Capricornio encara a Escorpio Capítulo 14
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Capítulo 14

Capítulo Catorce

Después de muchas horas de hacerse el muerto, rezando para que Grayson no pudiera oír el ritmo al que le latía el corazón, Carl acabó quedándose dormido.

Y cómo durmió. Además, debió de ser un sueño muy profundo, porque se despertó medio cubriendo el cuerpo junto a él, y con una cálida sensación en el pecho, en la cintura y en la pierna, que tenía encima de una de las de Grayson.

Entornó los ojos, tragó saliva en silencio y volvió a cerrarlos. No se atrevía a moverse. No se atrevía ni a respirar. Era como una manta encima de Grayson, y si se contoneaba aunque fuera un poco, le rozaría la cadera con…

Pero no podía seguir así. Tenía que separarse de él. Tenía que encontrar la forma de hacerlo.

Se le escapó un quejidito y rogó para que Grayson no se despertara. Su respiración parecía regular y tenía los labios entreabiertos como si estuviera sumido en un sueño profundo.

Así que, aunque notó cómo se le tensaba cada músculo, levantó con cuidado el brazo con el que le rodeaba la cintura, y luego, poco a poco, la pierna que lo cubría.

Contuvo el aliento y, milímetro a milímetro, se fue apartando hasta llegar a los pies de la cama, donde se puso los vaqueros a toda prisa y, una vez presentable, enterró la cara en las manos y negó con la cabeza una y otra vez. Porque… Dios…

Porque sabía lo que le pasaba, sabía lo que ocurría. E intentaba convencerse de lo contrario, pero era inútil. Porque era… Era…

—¿Por qué te lamentas?

La voz de Grayson a su espalda hizo que Carl se levantara de un salto, soltando un chillido.

Grayson se incorporó y se sentó, sus piernas al descubierto; sus largas, gloriosas, y tonificadas piernas.

Carl alzó los brazos y empezó a pasearse por la habitación, de un lado a otro.

—Ya no vale eso de darme tortas para espabilarme. Estoy perdido. No puedo creer que me esté pasando esto, no puede ser que yo…, que yo…

—¿Que tú qué?

Le señaló con un dedo, porque, en serio, aquello era su culpa. Todo todito era su culpa.

—¡Que sea un miembro más de tu club de fans! Me he convertido en un grupi.

Grayson le sujetó el dedo y se lo bajó; los labios se le curvaron en una sonrisa.

—Eso ya lo sabíamos; lo dejamos claro hace tiempo.

Carl volvió a alzar el dedo a modo de advertencia, y Grayson levantó las manos en señal de rendición.

—No, esta vez es de verdad. En algún momento, en alguna de nuestras conversaciones, empecé a mirarte con corazones en los ojos. ¡Soy un emoticono lleno de corazones rojos y brillantes!

Grayson dio un paso hacia él y le agarró los brazos, probablemente para soltarle su discursito rompecorazones, y Carl no estaba de humor para escucharlo.

Ya tenía bastante con haberse dado cuenta de que se había enamorado de él hasta el punto de plantearse entregar de nuevo su corazón.

¡Qué entregárselo! Sentía un impulso abrumador e incontrolable de arrojárselo; de decirle que lo tomara, que ya era suyo. «¡Haz con él lo que quieras!».

Todo aquello era una locura.

Carl negó con la cabeza. Pero su cuerpo… Guau, le vibraba todo.

—Dios mío, mírame, estoy… vibrando por ti.

Cuando Grayson abrió los labios, Carl le tapó la boca con la mano antes de que saliera palabra alguna.

—Nop, nop. Ni hablar.

Como un regalo caído del cielo, la puerta se abrió y el señor Wilson asomó la cabeza.

—Deberíais haberme llamado anoche. Os hubiera abierto.

Carl dedicó al anciano una mirada acusatoria y le apuntó con el dedo.

—Esto también es su culpa —le dijo.

Luego salió por la puerta y se marchó corriendo como alma que lleva el diablo.

La idea era pasar el día evitando a Grayson y entregándose al pánico. Pero el tío se lo puso especialmente difícil. Aparecía en cada esquina; cada dos pasos, su mirada se encontraba con aquellos ojos oscuros.

La primera vez fue en Houghton Bay. Carl había ido hasta allí en bici, convencido de que un chapuzón en el mar lo ayudaría con el sofoco que tenía encima.

Apenas se había quitado de la cabeza a su fiel Toto cuando una camioneta se detuvo junto a la acera, a su lado.

Al ver quién era, dio un respingo del susto, se colocó de nuevo el casco y, dedicándole una miradita al rompecorazones de pelo oscuro tras el volante, salió disparado de allí.

La segunda vez fue en casa de Sage. Carl había ido porque Leo le había escrito para pedirle ayuda con el concurso de talentos.

Nada más llegar le recordó que no sabía ni localizar la tecla do en el piano, pero el niño le informó de que estaba allí para ayudarlo a decidir el vestuario.

En ello estaban cuando alguien llamó a la puerta.

¿Y quién era? Pues Grayson, que —casualidades de la vida— solo se pasaba a traer la tarta de manzana favorita de Leo.

Grayson se la entregó —Leo estaba feliz— mientras su mirada se posaba en Carl y en su boca abierta.

—Me gusta el traje, campeón —le dijo al niño.

—Quería ponerme otro, pero Carl me dijo que mejor este, que le recordaba a una foto aterradora que vio una vez.

Las cejas de Grayson se alzaron tanto que casi le llegaron al nacimiento del pelo, y Carl, tras una risa nerviosa y una especie de gemido, se escabulló por la puerta trasera y saltó la valla en una especie de triple mortal.

