisión más sabia era no interrumpirlos.

Pero ahora el vecino en cuestión, el policía del pueblo, su futuro cuñado, con toda probabilidad, seguía hablando:

—… Gracias.

—¿Qué?

Owen lo miró y parpadeó.

—Vale, no has cambiado tanto. Te estaba dando las gracias.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Por ser un idiota y hacerme el hombre más feliz del mundo en el proceso. Tu hermano es… —La sonrisa de Owen era deslumbrante—. Es increíble.

—¿Sí?

—Es mi todo.

Carl estaba desconcertado. No estaba acostumbrado a ver al sargento Owen sin el ceño fruncido y una reprimenda en los labios. Pero si eso significaba menos multas en el futuro y que Jason había encontrado el amor y era feliz…

Sonrió y asintió.

Owen negó con la cabeza.

—Anda, vete.

Carl salió disparado hacia su tienda.