Capítulo 13 #2
Miró alrededor del concurrido local y vio a una de las brujas en la cola detrás de él, así que contestó diciendo: «Aquí Jason».
—Me preguntaba… —dijo el verdadero Jason, despacio.
—¿Sí?
—¿Quién narices es Angus?
Sintió un alivio momentáneo, su hermano solo tenía curiosidad por Angus, hasta que se dio cuenta de que, si Jason preguntaba por el toro mecánico que solían montar en cumpleaños y celebraciones varias, quería decir que…
Carl se tensó. Esa llamada estaba relacionada con la despedida de soltero de Pete.
Esperó el golpe, la manifestación del dolor, y cierto era que sintió una leve opresión en el pecho, pero…
no fue tan dolorosa como creyó que sería.
Dejó salir el aire que había estado conteniendo y miró a Grayson, que estaba de espaldas, examinando el menú.
Entonces se dio la vuelta para preguntarle qué quería él; y ese gesto, esa pregunta tan sencilla, el detalle… Carl sintió que flotaba.
Grayson enarcó una ceja y Carl se dio cuenta de que se había quedado ensimismado; articuló, sin llegar a pronunciarlo en voz alta, que quería lo mismo que él y colgó a su hermano.
En esa ocasión necesitó dos pequeñas bofetadas. Una en cada mejilla. «¡Pero qué cosas se te ocurren!», se gritó en silencio.
Cuando les sirvieron la cena, salieron a la terraza y se sentaron en una mesa.
—No te tomes mal que haya pagado yo, ¿vale? —le dijo Grayson.
Carl dejó suspendido en el aire —a escasos centímetros de sus labios— el tenedor que se había estado llevando a la boca.
Que no se lo tomara mal… ¿Se refería a que no quería que se sintiera como se sintió cuando los abogados lo invitaron?
¿Que no pretendía hacerle sentir poca cosa?
¿O… se estaba asegurando de que Carl no pensara que esa cena era una cita romántica?
Carl se metió en la boca el gratinado de patata y luego le dio un trago al agua. Se decidió por una respuesta ambigua que cubriera ambas posibilidades.
—Podemos turnarnos para pagar, es lo que hacen los amigos, ¿no? La próxima vez invito yo.
Casi como en un déjà vu, Carl siguió a Grayson hasta la casa del antiguo piloto de las Fuerzas Aéreas, el señor Wilson, que atravesó el jardín trasero con ellos hasta la construcción independiente al otro lado del patio.
—El wifi no funciona —dijo el señor Wilson—. Espero que podáis apañároslas sin él.
—De hecho, mucho mejor —respondió Grayson—. Menos distracciones.
La mirada del señor Wilson se posó en Carl.
—¿Tú crees? —preguntó con tonito antes de despedirse de ellos dejándolos solos con sus portátiles y la puerta defectuosa de la caseta.
Grayson puso una de las muchas cajas de archivos en la puerta para que no se cerrara, pero cuando una ráfaga de viento helado se coló en la estancia, la cambió por una tapa, para que la apertura fuera más pequeña.
Una vez a solas en el pequeño espacio —y a pesar de la corriente— Carl empezó a sudar. Encendió el portátil para distraerse.
—No tienes por qué trabajar —dijo Grayson—. Con que estés aquí conmigo vale.
—Espera y verás —contestó Carl alzando un dedo—. Cuando acabemos, habré hecho más que tú.
Grayson se rio, pero, cuando vio su nuevo método, se dio cuenta de que podía tener razón: Carl le hablaba al micrófono y las palabras aparecían en la pantalla como por arte de magia.
—Me lo ha enseñado Sage —dijo al ver su cara de sorpresa.
—Ideaza.
Carl asintió, mostrando su acuerdo, y ambos se sumergieron en más de una hora de transcripción, hasta que sintieron la necesidad de tomarse algo caliente para combatir la corriente de aire frío que generaba la puerta entreabierta.
—¿Hay comida? —preguntó Grayson mientras terminaba de transcribir una página.
Carl miró en los armarios.
—Hay té, una lata de tomates en dados con una pinta regular y botes de multivitaminas.
—Pásame un par de multivitaminas. No quiero volver a ponerme malo.
Carl le pasó una taza de té humeante y dos pastillas; él también se tomó un par.
