Capítulo 15 #2
Carl lo besó antes de decir:
—El placer no me avergüenza, me gusta expresarlo.
—Recuerdo que una vez dijiste que estabas a favor del exhibicionismo.
—¡No era por ti, estaba hablando por teléfono!
—Si tú lo dices…
Carl le dio un pequeño manotazo en la parte de atrás de la cabeza y volvió a gemir cuando Grayson hizo aquel movimiento suyo de caderas. Entonces alzó la cara y lo besó de nuevo, con intensidad.
—Eres inaguantable.
Grayson se rio; el brillo de sus ojos se tornó travieso, diabólico, y, de pronto, unos dedos fríos y húmedos se deslizaron en su interior.
Y no fue solo Carl quien gimió ante el contacto, un jadeo se escapó de lo más profundo de la garganta de ambos, vibrando entre sus labios juntos y entreabiertos.
Grayson le rodeó la erección con la mano, cubriéndolo con más lubricante, logrando que cada caricia le erizara la piel y que se aferrara a él con más fuerza: a sus brazos, a los hombros, a su pelo…
Hacía tanto que no tenía algo así… ¿Lo había tenido alguna vez? Sexo cómodo, natural y tan tan intenso… Era… Necesitaba…
Grayson entendió lo que necesitaba. Leía a Carl como a una revista abierta. Se puso el preservativo y lo acomodó bajo él.
Sus ojos oscuros se fundieron con los de Carl cuando empezó a penetrarlo y a despertar cada fibra de su ser; cada nervio de su cuerpo se encendió y emitió una descarga eléctrica y brillante. Lo sintió en los pezones, en la punta de la nariz, hasta en los meñiques de manos y pies.
Y quiso más.
Temblando, Carl murmuró incoherencias, algo sobre volver a casa más rápido… Y Grayson se hundió en él, estirándolo poco a poco. Sintió su pulso, los escalofríos que lo sacudían, el jadeo contra la mandíbula cuando terminó de entrar en él y se asentó hasta la raíz.
A los pocos segundos empezó a moverse dentro de él y el gemido que salió de sus labios…
Había algo en él, algo en el tono, que hizo que a Carl se le parara el corazón.
«Quédate a vivir aquí dentro», pensó mientras le sostenía la cara con ambas manos, lo atraía hacia él y dejaba escapar un suspiro sobre su boca entreabierta.
Grayson se movía con un ritmo lento y perfecto que enseguida llevó a Carl al límite e hizo que se aferrara a las sábanas con fuerza, contrayéndose alrededor de la erección en su interior.
Grayson salió por completo de él y volvió a embestir con fuerza, pareciendo entender lo que quería, lo que necesitaba, haciéndolo gemir sin parar.
Y cuando aumentó el ritmo, cuando incrementó la pasión, Carl se sintió más atendido que nunca, más cuidado que nunca.
Los abdominales sudorosos de Grayson rozándolo eran deliciosamente insoportables.
—Gray… —dijo, acariciando su erección, haciendo que la presión fuera deliciosa e insoportable.
El uso de ese «Gray» en lugar de «Grayson» hizo que este le gimiera con abandono en el oído y le inmovilizara las manos contra el colchón. Entrelazó sus dedos y se hundió de nuevo en él y…
Era… demasiado. Demasiado bueno. Demasiado todo.
Cada milímetro de su cuerpo cobró vida, desde los dedos de las manos y los pies hasta las puntas de las orejas y la parte de atrás de las rodillas. Carl se deshizo en mil pedazos.
Grayson también parecía extasiado mientras los jadeos de ambos se fundían al ritmo de las últimas estocadas.
Carl lo rodeó con los brazos cuando se hundió en él una última vez, palpitando, culminando.
Se aferró a él con fuerza y, cuando las oleadas de placer remitieron por fin, cerró los ojos y pegó la cara a su hombro duro y firme.
Qué intenso todo.
Grayson siguió sobre él, todo su cuerpo pegado al de Carl, durante unos segundos más antes de incorporarse sobre los codos.
—¿Cómo estás?
—¿Te refieres a si ya se me han quitado las ganas de ti y puedo seguir con mi vida?
Una sombra cruzó la expresión de Grayson. Se apartó en silencio y le dio la espalda antes de decir:
—Espera, te traeré una toalla.
Pero Carl ya se estaba levantando de la cama. Notaba el cuerpo electrificado, la mente también; y era demasiado.
—Ya voy yo.
Recogió su ropa y corrió al baño, donde se quedó mirando su reflejo y negó con la cabeza.
Sus sentimientos por Grayson deberían haberse desvanecido, o al menos disipado; sin embargo, le burbujeaban bajo la piel; no, le hervían y quemaban tanto que no podía ni respirar.
Apoyó las yemas de los dedos en el espejo y susurró para sí mismo:
—Lo único que sabes hacer es meterte en líos.
Se vistió y, frunciendo el ceño, miró el móvil.
El estómago se le revolvió al ver el recordatorio del calendario en la pantalla: la cena de ensayo de la boda de Pete debía de haber empezado ya.
