Capricornio encara a Escorpio Capítulo 12
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Capítulo 12

Capítulo Doce

Grayson y él llevaron los cupcakes en el coche de Sage, lo que sin duda ayudó a que nadie viera a Carl con el disfraz y la pantomima tuviera más posibilidades de funcionar. Durante el trayecto —dos minutos de puerta a puerta—, Carl lo miró de soslayo en varias ocasiones. Hasta que le preguntó:

—¿A qué ha venido todo eso? Lo tuyo con Poppy, digo.

Grayson se quedó mirando a través del cristal del parabrisas al semáforo en el que se habían detenido. Tras unos segundos, contestó:

—Estábamos compitiendo. Por… tu aprobación.

Carl tardó un momento en procesarlo.

—¿Eso era por mí? ¿Por qué? ¿Sage le dijo que soy uno de tus grupis? ¿Y se lo ha creído? Y tú… —Carl le dio un pequeño puñetazo en la parte superior del brazo—, mira que eres malo, ¿eh? —Se rio—. Lo has tenido decorando cupcakes toda la mañana solo para picarlo.

—¿Picarlo? ¿A él? —murmuró Grayson—. Pero si lo que he hecho ha sido dar un espectáculo de celos.

Carl le dio unas palmaditas en el hombro, asintiendo.

—Estás haciendo que se lo curre. Bien por ti. Iré a verlo luego, cuando terminemos aquí.

Grayson frenó en seco al cruzar las puertas del colegio.

—¿Vas a volver con él?

—Para aclararlo todo.

Y rechazarlo con tacto y educación. No creía que pudiera tener algo con Poppy, ni siquiera un rollo sin compromiso.

Carl observó a Grayson mientras salía del coche; su elegancia, su belleza, su…

Se dio otra bofetada en la mejilla.

—¿Estás bien? —le preguntó Grayson.

—Sí, sí, solo era un bicho.

Un bicho más que listo para aguijonearle el corazón; había que aplastarlo de inmediato.

Una vez dentro, colocaron las bandejas con las tres docenas de cupcakes en la cocina, donde los profesores y las madres voluntarias no podían verlos bien.

Fue más fácil de lo que había pensado. Grayson ni siquiera tuvo que interpretar el papel de ayudante de Sage ni poner ninguna excusa sobre dónde estaba, porque las brujas sacaron sus propias conclusiones.

—¡Sage ya está aquí! ¡Qué pronto!

—Si que está deseosa de impresionar, sí…

—Dejadla que tenga su momento de gloria.

De hecho, al oír eso, Carl estuvo a punto de echarlo todo a perder.

Alzó la cabeza de golpe, furioso, y fue gracias a Grayson —que lo agarró y empezó a bailar con él como hacía con Sage— que no lo pillaron.

Giraron al ritmo de Almost Home, de Mariah Carey.

Al principio, Carl estaba rígido, alterado, pero pronto se acomodó a la música que salía del teléfono de Grayson y disfrutó del baile como lo hubiera hecho Sage.

Aunque siguió lanzando rayos con la mirada hacia el lugar por el que habían desaparecido las brujas y apretó con tanta fuerza la mano de su acompañante que temió que sus palmas se quedaran pegadas para siempre.

Cuando estuvieron solos del todo, Carl dejó de bailar y le dijo a Grayson al oído:

—¿Puedo ponerles un poco de laxante entre el bizcocho y la cobertura?

Notó la risa grave de Grayson vibrando contra él, y entonces se dio cuenta de lo juntos que estaban sus cuerpos; el pulso se le aceleró, un escalofrío lo recorrió entero y se apartó lo más rápido que pudo para volver a las bandejas de cupcakes.

Miró la hora; ya eran y cuarto. Sage llegaría en unos cinco minutos, diez como mucho, y alguien tenía que retrasar un poco el comienzo de la reunión…

Así que, asegurándose de que nadie podía verlo, se quitó el vestido, la mascarilla y la redecilla.

En cuestión de segundos, volvió a ser Carl.

No, corrección: volvió a ser Jason Lyall.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Grayson cuando vio que se dirigía hacia el salón de actos.

—Retrasarlo. Sage querrá estar presente desde el principio. ¿Te encargas tú de llevar los platos a las mesas?

—Pero el piano… ¿Y si te presionan para que toques? —Grayson le dio un golpecito en la muñeca—. No llevas el vendaje.

—Todo esto ha sido muy improvisado, no lo he traído.

Grayson lo llevó de nuevo a la cocina; el arrastrar de sillas y el murmullo de profesores y padres voluntarios en el salón de actos se convirtieron en un zumbido de fondo.

Grayson abrió cajones y armarios, buscando con rapidez, sin soltarlo del todo.

Carl se quedó mirando la mano que lo sostenía con tanto cuidado mientras, con la otra, Grayson abría y buscaba algo en los cajones. Se preguntó si notaría su pulso acelerado bajo los dedos, como durante aquel momento compartido en la playa bajo la toalla.

Se abanicó la cara con la mano libre. Había mucho más aire que respirar en aquella cocina y, aun así, parecía igual de asfixiante.

—¿Estás bien? —le preguntó, al verlo abanicándose.

Carl dejó caer la mano y asintió.

—Espera un segundo —dijo Grayson, tras encontrar una bolsa con tiritas en el cajón de los cubiertos.

El contacto en su muñeca desapareció, pero no la sensación de sus dedos suaves sobre la piel.

Y Carl se quedó mirando el punto donde lo había estado tocando hasta que Grayson apareció de nuevo a su lado, sosteniendo una tirita embadurnada de mermelada de frambuesa.

Con cuidado, le envolvió el dedo índice con ella y alisó con la uña una esquinita que se había quedado levantada.

