Capricornio encara a Escorpio Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Leo hizo una mueca y se dio unos golpecitos con el extremo del palo en la barbilla.

—Trato hecho.

—Estupendo; ahora, si pudieras empujarme un poquito o llevarme a rastras de vuelta al salón de actos…

Leo se rio, tiró el palo y luego tiró de Carl hasta allí. Nada más entrar vieron a Sage, que se dirigía hacia los voluntarios sentados alrededor de varias mesas llenas de cupcakes. A juzgar por su sonrisa aliviada, parecía haber llegado antes de que la reunión empezara de forma oficial.

Carl entró arrastrando los pies —con Leo empujándolo por la espalda— mientras Grayson terminaba de responder a alguna pregunta que alguien le había hecho y bajaba trotando las escaleras del escenario.

Su mirada se encontró primero con la de Carl y luego recorrió el salón hasta aterrizar en Sage, a quien los profesores elogiaban por sus increíbles cupcakes.

—¡Los colores del uniforme, qué gran idea! El día del evento el espíritu escolar estará a tope.

Las brujas observaban con los labios apretados.

—No es que reciba mucha atención, que disfrute de esta rara ocasión —susurró una bastante alto.

Las manos de Leo se quedaron inmóviles en su espalda.

—No me puedo creer la suerte que tiene últimamente —murmuró otra—. Con Jason Lyall siempre rondándola.

—Seguro que la deja tirada en menos que canta un gallo.

Carl sintió el bajón en todo su cuerpo; aun así, dio otro paso hacia el escenario.

Pero entonces Leo le agarró un brazo —casi se colgó de él— y tiró de él hacia atrás; Grayson intercambió una mirada con el niño y lo cogió del otro brazo, sacándolo del salón principal casi en volandas.

Las puertas se cerraron tras ellos, Leo y Grayson soltaron un largo suspiro casi a la vez.

Carl, con la espalda apoyada contra la pared, los miró a ambos.

—¿No se suponía que tenía que confesarlo todo?

—Esas madres siempre están avergonzando a la mía.

Grayson asintió, serio, antes de decir:

—Ya se nos ocurrirá otra forma mejor de hacerlo.

—Gracias a Dios —dijo Carl, suspirando.

Se le estaba clavando algo en la espalda, así que, en cuanto lo soltaron, Carl se separó de la pared y miró las fotos enmarcadas contra las que había estado apoyado.

Eran imágenes de profesores y voluntarios del consejo escolar a lo largo de los años.

Había demasiadas de aquellas brujas y también…

una cara que le resultaba familiar. La foto era de hacía cinco años. ¿Se trataba de…?

Antes de que pudiera detenerse más tiempo en la imagen, un grupo de niños del campamento de verano irrumpió en el vestíbulo de camino a las cocinas, y él, Leo y Grayson aprovecharon el jaleo para escabullirse.

Ya fuera, Grayson recibió una llamada, que atendió a regañadientes. Les hizo un gesto para indicarles que le llevaría un rato y les dijo que siguieran con lo que fuera que tuvieran planeado hacer.

Leo dijo que tenía que volver a Arcoíris, y Carl decidió ir con él.

Hizo el camino un tanto nervioso y, cuando entró en la pastelería, silenciosa y sin clientes en aquellos momentos, se acercó a Poppy, que le sonreía desde el mostrador.

Su sonrisa hizo que Carl se mordiera el labio.

Ahora que Grayson no estaba, lo veía claro: el brillo en sus ojos, esa mirada siguiendo cada uno de sus pasos, cierto deje de lascivia en la forma en que arqueaba la ceja…

Todo eso iba dirigido a él. Se había equivocado.

No había un pasado común entre Poppy y Grayson, no existía una hipotética relación que a pesar de no haber funcionado nunca se olvidó.

Y, aunque era consciente de que todas esas miraditas eran para Jason y no para él, resultaba…

estimulante; podía entender por qué a Grayson le encantaba ese tipo de atención aunque nunca correspondiera los sentimientos de su fándom.

Uno se sentía halagado, era inevitable. Aunque no lo demostró, no fuera a ser que Poppy se hiciera una idea equivocada.

Se aclaró la garganta y se apoyó en el mostrador. Se dio cuenta de que esa postura, la forma de inclinarse en la barra, resultaba demasiado íntima y se irguió un poco, señalando por encima del hombro con el pulgar.

