Capítulo 14 #2
Grayson echó a andar hacia el sendero y Carl lo siguió colina abajo hasta la camioneta; el aire entre ellos era tan tenso que podía cortarse con un cuchillo y cada mirada compartida venía acompañada de un escalofrío, de una descarga eléctrica.
Lo mejor era cambiar de tema, hablar de cosas que no hicieran que el corazón le bailara claqué en el pecho.
Como de Sage y Leo, por ejemplo, de que Carl debería contarle la verdad a Sage, de cómo podría reaccionar, de si era totalmente necesario contárselo.
—Preferiría hablar de lo mucho que me gustas —terminó diciendo.
Grayson se rio y le revolvió el pelo, y a Carl le gustó tanto que se imaginó una vez más como el emoji con corazones en los ojos. Negó con la cabeza y se cruzó de brazos, avergonzado de sí mismo.
—Deberíamos decidir si fruncimos el ceño o sonreímos, porque vamos de una a otra sin parar —dijo Grayson.
—Tú pareces sonreír más que fruncir el ceño; solo para que conste.
También había tenido más tiempo para asimilar todo aquello.
—Ya hemos llegado —dijo Grayson, parando el motor y desviando la mirada hacia la ventanilla.
Carl se bajó de la camioneta lo más rápido que pudo y, en menos de treinta segundos, ya estaba en el vestíbulo del escape room.
Pero una vez dentro, se detuvo a contemplar a la gente a su alrededor, la energía y expectación que emanaban.
Las brujas se alejaban del mostrador de recepción con sus entradas en la mano, sus barbillas puntiagudas bien altas y unas risas espantosas que parecían cacareos.
Sage y Leo estaban en un rincón, apoyados en una pared con varios pósteres estilo vintage y una estantería llena de puzles y artefactos de lógica.
Había dos puertas, una a cada extremo del vestíbulo: a la izquierda, un arcoíris prometía un viaje a Oz; a la derecha, donde se encontraban en esos momentos las brujas, estaba la Casa Embrujada que, al parecer, era la habitación más popular; Carl lo había mirado en internet según venían y el escape room de terror era el claro favorito de los clientes.
Cuando Grayson llegó, miró a su alrededor y, como en un movimiento coordinado, Carl y él empezaron a caminar a la vez hacia Sage y Leo; pero las brujas —todas con bufandas verdes a juego— llegaron a ellos antes.
—Aquí tenéis vuestras entradas. La Casa Embrujada ya está al máximo de su capacidad, así que tendréis que hacer la sala infantil.
—Os pega —intervino otra de las brujas—. Vuestra panadería se llama Arcoíris. —Le dio unas palmaditas en el hombro a Sage de una forma que hizo que Carl apretara los dientes—. Además, será más fácil.
Una empleada del escape room se acercó a ellos con su uniforme rojo y una amplia sonrisa.
—Que la sala de Oz sea más colorida no significa que tenga menos profundidad. —Dirigiéndose a Sage, añadió—: Es mejor, de hecho.
A Carl le cayó bien de inmediato. A Leo también, a juzgar por su expresión.
Las brujas bufaron en voz baja.
—¿Lo convertimos en una carrera? —propuso una—. Vuestro equipo contra el nuestro. Si ganamos, nos dais café gratis durante un mes. Si ganáis, iremos a comprar café todos los días durante un mes.
Sage alzó la cabeza y sonrió.
—Estoy deseando teneros como clientas habituales.
Las brujas se dieron la vuelta y se dirigieron hacia la puerta de la Casa Embrujada. En cuanto les dieron la espalda, Sage se desinfló y miró a Carl y a Grayson, aterrorizada.
Carl la entendía; él también estaba nervioso.
Aquello se parecía en exceso a la noche de trivial, pero fuera como fuere, haría lo posible por vencer a esas brujas.
Así que se plantó una gran sonrisa que esperaba que transmitiera confianza y le dedicó a Sage un gesto con el pulgar arriba.
Luego se inclinó hacia Grayson y murmuró:
—¿Recuerdas cuando me ayudaste a descubrir que la inteligencia no me resultaba atractiva?
—Lo recuerdo.
—¿Podrías no ser atractivo durante, digamos, una hora o así? Lo que dure esto.
—Seré lo menos atractivo del mundo. Horrible.
—Por eso me gustas.