—Ayudaría que rebajaras el ritmo de trabajo; si sigues así, te bajarán las defensas y te pondrás enfermo con frecuencia.
Grayson dio un sorbo a su té y emitió un murmullo que podía parecer de asentimiento pero que careció de entusiasmo.
—No tienes por qué… —Carl se detuvo a mitad de frase. La culpa tiraba de Grayson como un caballo de un carruaje; lo hacía trabajar sin descanso, lo hacía enfermar. Y Carl deseaba que se diera un poco de tregua, que se tomara su tiempo para sanar.
—¿No tengo por qué…? ¿Qué ibas a decir?
—Que no tienes por qué trabajar tanto.
Grayson permaneció con la nariz enterrada en la taza un buen rato. Luego la dejó y pasó un dedo por el borde, como acariciándolo y quitando el vapor del té.
—Quizá debería bajar el ritmo.
Carl contuvo el aliento, lleno de esperanza. Se limitó a asentir.
—Sobre todo, si tengo otras prioridades.
—¿Qué prioridades?
—Pasar tiempo con gente que me importa. Por placer.
Carl seguía conteniendo la respiración.
—¿Como quién? —le preguntó. Grayson volvió a trazar círculos con la uña alrededor de la taza—. ¿Sam?
A Grayson casi se le cae la taza, pero la sujetó a tiempo de que no volcara.
—¿A qué viene eso?
—Hablas de placer, de prioridades… Yo solo… —Carl alzó las manos—. No sé, ¿vale? Solo me lo preguntaba.
Grayson lo miró con los ojos llenos de… ¿curiosidad? ¿O era esperanza? Quizá era incredulidad, o cautela…, o quizá era todo eso a la vez. Cuando volvió a hablar, lo hizo en voz baja, con cuidado, sin apartar ni un segundo sus ojos de los de Carl, que estaba nervioso e inquieto.
—Sam es mi pasado. Una parte del viaje. Pero no es mi destino.
—Pero estabais enamorados, quizá, no sé, quizá podríais…
—No.
Tan sencillo como eso. Tan tajante. Y Carl se dejó caer en la silla, sin parar de asentir una y otra vez.
Grayson abrió la boca para añadir algo más, pero la cerró de nuevo. Luego, dijo:
—En cuanto a lo del trabajo… Sé que debería plantearme bajar el ritmo, pero me gustan los trabajos ocasionales, ayudar a otros, la variedad.
—¿Prefieres eso a labrarte una única carrera? ¿A ascender en un determinado trabajo?
—Sí.
Había algo tan reconfortante en esa convicción… Y Carl no pudo hacer más que pasarse ambas manos por la nuca y asentir y asentir de nuevo.
—Soy un privilegiado, lo sé. Tengo una casa sin hipoteca y una herencia. Puedo permitirme decidir qué trabajos elijo.
—¿Sabes qué? Tu capacidad para hacer… de todo sería un gran activo en un pueblo pequeño.
Grayson alzó la vista y fijó sus ojos oscuros en los de Carl.
—¿Un pueblo pequeño como el tuyo?
Carl intentó ignorar la sensación que notó en el pecho.
Grayson se aclaró la garganta.
—Dijiste que trabajas en una tienda de autoservicio. ¿Qué es, como un ultramarinos?
—Un poco más grande que los de aquí, pero sí.
—¿Cómo es?
Carl se vino arriba. Se animó en cuestión de segundos e incluso su voz se volvió más viva y expresiva mientras le contaba a Grayson algunas de las «desventuras» vividas en su tiendecita.
—Trabajar allí te hace feliz —dijo Grayson.
—No es lo más glamuroso del mundo.
—¿Y el glamour da la felicidad?
Carl titubeó antes de decir:
—Es agradable ser Jason y recibir toda esa atención, que te feliciten por tus logros.
—Tú tienes a todos los vecinos del pueblo yendo a tu tienda a cotillear. Eso también es atención, ¿no? ¿Y no es agradable?
Carl se quedó mirando a Grayson durante bastante rato. Y sintió algo, un golpeteo en el pecho, un repentino anhelo, nostalgia por su tienda. Y todo eso solo por hablar con Grayson de ello.
—¿No crees que soy un tío sin futuro? ¿Que mi vida es un callejón sin salida?
—Creo que tiene personalidad, que te pega, y me… gustaría verte. A ti, quiero decir, trabajando allí.