La tercera vez que aquellos ojos se cruzaron con los suyos fue una hora después, en el saliente con vistas a Wellington. Carl se había dejado caer en el banco y había echado la cabeza hacia atrás, disfrutando del sol de la tarde.

Una sombra se le puso entonces delante y, cuando abrió los ojos, se encontró la mirada de Grayson clavada en él; estaba detrás del respaldo, mirando hacia abajo, cerniéndose sobre él.

—Dios mío, eres como una suricata, ¿eh? Asomas la cabeza por todas partes.

Eso fue recibido con una sonrisa de medio lado.

—Creo que quieres que te encuentre. Si no…

—¿Si no?

Grayson se inclinó sobre él y, cuando sus narices se rozaron, se acercó a su oído haciéndole cosquillas en la mejilla con su respiración.

—Si no, no estarías repitiendo nuestros primeros encuentros.

Carl inspiró hondo. E iba negarlo, pero…

era cierto, había acabado en los tres primeros lugares en los que se habían visto: en la playa, donde Grayson había rescatado su bici; en casa de Sage, donde Carl había averiguado cómo se llamaba el día de la reunión de vecinos; y en la montaña, donde se habían caído uno encima del otro por primera vez.

—Me cago en la leche.

Grayson rodeó el banco, riéndose, y se sentó junto a él. Era una presencia cálida a su lado, entrañable. Desestabilizadora.

Contemplaron el verde paisaje de Wellington con el mar reluciendo a lo lejos durante unos minutos. Carl tragó saliva.

—¿Has venido a romperme el corazón?

Grayson chasqueó la lengua.

—Pero si me comí tu sopa…

—¿Y eso qué significa?

—Significa que, aunque supiera fatal, me la comí para que no te sintieras mal.

—No quieres que me sienta mal…, vale. —Carl lo miró con ojos entrecerrados—. ¿Vas a romperme el corazón de una forma tan guay que voy a estar feliz con ello?

Grayson chasqueó de nuevo la lengua.

Carl notó cómo algo muy potente, una especie de rayo, le atravesaba el centro del pecho.

—Quieres decir que… ¿te gusto?

—Sí.

Carl parpadeó varias veces antes de acercarse más a Grayson; se pegó a él hasta que le rozó la mejilla con la nariz.

—¿Te parezco atractivo?

Grayson alzó la cabeza y suspiró.

—Sí —admitió a regañadientes.

—¿Atractivo en plan… que quieres acostarte conmigo?

—También quiero eso, sí.

—Dime qué está pasando, por favor, porque creo que el corazón se me va a salir del pecho.

—El mío está igual.

—Creía que el tuyo estaba roto.

—Lo arreglaste, me pusiste en marcha otra vez.

Carl se levantó de un salto del banco y empezó a pasearse de un lado a otro; saliente arriba, saliente abajo.

—Explícate.

—Siéntate. Me da miedo que te caigas.

Carl se sentó —desconcertado como estaba— en el banco.

Grayson se pasó una mano por la cara.

—Pasó de repente. Sin más. Me dijiste que mi madre habría querido que encontrara la felicidad, me abriste la mente. Me animaste a volver a sentir algo sin sentirme culpable. —Negó con la cabeza e hizo una mueca—. Y escucharte gemir cuando fuimos a hacernos las uñas…

Pasó. De repente. Uñas.

—¿Por eso saliste corriendo el día de la pedicura?

Grayson le lanzó una miradita.

—Era el aniversario de la muerte de mi madre y yo estaba… —Miró hacia su regazo.

—Vale, eso lo entiendo. —Carl hizo una pausa—. ¿Y te empecé a gustar? ¿Así, de repente?

—Intenté ignorarlo.

—Por eso no respondiste a mis mensajes cuando te pedí ayuda con la clase de Leo.

—Quería deshacerme de esos… sentimientos, pero cuando oí que Poppy iba a estar en la cena de Sage, que se suponía que era una especie de cita a ciegas… —Grayson apretó los puños—. Me dije a mí mismo que no importaba, que debía dejarlo pasar.

Pero no pudo.

—Y entonces te presentaste allí.

—La idea de Poppy y tú juntos… —La mirada de Grayson era algo digno de ver. Épica. Tan intensa que Carl empezó a flotar. Estaba putoflotando.

—¿De verdad estabas celoso? Ya te lo dije ayer, no hay nada entre nosotros, le dije que no.

—No sé cómo conseguí dormir anoche. Tenía algo dentro…

Algo que se me retorcía en el pecho. —Tragó con tanta fuerza que se le notó en la nuez.

Luego posó los ojos en Carl, oscuros, intensos, y cuando habló, la voz le salió ronca—: Medio dormido, murmuraste que dejara de dar vueltas de una vez, enredaste una pierna entre las mías y me echaste el brazo por encima.

Me tensé hasta el punto de que apenas podía respirar.

—Suena a que estás loquísimo por mí.

—¿Y qué vas a hacer al respecto, querido grupi?

—No lo sé. —A Carl se le escapó una pequeña risa al ver a Grayson intentando mantener el ceño fruncido—. ¿Ceder al deseo y quitarnos las ganas?

—Podríamos intentarlo. —Una pausa—. Pero me temo que…

—¿Que qué?

Grayson tragó saliva y se puso en pie de un salto.

—Que no es algo que podamos intentar ahora mismo. Hemos quedado con Sage en veinte minutos para ayudarla en el escape room.

—Ah, ¿sí?

—Sí, te lo quería haber dicho Leo, pero te fuiste tan rápido que no pudo.