Grayson compró entradas para él y para Carl, enlazaron los brazos con Leo y Sage, y siguieron el camino de baldosas amarillas que los llevaría directos hacia el escape room de la Ciudad Esmeralda.
La primera sala era una habitación en blanco y negro muy poco iluminada.
Había varias cajas dispersas por el suelo y una capa de niebla espesaba el aire; desde los altavoces les llegaba el sonido del viento y una música de lo más inquietante.
Si mirabas hacia arriba, veías la proyección de un gran tornado formándose en el techo.
—Buah, qué miedo. ¿Qué hacemos? —preguntó Leo.
—Pues cruzar los dedos para que lo que tengamos que hacer sea algo del tipo «busca las siete diferencias» —murmuró Sage—. Algo que no requiera mucha inteligencia.
—Pero somos inteligentes —dijo Carl, intentando sonar superanimado—. Podemos descifrar… cosas. ¿Qué es ese cacharro de ahí?
Leo y Sage suspiraron.
—Estamos perdidos.
—¡Pero vamos a encontrar el camino! —dijo Grayson tratando de animar al grupo.
—Desencaminados, eso es lo que estamos —lo corrigió Carl.
Grayson le puso una mano en la cabeza y le revolvió el pelo con cariño.
Sage pareció venirse arriba de repente.
—Gray, tú puedes hacer las partes difíciles, y mira, Jason, un piano. Eso es cosa tuya.
Carl gimoteó.
—De hecho —dijo Leo, saliendo en su rescate—, ¿puedo intentar resolver ese misterio yo? Creo que tenemos que encontrar la partitura y tocar las teclas en el orden correcto. Me dejas hacerlo, ¿verdad, Jason? Para practicar.
Carl se irguió.
—Por supuesto. Los maestros más experimentados han de dar oportunidades a quienes están aprendiendo.
Tocar bajo presión te ayudará a mejorar tus habilidades.
Como se suele decir, la práctica hace al maestro.
—Ante las miradas de Leo y Grayson, Carl dejó de decir chorradas, carraspeó y solo añadió—: Adelante.
Leo se puso manos a la obra y les pidió que buscaran notas musicales por la sala. Las encontraron bajo, sobre y dentro de distintos sitios y cachivaches, y cuando Leo las tuvo en su poder, las colocó en orden y tocó.
La pared junto al piano se abrió con un clic y los cuatro se adentraron en un túnel largo y estrecho hacia… ¿la luz?
La siguiente sala era, en efecto, muy luminosa; de todos los colores del arcoíris. Estaban en Oz.
Se reunieron en el centro del camino de baldosas amarillas, que se extendía por toda la sala y desaparecía en un mural que conducía a la Ciudad Esmeralda. Cuatro figuras de tamaño real estaban colocadas de forma aleatoria en la estancia. Sage alzó la mano.
—Vale, creo que esta la sé. El hombre de hojalata, el león, el espantapájaros y Dorothy están en los lugares equivocados.
Cada uno tomó una figura y la colocó en la base correcta. Esperaron y esperaron, pero no pasó nada.
Carl comprobó cada figura otra vez. Primero, a Dorothy; luego al espantapájaros que quería ser inteligente; después al hombre de hojalata que quería un corazón; a continuación al león que quería ser valiente…
«Un momento». ¿Qué había junto a Dorothy? ¿Era… una base más pequeña que las otras?
—¡Lo tengo! Falta Toto.
—No veo un perro por ninguna parte —dijo Sage.
—Sí, sí. —Leo tiró de la manga de su madre—. Vi a Toto en la primera sala. Ayúdame a cogerlo. Estaba en una de las cajas grandes.
Dos cabezas rubias desaparecieron por el túnel hacia la primera sala, dejando atrás a Carl y a Grayson, y la enorme tensión que había entre ellos.
Grayson se acercó al hombre de hojalata y jugueteó con el reloj que era su corazón, intentando alinearlo de alguna forma perfecta que solo él veía.
Y puede que Carl no debiera encontrar ese tic nervioso tan adorable, pero lo hacía.
Y, antes de darse cuenta de que se estaba moviendo, caminó sigiloso hacia Grayson y se colocó detrás de él, observando cómo se le ponían rojas las orejas.
Llevó el dedo a una de ellas y le acarició la cicatriz que tenía en la punta.