El leve roce lo hizo estremecer, fue un escalofrío intenso y a Carl…

le gustó. Mucho. Y, por un momento…, no quiso ignorarlo.

Luego cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza. «Rompecorazones», se dijo a sí mismo.

—Ya está —comentó Grayson—. Más credibilidad.

Un aspaviento hizo que Carl volviera a abrir los ojos y se girara hacia Leo, que estaba junto al marco de la puerta de la cocina con el ceño fruncido y cara de confusión.

—¿Qué…?

—¡Leo! —dijo Grayson, intentando sonar alegre a fin de distraerlo, sin duda—. ¿De dónde has salido?

—Me aburría en la panadería y he venido a ver si necesitabais ayuda.

Leo le seguía mirando el dedo vendado, y a Carl la culpa empezó a ahogarlo hasta que se le asentó como un peso pesado en la tripa.

Hasta ahí había llegado como Jason. Llevaba tiempo encontrando excusas para no decir la verdad, siempre había otra emoción que se imponía, otra cosa que podía más, pero en esos momentos…

Leo apretó los labios y frunció más el ceño.

El murmullo del salón había cesado, la reunión estaba a punto de empezar. Y su intención era retrasarla, por Sage, pero ante la disyuntiva entre mentir para ayudarla o salvar su amistad con Leo…

Carl se volvió hacia Grayson y le puso una mano suplicante en el brazo.

—No puedo entrar ahí.

Grayson le sostuvo la mirada, sus ojos oscuros llenos de ternura y comprensión.

—Ve. Yo me encargo.

Arrastrando los pies, Carl salió al exterior con Leo.

No se miraron ni dijeron nada mientras cruzaban el patio de cemento, subían por un sendero en zigzag y rodeaban el parque infantil hasta un mirador desde donde se veían las colinas salteadas de pequeñas casas.

Se sentaron en el suelo, la hierba estaba fría y suave.

Leo cogió un palo y empezó a clavarlo en la tierra.

Carl pensó que se merecía estar bajo ese palo.

Suspiró y se quitó la tirita.

—Has visto a Grayson untar esto con mermelada, ¿verdad?

—¿Por qué? —le exigió Leo, clavando los ojos en él.

—Algo me dice que ya lo sabes.

—Llevaste un vendaje a la asamblea y no pudiste actuar. Ahora llevas una tirita llena de mermelada. No quieres tocar.

—Ajá. No quiero tocar.

—¿Porque es demasiado pedir? ¿Porque no te pagamos? O… —Clavó el palo en la hierba otra vez.

—Termina la frase.

—O no sabes tocar.

Carl se pasó una mano por el pelo y miró hacia las colinas en la distancia.

—A ver, quizá pueda sacar de oído el Estrellita, ¿dónde estás?, pero poco más.

Leo soltó el palo y lo miró fijamente.

—¿No eres pianista profesional? ¿Por qué mi madre pensó que…? ¿Por qué fingiste que lo eras?

—Buenas preguntas. Tu madre tenía razón, Jason Lyall es un pianista famoso.

—¿No eres Jason Lyall? Oh, Dios mío. ¿Eres su gemelo malvado?

—¿Dirías que soy malvado?

—¿Eres su gemelo?

—Y un impostor; un cobarde.

Leo abrió la boca para decir algo y a continuación la cerró de golpe. Parpadeó. Y volvió a parpadear.

—¿Has estado fingiendo ser tu gemelo? ¿Él lo sabe? ¿Estáis compinchados para confundirnos?

Carl le explicó la situación. El intercambio con su hermano solo duraría unas semanas, se suponía que Carl no debía meterse en problemas en Wellington, y le reconoció que quizá habría sido mejor no hacerse pasar por él. Pero…

—Lo confieso, tenía curiosidad por saber qué se sentía. Cómo era ser él. Todos estabais tan ilusionados por conocerme, por trabar amistad conmigo… No sé, me hizo sentir bien.

—Así que no eres más que un viejo tonto que se siente solo.

Carl hizo una mueca.

—Te saco unos doce años… Vale, entiendo lo que quieres decir. Soy tonto, sí.

Leo volvió a coger el palo y lo zarandeó sobre la hierba.

—A mi madre y a mí nos hizo muy felices pensar que habíamos conocido a alguien famoso al que le gustaba estar con nosotros.

Carl bajó la cabeza.

Leo le pinchó el brazo con el palo.

—Creo que entiendo por qué pensaste que todo saldría bien. Si tu hermano volvía y retomaba mis clases donde tú las hubieses dejado, en cierto modo, nos habrías ayudado. Y creo que también entiendo por qué has seguido fingiendo. Es sobre todo por mí. Para que yo quede bien delante de esos abusones.

—Estaba intentando hacer algo bueno, ¿ves? —dijo Carl, viniéndose arriba.

Leo negó con un dedo.

«Vale, vale».

Carl dejó caer la cabeza.

—Supongo que tendré que confesarlo delante de todos.

Leo asintió.

—Deberías aprovechar que están todos reunidos. Así no tendrás que admitir tus fallos por separado y repetirlos una y otra vez.

Carl sintió que el pavor se apoderaba de él y lo petrificaba, como si fuera una piedra hundiéndose en la tierra. No quería levantarse, pero la mirada suplicante de Leo…

—No quiero afrontar las consecuencias —admitió Carl, levantándose con esfuerzo.

—Dijiste que hay que tener valor para vivir nuestros sueños.

—Pero este no es mi sueño.

—Ya sabes a qué me refiero.

—Vale. —Carl refunfuñó—. Pero recuerda esas palabras cuando te toque a ti subir al escenario.