Capricornio encara a Escorpio Capítulo 13
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Capítulo 13

Capítulo Trece

¿Qué hace que un lugar sea un hogar? ¿Qué hace que un lugar sea un hogar?...

Carl pasó la mayor parte de la tarde paseándose por el porche delantero, hojeando la revista del mes pasado. Linda debía de ser tauro; esa era a la conclusión a la que había llegado por el énfasis que le había dado a la palabra «hogar».

Se dejó caer en una silla de mimbre, dejó la revista a un lado y arrancó una ramita de lavanda que le estaba haciendo cosquillas en el tobillo.

Darle vueltas y más vueltas a lo del hogar le había hecho un nudo en el estómago. Porque él había huido del suyo. En ese momento había creído que era lo mejor, pero… la verdad era que no podía esconderse allí para siempre.

Se sacó el móvil del bolsillo y volvió a leer el mensaje que le había mandado Jason.

En él decía que había opciones reales de que «su prima» Cora se casara con su novio; el novio que tenía dos hijas pequeñas.

Y la súplica implícita, la sugerencia velada de que tenía que hablar con Cora, decirle la verdad, ya hacía que el miedo se apoderara de él, pero era la mención a esas dos niñas lo que más le afectaba; lo que más le dolía.

Se metió con brusquedad el móvil en el bolsillo y, con la misma fuerza, rompió la ramita que tenía en la mano.

—¿Qué te ha hecho la lavanda?

Al oír su voz, la curiosidad en su tono, Carl se giró y se puso en pie de un salto.

Grayson, con un paquete bajo el brazo, subía por el camino de entrada con una expresión más apagada de lo habitual.

Durante un instante, el impulso de explicarle lo ocurrido esa mañana en la acera con Poppy lo poseyó.

Pero fue un deseo fugaz que desapareció con la misma rapidez que había llegado.

¿Por qué iba a soltarle todo aquello? Lo cierto era que no había nada entre ellos.

Además, aún tenía el pecho demasiado lleno de su madre.

La mirada preocupada de Grayson fue de Carl a la ramita destrozada y de vuelta a él. Carl se pasó los dedos impregnados de lavanda por el pelo.

—Estaba… molesto —le dijo a modo de explicación.

—¿Estabas? ¿En pasado?

Grayson subió al porche, sus ojos más preocupados que segundos antes, y…

a Carl le gustó verlo, ser testigo de cómo era capaz de dejar de lado sus propias preocupaciones para interesarse por las suyas.

Grayson era así. Bueno, considerado y generoso.

Y a Carl se le aceleraba un poco el corazón de solo pensarlo.

Se dejó caer de nuevo en la silla, apoyó la cabeza en el respaldo y se quedó un momento mirando a la nada antes de contestar.

—Lo estoy.

Grayson le quitó el polvo a un viejo taburete y lo arrastró hasta colocarlo a su lado.

—¿Quieres hablar de ello?

—No te preocupes, habrás venido por otra razón, no para esto.

—¿Necesito una razón para venir?

Grayson tragó saliva y apartó la mirada. Se colocó sobre el regazo lo que había traído bajo el brazo y Carl vio que se trataba del vestido de Sage —ni se acordaba de que se lo había dejado en el colegio— y del táper de la sopa quemada que le había llevado cuando estaba enfermo.

Carl se dio cuenta entonces de lo que ocurría. Ninguna de las dos cosas eran algo que devolver; nada urgente, nada que él necesitara. Eran una excusa para que Grayson sintiera que podía visitarlo.

De repente, respirar se convirtió en un acto más ligero, en cosquillas en los pulmones.

—Sí. Necesitas una razón —le dijo. Grayson frunció el ceño, y Carl se inclinó hacia delante, buscando su mirada, antes de añadir—: Pero la razón puede ser tener ganas de ver a un amigo. Sin más.

Tras un momento, Grayson asintió despacio.

—Quería ver a mi amigo. Y ahora quiero saber qué te pasa. —Miró la lavanda—. ¿Por qué estás molesto?

Carl soltó un suspiro que sonó más a quejido que a otra cosa y se dejó caer de forma dramática contra el respaldo.

—Cuando antes salí detrás de ti me encontré con Linda, y me dijo que tenía que pensar qué era el hogar para mí.

Grayson se enderezó de inmediato.

—¿Fuiste detrás de…? —Se aclaró la garganta y recondujo la conversación—. ¿Linda te dijo eso?

—Sí, y no he dejado de darle vueltas en toda la tarde. Luego mi hermano me escribió y aún estoy asimilándolo.

Grayson esperó con paciencia mientras Carl le explicaba el desastre que había dejado atrás.

—… Son buenas niñas. Una vez animé a una de ellas pintarrajeando una farola. Me cayó una buena multa, pero dejó de llorar. Aun así… —Carl agarró otra ramita de lavanda, y Grayson la salvó de la destrucción colocando una mano sobre la suya y retirándola con suavidad.

—¿Aun así, qué?

Carl dejó escapar un largo suspiro.

—Si Cora se casa… se convertirá en… una madre para esas niñas. —Bajó la cabeza, notaba la garganta seca—. Puede que ellas incluso la llamen «mamá» cuando yo nunca he tenido esa oportunidad y…

Carl oyó el sonido del taburete arrastrándose sobre el suelo del porche antes de sentir el calor de Grayson más cerca de él. Una cuidadosa mano le alzó la barbilla y luego descendió hasta su cuello, donde se quedó.

—Tú también quieres poder llamarla «mamá».