—¿Podemos hablar un momento?

La sonrisa de Poppy era pura esperanza. Se quitó el delantal y se lo lanzó a Leo, diciéndole que atendiera el mostrador, y en cuatro zancadas se puso a su altura, agarrándolo por la muñeca y tirando de él hacia la puerta.

Pero Carl se tropezó en el puñetero desnivel del umbral y ambos se cayeron hacia fuera, escaleras abajo.

Carl se preparó para darse de bruces contra la acera —y quizá contra algún transeúnte—, pero Poppy lo atrapó entre sus brazos con rapidez e incluso tuvo tiempo de girar mientras se moría de risa.

—Directo a mis brazos —dijo.

Cuando Carl recuperó el aliento, alzó la vista y…

a unos metros de ellos, como si fuera de piedra en medio de la calle, Grayson los miraba.

Había algo en él, los hombros caídos, la mirada, que parecía no contener su profundidad habitual.

¿Estaba apretando la mandíbula o era un efecto de la luz?

Era como si el aura que siempre lo rodeaba y que era puro carisma se hubiera apagado. Estaba… gris.

Carl notó un dolor punzante en el pecho y trató de soltarse del agarre de Poppy, que lo sujetaba con fuerza. Cuando por fin lo logró y quedó libre, Grayson ya se escabullía hacia la cafetería de enfrente.

Seguro que había parecido que se estaban enrollando; y, aunque a Grayson no debería importarle, Carl no pudo evitar las náuseas que de repente lo asaltaron ni que el corazón le empezara a latir desbocado. Sentía el enorme impulso de explicarse, de decirle que no era así.

Dos personas pasaron junto a ellos, rumbo a la panadería, y Poppy le dio una palmadita en el brazo antes de decirle:

—Mejor voy a ayudar a Leo. ¿Podemos dejar la charla para luego?

Pero Carl no podía dejarlo para luego. Las palabras le hormigueaban en la tripa, le trepaban por la garganta; se le iban a salir solas.

—No quiero que haya un «luego».

Poppy se quedó mirándolo con el ceño fruncido y Carl trató de explicarse mejor, sin tanta urgencia:

—Eres un tío muy interesante, pero no me gustas.

Poppy se quedó callado unos segundos. Luego suspiró, se frotó la mandíbula y apartó la vista.

—Es Grayson, ¿verdad?

Carl dio un respingo.

—¡No!

Poppy lo miró con una ceja alzada en señal de incredulidad.

Carl negó con la cabeza —poniéndole mucho entusiasmo a su negativa— e ignoró la voz en su mente que le decía lo contrario.

—No es que haya alguien más, es solo… que ese alguien no eres tú.

Tras unos segundos, Poppy soltó una risa despreocupada y se encogió de hombros.

—Vale. Había que intentarlo.

Carl siguió mirando hacia el otro lado de la calle; Poppy se dio cuenta y le hizo un gesto para que se fuera.

—Anda, vete. Tengo que ayudar a Leo —le dijo antes de volver al interior de la panadería.

Carl fue a la cafetería, se abrió camino entre los clientes que estaban tomando algo y respondiendo a preguntas de trivial. Pero ¿dónde estaba Grayson?

—¿Buscas a alguien?

Carl se giró hacia una voz conocida: Linda, sentada en el reservado del rincón, observándolo con atención por encima de un bizcochito de frambuesa relleno de crema.

Se acercó a ella sin dejar de mirar a su alrededor.

—¿Has visto a Grayson?

—Entró, se bebió un vaso de agua de un trago y salió por la puerta de atrás.

¿Habría salido por detrás para evitarlo a él? ¿O simplemente quería darles espacio? O quizá solo tuviera muchísima sed…

¿Por qué se estaba comiendo la cabeza de esa forma? ¿No era porque quería, albergaba la esperanza de que Grayson se hubiera sentido decepcionado al verlo con Poppy?

«¡No seas ridículo!», se dijo.

Luego se mordisqueó el labio y se dejó caer en el asiento frente a Linda.

—¿Qué debería hacer?

La pregunta era retórica, iba dirigida al universo, no a Linda; pero la mujer le contestó a su críptica manera de siempre:

—Pregúntate qué es lo que convierte un lugar en hogar. Y llegarás. Ya verás.

A Carl se le pegó la respuesta a la piel y la llevó con él el resto del día.