Capítulo 11 #3
—Elige a Grayson —le susurró Leo.
—Elige a Poppy —dijo a su vez Sage con una risita.
—Hum, a ver… —Carl miró primero a uno y luego al otro—. Tomaré la decisión en función del resultado final. Venga. —Quería acabar con aquello cuanto antes—. Enseñadme qué tenéis.
Ambos dejaron las mangas pasteleras y colocaron el primer cupcake ante el trío que conformaba el jurado.
Leo votó por Grayson, Sage, por Poppy; le tocaba a Carl desempatar.
Ambos tenían pintaza. Uno era verde, el otro amarillo; el de Poppy con una espiral de chocolate en la parte superior; el de Grayson con pepitas.
—Se me hace la boca agua con los dos —dijo Carl.
Dos miradas esperanzadas estaban clavadas en él, hasta que sus dueños las desviaron y fijaron los ojos el uno en el otro con renovada determinación.
Se sacudieron las manos enguantadas en un claro «manos a la obra», destensaron los hombros con movimientos circulares, preparándose, y se pusieron de inmediato con el siguiente.
Los segundos cupcakes fueron una cosa escandalosa. Tenían más glaseado que bizcocho. Grayson dibujó figuras de niños de chocolate alrededor; Poppy hizo olas; por la piscina para la que recaudaban fondos, supuso Carl.
Pero los últimos se llevaron la palma. No se veía el cupcake bajo aquellas decoraciones dignas de tarta nupcial.
En el de Grayson, intrincadas hojas verdes coronadas por tres flores amarillas; el de Poppy era una esfera encima de la cual había un minialumno del colegio hecho de glaseado que parecía estar… comiéndose un cupcake.
Carl se pasó las manos por la cara.
Vaya par.
Se centró en los primeros que les habían presentado y los señaló.
—La mitad así y la otra mitad así. Bonitos y prácticos.
—¿Ganamos los dos? —preguntó Poppy, algo decepcionado.
Carl parpadeó mirando a los chicos y a sus dulces.
—Llamarlo ganar es ser muy optimista.
A Grayson se le escapó una risa, se recolocó la redecilla y dijo:
—Venga, pues a glasear.
Carl miró la hora. Tenían que darse prisa.
—Voy un momento a casa de Sage. ¿Los podréis tener listos cuando volvamos?
Apenas había terminado la frase cuando ambos se centraron en su extraña competición. Se estaban comportando como críos, ¿era aquello algún tipo de tonteo? Carl necesitaba salir de allí, y cómo agradeció la brisa que sintió nada más cruzar la puerta.
Si alguna vez se comportaba de forma tan tonta como ellos…
«¿Tan tonta como intercambiar vidas con tu gemelo y hacerte pasar por él?», le preguntó una voz en su interior. «¿O te refieres a lo que estás a punto de hacer por Sage?».
Vale, su voz interior tenía razón. Pero ¿una dosis de locura no les daba más vidilla a las cosas? Pues eso.
Asintió para sí mismo, acompañó a Sage a su casa y se hizo a toda prisa con todo lo necesario. Cuando regresaron a la panadería, Poppy y Grayson se movían por la mesa de forma frenética, compitiendo por terminar la última fila.
Leo miró a Carl y a su madre y abrió mucho los ojos.
—¿Mamá? ¿Jason? ¿Por qué estáis…?
Tras un «¡ja, he ganado!» muy entusiasta por parte de Poppy, otros dos pares de ojos muy abiertos se posaron en ellos. Y parpadearon. Mucho.
Grayson dejó la manga pastelera, se limpió las manos en el delantal plateado y se acercó, recorriendo a Carl con la mirada de arriba abajo.
—¿Por qué lleváis el mismo vestido?
Carl y Sage dieron una vuelta luciendo sus vestidos idénticos. Bajo el suyo, Carl llevaba pantalones cortos y camiseta; quitarse el disfraz sería pan comido.
—Poppy, ¿nos pasas unas redecillas?
—Y mascarillas —añadió Sage—. Hay debajo del mostrador.
Con el pelo cubierto y las mascarillas puestas, a simple vista —y así sería como les vería la gente, de lejos y poco— resultaban bastante parecidos. Incluso eran de una altura similar.
—¿Y se puede saber cuál es el propósito de tremendo atuendo? —preguntó Grayson, con las cejas aún por las nubes.
Carl se acercó y le susurró al oído:
—Voy a necesitar tu ayuda, si es posible. Si las madres preguntan dónde está Sage, tú señala vagamente hacia mí y diles que me uniré a ellas enseguida.
—Si él no quiere, te ayudo yo —saltó Poppy, alzando la mano en un desesperado «¡yo, yo, yo!».
Grayson agarró el cuello del vestido de Carl y se lo alisó, estirándoselo bien sobre la camiseta que llevaba debajo.
—Conozco el colegio y a esas madres. Lo haré yo. Tú mantén el fuerte aquí con toda esa experiencia pastelera que tienes. —Eso último lo dijo con tonito.
Leo seguía mirando a Carl y a su madre, que no paraba de reírse, y que terminó dando al niño un pequeño capón y revolviéndole el pelo.
A Carl se le hizo un nudo en la garganta al ver esa demostración de cariño tan natural, pero intentó deshacerse de la punzada de dolor antes de que fuera evidente.
A Grayson pareció bastarle una sola mirada para notarlo, aunque no le dijo nada, Carl no le dio opción, escabulléndose hacia la cocina antes de que pudiera decirle algo sabio y con mucho sentido.
Esa mañana estaba muy volátil, no necesitaba que le echaran más leña al fuego.
—Venga, vamos allá.