Y esos eran los sentimientos con los que debería estar lidiando en esos momentos.
Su amigo de la infancia, su pareja de media vida, estaba a punto de casarse.
Seguro que ya estarían en el restaurante, quizá incluso a punto de empezar los brindis y discursos.
Con dedos temblorosos, marcó el número de su hermano y la voz se le quebró cuando Jason respondió.
—Ey, Jase, supongo que la cena de ensayo estará a punto de empezar. —El suelo crujió al otro lado de la puerta del baño y Carl cerró los ojos—. Mira, sé que esto es… Pero… ¿podrías dejarme escuchar los brindis a través del móvil? ¿Sin que nadie se entere? Solo quiero…
—¿Torturarte?
No, no era eso. Tragó saliva.
—No. Estar allí. Pero en la distancia.
Sonaron unos suaves golpes en la puerta del baño y desde el otro lado le llegó la voz de Grayson.
—¿Qué pasa, Carl? Habla conmigo.
Carl se apretó el teléfono contra la oreja antes de acercarse a la puerta, coger aire y abrirla, forzando una sonrisa despreocupada.
Grayson estaba en el pasillo con su mullido albornoz gris y dos tazas de té en las manos. Miró la sonrisa de Carl con recelo.
—¿Nos sentamos?
Carl lo siguió hasta la mesa del comedor. Se sentaron frente a frente y bebieron. Grayson alternaba la mirada entre la cara de Carl y el teléfono que sostenía.
—E-estoy encarando la situación —dijo Carl en un tartamudeo.
Y era cierto, lo estaba haciendo, aunque algo en su interior le decía a gritos que no era eso lo que debía encarar—.
Es la cena preboda de mi ex —añadió silenciando esa voz interior—.
Le he pedido a mi hermano que deje el teléfono encendido.
Grayson asintió, despacio; tenía los hombros ligeramente caídos.
—¿Puedes oírlo todo? —le preguntó con la mirada fija en su taza.
—Hay mucho ruido de fondo, pero escucharé a Jason cuando hable —contestó Carl con un enorme y tirante nudo en el estómago.
Se tomaron su té en silencio durante unos minutos mientras Carl se cambiaba el móvil de una oreja a otra sin parar.
Oía retazos de conversaciones, murmullos, pero tampoco estaba muy atento a lo que ocurría al otro lado del teléfono.
Una parte de él solo era consciente de Grayson y del ambiente que se tensaba entre ellos lleno de palabras no dichas; de la piel que se le erizaba, en los brazos, en la nuca… Y todo se debía a él, a Grayson.
Carl tragó saliva. Grayson levantó la vista al mismo tiempo; su mirada se detuvo en la garganta de Carl antes de subir hasta sus ojos y decir:
—No se te han quitado las ganas, ¿verdad? Sigues sintiendo lo mismo.
Carl se pasó la lengua por el labio inferior y fingió estar muy concentrado en lo que pasaba en su móvil, como si Jason hubiera dicho algo importante.
—¿Y si… no quiero que se te quiten? —preguntó Grayson en un murmullo.
Escucharle decir eso fue como un golpe contra el pecho. Pum. Lo que desató un aleteo frenético en su interior. Tragó saliva. Intentó hablar. Volvió a tragar saliva. Pero la voz se le quedó atrapada bajo el atronador golpeteo del corazón que le martilleaba en la garganta.
—Yo… Yo…
Y justo en ese momento, otro alboroto estalló, en esa ocasión al otro lado de la línea. El sonido de unas teclas de piano, la música llenándolo todo. Se oía de forma tan nítida que tenía que ser Jason quien estuviera tocando. Y si Jason estaba tocando delante de todo el mundo en la cena de ensayo…
Carl se puso de pie de golpe. La estancia le daba vueltas; con cada nota llenando el ambiente, la verdad se hacía más tangible.
—Ay, Dios. Mierda.
Con dedos torpes logró colgar la llamada solo para volver a llamar de nuevo. El teléfono sonaba una y otra vez, pero Jason no contestaba.
—Vamos, cógelo.
Grayson se levantó y rodeó la mesa.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurre?
Carl agitó el teléfono, como si así fuera a lograr que su hermano respondiera. Miró a Grayson, desesperado, temblando.
—T-tengo que volver a casa. Ahora mismo. Han descubierto a Jason, ya sabrán que no soy yo. Mi ex. Mi madre…
Grayson lo envolvió en un abrazo; Carl no paraba de temblar.
—No puedo seguir huyendo, Grayson. Tengo que…
Grayson le acarició la espalda con cariño.
—Respira hondo. Yo me encargo del billete. Te llevo al aeropuerto.
Carl siguió temblando, pero Grayson lo acompañó en cada paso del camino: hasta el chalé de Jason, mientras buscaba el pasaporte, mientras compraba el último asiento disponible en el siguiente vuelo a Melbourne, lo ayudó a hacer la maleta, lo llevó al aeropuerto…
—Tengo miedo —murmuró Carl en su abrazo de despedida.
Grayson le dio un beso en la cabeza y le dijo:
—Confío en ti.