Capricornio encara a Escorpio Capítulo 15
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Capítulo 15

Capítulo Quince

Decir que Sage estaba eufórica por haber terminado antes que las brujas sería quedarse muy corto. Estaba tan feliz que invitó a Carl y a Grayson a una cena de celebración.

—¡Se van a hinchar a tomar café!

Su buen humor era contagioso y lo pasaron muy bien, los tres riéndose mientras tomaban tiramisú de postre y las rodillas de Grayson chocaban con las de Carl bajo la mesa.

Cada roce era una chispa en su interior, y llegó un momento en el que la descarga fue tan intensa que hasta tuvo que contener la respiración.

Algo que Grayson pareció notar, porque bajó una mano a su pierna y le dio un apretón tranquilizador en la rodilla.

Carl lo miró. Bueno, lo fulminó con la mirada.

Grayson apenas logró contener la sonrisa de satisfacción.

Cuando acabaron de cenar, se subieron a la camioneta de Grayson. Carl se frotó las palmas húmedas de las manos contra las rodillas, la que le había tocado aún le hormigueaba. Miró a Grayson de reojo.

Estaba nervioso, temblaba y todo, y aunque su cuerpo anhelaba las chispas, las descargas, una pequeña parte de su mente parpadeaba con una señal luminosa de advertencia.

Grayson se había convertido en un amigo, alguien con quien le encantaba hablar, ir a la playa, dar paseos en bici.

¿Podría seguir teniendo eso, aunque fuera a distancia, si cedían a las ganas y dejaban que aquello fuera a más?

Por otro lado, saciar esas ganas era una especie de…

sanación mutua. Ambos llevaban demasiado tiempo con el corazón herido, y ceder a esa atracción que sentían el uno por el otro podía ser el paso que necesitaban para seguir adelante.

¿Quién iba a ser mejor compañero de viaje que una persona en la que confiabas plenamente?

—¿Por qué te estás mordiendo así el labio? —dijo una voz suave en su oído haciéndole dar un respingo.

La luz roja del semáforo bañaba el rostro de Grayson, que tenía los ojos fijos en los labios de Carl, hasta que este tragó saliva con evidente dificultad.

Cuando alzó la vista, sus ojos se encontraron y el aire chisporroteó entre ellos; los nervios tomaron forma, le subieron desde el estómago hasta la base de la garganta e hicieron que la voz le saliera ronca.

—Hay que hacer algo con esto ya.

—Sí.

Así, sin más; fácil, sencillo. A Carl se le aceleró el corazón.

—¿En tu casa?

—Sí, porque allí eres cien por cien Carl.

Esas palabras le llenaron la tripa de mariposas y lo pusieron más nervioso de lo que ya estaba, más ansioso.

Desde que aquella mañana se habían despertado enredados entre las sábanas, la sensación de necesidad no había hecho más que crecer y, en esos momentos, estaba descontrolada.

Cada mirada compartida los hacía más conscientes del otro, los llenaba de curiosidad, de electricidad.

Y después de aquel beso… todo su cuerpo anhelaba una conexión más profunda.

Grayson aparcó frente a su casa de cualquier manera, la prisa apuraba, y apagó el motor. En cuestión de segundos estuvo fuera de la camioneta, la rodeó y le abrió la puerta a Carl, que bajó con la respiración entrecortada y se dejó hacer cuando Grayson le agarró la muñeca mientras cerraba el coche.

—¿Crees que necesitaba ayuda para bajar? —Carl soltó una risa nerviosa.

La mirada oscura de Grayson sostuvo la suya con intensidad, y, cuando habló, su voz también sonó nerviosa.

—Quizá me da miedo que salgas corriendo.

Carl lo agarró del brazo y tiró de él hasta que Grayson se inclinó hacia delante. Rozó sus labios con lentitud, una caricia suave bajo el cielo ya oscuro sobre ellos.

—Llévame a casa.

—Creo que deberíamos hacerlo con la luz encendida.

—¿Para poder verme mejor? —bromeó Grayson, ganándose un leve manotazo.

—No. Es que con la luz apagada tu foto me hace pensar en un titiritero loco y eso me perturba.

Grayson chasqueó la lengua.

—Mira que te ha dado fuerte con la foto.

Se rieron mientras se caían sobre la cama en un abrazo de pies a cabeza, sus extremidades enlazadas.

Carl besó la sonrisa de medio lado de Grayson y delineó su nariz con el dedo desde el puente hasta la punta.

Hacía fresco, el aire de la noche se colaba por la ventana entreabierta; desde el mismo instante en que habían puesto un pie en el interior habían empezado a desnudarse, quitándose capas de ropa a medida que avanzaban por el pasillo: zapatos, chaquetas, pantalones.

Y, en esos momentos, Grayson yacía bajo él en un bóxer suave al tacto y una camiseta tan fina que casi no podía llamarse camiseta. Carl podía ver a través de ella.

Sonrió y se apretó más contra el calor embriagador de Grayson; los muslos le ardían donde se tocaban, los pies —que se rozaban, juguetones— también. Pero nada emanaba más calor que la mirada negra de Grayson clavada en él.

La noche anterior había notado aquella misma sensación, esas chispas saltando entre ellos; y se había preguntado si en parte estaba en su cabeza. Pero no, no se lo estaba imaginando: la electricidad era real y esa noche ambos ardían con intensidad.

