Capítulo 14 #3
—¿Cómo te la hiciste?
A Grayson se le puso la piel de la nuca de gallina y se la cubrió con la palma de la mano.
—Haciendo surf. Me di contra una roca.
—Qué pena que no puedas llevar casco. Podrías tener tu propio Toto, tu casco de confianza.
Grayson lo miró y contempló las paredes con temática de Oz a su alrededor antes de preguntar:
—¿De verdad has llamado Toto a mi casco?
—Aquellos primeros días me sentía muy muy lejos de casa.
—¿Y ahora? —La voz de Grayson estaba llena de curiosidad, pero parecía que trataba de reprimirla. Incluso se mordió los labios para evitar hacer más preguntas.
—Bueno, Wellington es tan verde que podría ser la Ciudad Esmeralda.
Grayson se giró hacia él, quedaron cara a cara.
—¿Eso significa que te sientes más cerca de casa?
Carl tragó saliva.
Un destello gris y apagado cruzó los ojos de Grayson por un segundo, pero enseguida sonrió.
—Puede que tenga unos zapatos de claqué plateados por ahí guardados, si quieres chocar los talones, ya sabes…
Carl le dio un codazo y se rio. Pero no había humor en su risa. El gesto le pesaba. Mucho.
Grayson apartó la mirada y luego, con voz ronca, dijo:
—Necesitas tener esas conversaciones pendientes.
Y luego empezó a ajustar de nuevo el corazón del hombre de hojalata.
—Hoy no. —Carl se inclinó y le cogió la barbilla con dos dedos hasta que lo miró—. Hoy tenemos que lidiar con sentimientos.
Un latido desbocado. Dos. Bum, bum; bum, bum.
—Me lo prometiste, ¿no? —dijo Carl casi sin voz.
Los centímetros de distancia entre ellos desaparecieron. Los labios cálidos de Grayson se posaron con suavidad sobre los suyos y a Carl se le cortó la respiración. La electricidad estática chisporroteó, crepitó por toda la habitación.
Carl cerró los ojos y sintió la dulce respiración de Grayson en su boca, deslizándose sobre su labio inferior.
—Dios —murmuró—, puede que no sea tan fácil que se me quiten las ganas de ti.
Una sonrisa se formó sobre la de Carl, que no había sido consciente de que también sonreía. Luego, Grayson le acarició los labios con la lengua; fue un gesto sucio y sexi, y Carl dio un respingo y un gritito.
Leo y Sage regresaron entonces y Grayson y él se separaron de golpe, Carl girándose hacia la pared, donde pasó diez segundos abanicándose la cara.
—¡Tenemos al perro!
En cuanto colocaron la figurita en su sitio, se oyeron una serie de clics y un cajón se abrió en la pared.
Contenía un mapa de la Ciudad Esmeralda.
Las pistas ocultas por la sala les ayudaron a relacionar los puntos del mapa con distintos lugares, y el sitio exacto donde todo confluía les planteó otro acertijo.
Juntos resolvieron el rompecabezas de la bruja malvada, desbloquearon la siguiente puerta hacia el sendero del valor, tradujeron el mensaje en código de los monos voladores, encontraron una pista clave en un campo de amapolas en miniatura, hallaron la escoba de la bruja y abrieron un gran armario lleno de luz verde esmeralda.
Cuando la luz se desvaneció, vieron un espejo al fondo y letras magnéticas esparcidas por el suelo de madera.
—Una reflexión —leyó Grayson en voz alta—. ¿Qué es lo más importante del mundo?
—El hogar —dijo Leo—. Es lo que Dorothy desea más que nada. Volver a casa.
—No estoy tan seguro —dijo Carl—. Quiere volver a casa con las personas que la quieren. Lo más importante es el amor.
—Pero el espantapájaros, el león y el hombre de hojalata acaban queriéndola. Si lo más importante fuera el amor, ¿no se quedaría con ellos?
Grayson seguía mirando el espejo, inmóvil. Había algo en su expresión que hizo que Carl cambiara el peso de un pie a otro varias veces antes de decir:
—Puede que haya encontrado una nueva familia, y puede que los quiera, pero…
Fue Grayson quien continuó por él:
—Pero no hay nada como el hogar.
Sage atrajo a Leo contra su cuerpo y lo rodeó con un brazo.
—Espero que si algún día encuentras a alguien a quien quieres muchísimo, quieras volver igualmente.
—Haz caso a tu madre —dijo Grayson con voz ronca—. Si alguna vez te pide que vuelvas a casa, hazlo sin dudar.
Carl notó cómo se le hacía un nudo en la garganta. Agarró la manga de Grayson con suavidad, tiró de ella, y unos ojos oscuros se encontraron con los suyos llenos de un enorme conflicto interior.
—El hogar es lo más importante.
Lo dijo como si se lo estuviera recordando a sí mismo. Recordándoselo a Carl; diciéndole que él también debía volver a casa, que no debía cometer el mismo error que cometió él en su día.
Carl sintió cómo una gran bola de emoción le crecía en el pecho y la necesidad de reducirla, de calmarla. Se puso de puntillas y susurró al oído de Grayson:
—Recuerda qué es lo que ella querría para ti.
Grayson dejó escapar una respiración temblorosa sobre su mejilla. Carl se encargó de sostenerle la mirada hasta estar seguro de que lo había entendido. Luego se echó hacia atrás, rebuscó entre las letras magnéticas y escribió la respuesta en el espejo.
«Hogar».
El espejo se abrió entonces, dando paso al vestíbulo.
Lo habían conseguido.
Estaban a un paso de la libertad.