Carl asintió.

—Y quieres que ella te reconozca a ti como su hijo.

Por primera vez en su vida, el habitual picor tras los ojos se transformó en algo más; notó la visión borrosa y luego las lágrimas se deslizaron libres por sus mejillas.

Grayson lo había entendido de inmediato.

Había pronunciado las palabras que él nunca se había permitido admitir en voz alta.

No era tanto que quisiera llamarla «mamá» como el hecho de que ella reconociera que era su hijo.

Alguien digno del amor incondicional de una madre.

—Parece que estáis muy unidos —dijo Grayson en un murmullo—, aunque no os hayáis dicho la verdad. Quizá esa sea su forma de estar ahí para ti.

—¿T-tú crees?

—Va casi todos los días a pasar tiempo contigo en la tienda. Si eso no es amor…

Carl se tapó la cara con las manos.

—Siempre sabes qué decir. —Soltó una risa—. Algo escondes. Eres demasiado perfecto.

—¿Perfecto?

Había algo en su tono… Carl se asomó entre los dedos con los que se tapaba los ojos y vio la expresión engreída y orgullosa de Grayson; bufó antes de decirle:

—He hablado demasiado pronto.

Grayson volvió a ponerse serio.

—Creo que, en el fondo, quieres hablar con ella.

Carl se tragó el nudo que se le había formado en la garganta y asintió.

—¿Quieres practicar?

—¿Practicar? ¿Cómo?

Grayson se quedó unos segundos pensando, luego cogió el vestido de Sage y se lo echó sobre los hombros.

—¡Grayson! —Carl se rio, empujándolo.

—Encárame a mí como si yo fuera ella —dijo, quitándose el vestido.

Carl respiró hondo y dejó salir el aire despacio.

—Me siento… raro.

—Conmigo puedes ser todo lo raro que quieras.

—Lo que es… raro. Pero reconfortante.

—Imagina que soy tu madre. He entrado en tu tienda y… —Grayson vio la revista que Carl había dejado antes y la cogió— estoy a punto de leerte el horóscopo. Adelante.

Carl bajó la revista que Grayson estaba hojeando.

—Sé la verdad, Cora.

—¿La verdad? ¿Qué verdad? Ja, ja, ja.

Carl hizo una mueca.

—Mejor sin voz de mujer.

Grayson se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo.

—La verdad sobre… nosotros

—¿Lo sabes?

—No he querido sacar el tema antes porque no quería parecer desagradecido. Patricia se ocupó muy bien de mí cuando era pequeño, y la considero mi madre, pero siempre he tenido un vínculo especial contigo.

Grayson lo animó a continuar.

Carl inspiró con intensidad.

—Sé que eres mi madre biológica. Sé que tengo un hermano gemelo. Y sé que no podías cuidarnos a ambos.

—¿Estás… enfadado?

—No. Patricia se apañó a duras penas conmigo. No te culpo por dar a Jason en adopción. Mira hasta dónde ha llegado porque tuvo la oportunidad de crecer en una familia que sí podía cuidarlo.

Grayson le sujetaba la mano con fuerza. Carl no sabía quién había agarrado a quién.

—Aun así, descubrirlo fue… impactante. Cuando conocí a Jason estaba muy confundido.

Desde que lo sé, me han surgido mil preguntas que nunca me he atrevido a haceros a Patricia o a ti.

Y me ha costado rendirme a no tener respuestas.

No quería alterar el equilibrio que manteníamos.

No quería herir los sentimientos de Patricia ni incomodarte a ti.

Así que he estado huyendo de mis sentimientos.

Carl se atragantó con las palabras, incapaz de seguir.

La mera idea de desestabilizar a la familia le costaba horrores.

¿Y si eso lo distanciaba de Patricia? ¿Y si Cora no quería que la reconociera como su madre y dejaba de visitarlo a diario para evitar la situación?

¿Y si perdía a dos personas que le importaban?

Carl miró a Grayson, presa del pánico.

—¿De verdad tengo que enfrentarme a esto?

Grayson le apretó la mano con cariño.

—Quizá encarar tus sentimientos sea liberador.

—¿Liberador cómo?

La pequeña sonrisa que Grayson le dedicó estaba llena de comprensión.

—¿Quizá te ayude a recomponer tu corazón roto? Una conversación es suficiente para hacerte cambiar por completo una perspectiva y que el corazón se te ponga en marcha de nuevo. Quizá verbalizar lo que sientes, hacer esas preguntas, te ayude a sentirte más en paz con tu familia. También con tu ex.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de que las cosas pueden cambiar con una sola conversación?

Los ojos de Grayson sostuvieron los de Carl, oscuros, intensos; felices y llenos de frustración al mismo tiempo.

—Porque lo sé.

Carl le apretó aún más su pobre mano y abrió la boca para hablar, pero el timbre estridente del teléfono de Grayson lo interrumpió.

—Señor Wilson —respondió, soltando la mano de Carl—. Sí, iré esta noche. Ceno algo y voy.

Cuando colgó, miró a Carl con pesar.

Carl asintió y se puso en pie. Iba a decir que no pasaba nada, que hablarían luego. Pero…

Cogió el vestido y el táper del regazo de Grayson, puso ambas cosas en la silla de mimbre y señaló la verja con el pulgar.

—¿Puedo ser tu asistente esta noche?

Jason llamó mientras pedían la cena. Tras el último mensaje de su gemelo, no estaba seguro de querer responder, pero Grayson, a su lado, le dio el valor que necesitaba.