Capítulo 13 #3
Las mariposas de su interior volaban tan rápido que se estrellaban contra su pecho. Sin embargo, logró encogerse de hombros con fingida indiferencia.
—Puedes venir cuando quieras.
Una ráfaga de viento hizo que la puerta se abriera y la tapa de la caja saliera volando. Grayson se levantó a toda prisa para intentar sujetarla, pero la puerta chocó contra el armazón de la cama, rebotó y se cerró de golpe.
Grayson tiró del pomo varias veces. No se abrió.
Carl se puso de pie, nervioso, cogió el móvil de Grayson de la mesa y se lo tendió para que llamara al señor Wilson. Y eso hizo, pero a pesar de dejarlo sonar un buen rato, nadie contestó.
—¿Lo tendrá en silencio? —dijo Carl.
—O tiene la tele demasiado alta.
—Inténtalo otra vez.
—Pásame tu móvil.
—Te he seguido a la carrera. Me he venido con lo puesto.
—¿No llevas siempre el móvil encima?
—Solo a veces. Esta no es una de esas veces.
Grayson tocó la pantalla de su teléfono, pero este no se iluminó.
—¿Se te ha apagado?
—Estamos atrapados en una cabaña sin wifi y con una sola cama. Por supuesto que se me ha apagado el móvil.
Carl soltó una risita.
—Por supuesto.
Se miraron y, de repente, al mismo tiempo y con gran urgencia, ambos empezaron a aporrear la puerta y a gritar.
El viento que arreciaba en el exterior no les hizo ningún favor; sus voces se perdieron en su fuerte sonido. Parecía que el universo se estaba echando unas risas a su costa.
Se miraron otra vez y, acto seguido, desviaron la vista; lejos —lo más lejos posible— de la cama individual junto a ellos.
Carl se pasó una mano por el pelo y señaló los portátiles.
—Supongo que pasaremos la noche en vela.
—Sí. Hagamos eso.
Se sumergieron con diligencia en las palabras del señor Wilson, uno hablándole deprisa al portátil, el otro tecleando sin parar.
De vez en cuando, Carl miraba a Grayson a hurtadillas; de vez en cuando también, sabía que Grayson lo estaba mirando a él porque sentía un electrizante cosquilleo en la piel.
Veinte mil palabras después, ya cerca de la media noche y tras un momento un tanto incómodo en el que tuvieron que turnarse para hacer pis en una vieja botella de Coca-Cola, ambos levantaron la vista a la vez y sus ojos se encontraron.
Grayson apartó la silla del escritorio y dijo:
—Vale. Hablemos de lo que estamos evitando hablar. Es como tener un mono volador sobre nuestras cabezas.
La mirada de Carl fue de la cama a la botella de Coca-Cola y de nuevo a la cama.
—¿Un solo mono, dices? Es como si estuviéramos rodeados de monos voladores. Muchos muchos monos voladores. Cada uno de ellos portando un par de gigantescas e imperiosas alas.
—Y parloteando sin parar.
Carl soltó una risita y giró la silla para quedar frente a él.
—No hace falta que estemos tan vergonzosos, ¿no? Somos amigos. Podemos… No sé. Y también podríamos compartir la cama.
Grayson pareció dudar. Un ligero ceño fruncido se atisbó entre sus ojos oscuros, pero luego asintió con firmeza.
—Tienes razón.
Ambos apartaron la mirada a la vez.
Y cuando llegó el momento de quitarse los vaqueros, el aire se espesó. Se dieron la espalda y Carl se los bajó a toda prisa, pero el golpe sordo de la tela contra el suelo le pareció que sonaba exagerado, como una explosión.
Grayson apagó la luz, y Carl dio gracias al cielo por la bendita oscuridad mientras se metía bajo las frías sábanas.
Se pegó todo lo que pudo a la pared hasta quedar en el borde de la cama; si el hueco fuera más grande, se colaría por él.
Y, aun así, la distancia no era suficiente para disipar la tensión entre ellos.
Cada movimiento de Grayson, cada deslizar de las sábanas, era una caricia sobre el cuerpo de Carl y lo hacía estremecer. Y daba igual que el cuerpo a su lado irradiara calor, sus temblores no se disipaban.
Carl se quedó bocarriba con los ojos abiertos en la oscuridad, mirando a la nada, muy consciente de su respiración, de la de Grayson, de lo mucho que ambas se oían en el silencio que reinaba en la habitación.
Se giró y se puso de lado, enfrentando la silueta junto a él.
Quería decir algo, actuar con normalidad, romper la evidente tensión.
Grayson debió de pensar algo parecido, porque también se giró y, cuando habló, la profundidad de su voz grave hizo vibrar la almohada que compartían.
—Si esto te va a suponer un problema con Poppy…
A Carl le empezó a ir el corazón a mil y se le secó la boca. Se dijo a sí mismo que se tragara ese nudo que se le había hecho en la garganta; pero no pudo.
—¿Por qué iba a ser un problema? Le dije que no me interesa, que no vamos a tener nada.
Se oyó cómo Grayson tragaba saliva.
—¿No te interesa?
Carl no podía con los nervios, le enviaban descargas eléctricas por todo el cuerpo imposibles de controlar. Así que se giró de nuevo y se puso de cara a la pared, dándole la espalda a Grayson. Cerró los ojos con fuerza.
—No me interesa, no. Buenas noches.
Fingió un bostezo. Luego fingió dormir.
Pasaron unos minutos hasta que el lento suspiro de Grayson le acarició la nuca.
—Eso es… Hum… Buenas noches, Carl.