Carl inspiró el aire que entraba por la ventana; luego enterró el rostro en el cuello de Grayson e inhaló el olor a almizcle y sal de su piel.

Era increíble lo bien que olía. Y más increíble aún era lo fácil que le resultaba estar pegado a su cuerpo, frotarse contra él.

Como si… Como si llevaran toda la vida en esa postura.

Era cómodo y, a la vez, tan excitante… El corazón le iba a mil solo con lo que estaban haciendo.

Aquello era sanador, sin duda alguna lo era.

Sus dedos de los pies, pintados de magenta, se acariciaban y entrelazaban mientras ellos se movían el uno contra el otro, frotándose.

Grayson enlazó sus manos y le susurró su nombre al oído; Carl lo sintió por todo el cuerpo.

—Otra vez.

—Eres increíble, Carl —le dijo separándole las piernas con la rodilla y entrelazando más fuerte sus dedos.

Un segundo después, la habitación pareció girar y, de repente, Carl tenía la espalda contra el colchón y un peso delicioso sobre él. Y más susurros al oído, más «Carl» contra los labios mientras se besaban.

Carl había estado preparado para lo que estaba por venir; creyó que sería algo muy sexi y muy a saco, quizá un poco torpe también. Pero nunca imaginó que un momento así, una primera vez, pudiera ser tan intenso, tan íntimo, tan adictivo y tan maravilloso.

Sus besos se hicieron más profundos, más húmedos.

Sus respiraciones se transformaron en jadeos, y, aun así, Grayson encontraba los momentos perfectos para intercalar su nombre entre gemidos.

«Carl. Carl. Carl». Quería dejar claro que era muy consciente de con quién estaba.

Cada vez que pronunciaba su nombre lo hacía flotar, la sensación de vértigo era real, lo dejaba sin aliento.

Carl estaba siendo admirado, deseado, venerado.

Y notaba el corazón más grande, más pesado, latiendo más fuerte.

Y él también quería regalarle algo así, algo con el mismo valor inconmensurable.

Lo que fuera para que el corazón de Grayson se liberara de su culpa y de la responsabilidad que cargaba.

Que galopara tan rápido que no hubiera riendas que pudieran contenerlo. Que volviera a sentirse entero.

Carl le deslizó una mano por la nuca y enredó los dedos en su pelo. Lo apartó un poco, apenas un centímetro, y miró esos ojos oscuros que nunca habían dejado de verlo como realmente era. Se le cortó la respiración.

—Eres precioso —le dijo.

Los labios de Grayson se curvaron en una sonrisa; Carl alzó la cabeza y le besó el «ya lo sé» que, juguetón, abandonó sus labios. Arrastró los dedos desde su pelo, por su hombro y hasta el pecho.

—Y aquí también.

Grayson capturó su boca en un beso feroz. Luego deslizó los labios por su mandíbula, arrastrando los dientes por su piel y dándole un mordisquito en el cuello.

—Quiero más de ti.

Carl le tiró de la camiseta y lo ayudó a quitársela. La suya desapareció segundos después. Sus pechos desnudos se encontraron y Carl soltó un jadeo.

—Aquí me tienes, tómame entero.

Grayson cerró los ojos y tragó saliva con dificultad.

—Espero que lo digas en serio.

Por supuesto que lo decía en serio. Y lo besó para demostrárselo; una y otra vez, una y otra vez. Grayson podía tomarlo entero, como quisiera.

—Y puedes empezar ya. Quiero sentirte durante mucho tiempo.

Grayson metió una de sus grandes manos bajo el bóxer de Carl y se lo bajó, deslizándolo por sus caderas. La tela rozó su piel sensible y lo hizo estremecer de necesidad.

Junto a su ropa interior, también desapareció la de Grayson, y, entonces, Carl dejó de respirar.

—No eres real —dijo tras soltar una especie de risa ridícula y gutural—.

¿Cómo puedes ser perfecto en todas partes?

—Carl hizo desaparecer el gesto orgulloso de Grayson, que ya empezaba a mostrarse en su rostro, y le comió la boca con ganas—.

No debería alimentar tu ego, lo sé —le dijo tras el beso.

Ambos se rieron en voz baja y Carl notó la risa de Grayson en la cara como una caricia silenciosa y suave.

El corazón le iba a mil, llevaba así un buen rato, pero, en esos momentos, cada latido se traducía en un golpeteo rítmico, en un escalofrío sobre la piel.

Y cuando Grayson se separó un poco de él para abrir el cajón de la mesilla, esos escalofríos se acrecentaron y no pararon hasta que volvió a tenerlo contra él, acomodado sobre su cuerpo, todo calor y músculos duros.

Carl respiró hondo, su pecho expandiéndose contra el de Grayson, y deslizó las manos por sus caderas, atrayéndolo hacia él hasta pegarlo por completo.

—Dilo otra vez.

—Carl.

El roce entre sus longitudes hizo que a Carl se le tensaran los huevos. Subió la pierna y la enganchó a una de la de Grayson, moviendo las caderas, frotándose contra él.

—Soy tuyo —le dijo.

Grayson empezó a moverse también contra él mientras le llenaba el cuello de besos y suaves mordiscos. Carl no podía parar de gemir ni de emitir sonidos ininteligibles.

—Eres todavía más escandaloso que cuando nos hicimos la pedicura.