Capricornio encara a Escorpio Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—¡Claro que sí, eso es! —Sage le dedicó a Carl la sonrisa más grande y agradecida del mundo—. Fue un discurso supermotivador. —Miró a su hijo con orgullo—. ¿De verdad lo harás?

Leo clavó los ojos en Carl, la súplica evidente en su mirada.

—Si Jason me ayuda a mejorar…

Carl casi podía palpar la esperanza que contenían las palabras del niño, pero a él se le hizo un nudo en la garganta.

En un sentido práctico, no había mucho que pudiera hacer para ayudar.

Y se sentía fatal, porque Leo y Sage creían que sí.

Además, junto a esa culpa cada vez más arraigada, se sentía sumamente responsable de la situación; Leo se veía capaz de subirse a un escenario y encarar a sus bullies.

Y arrebatarle esa valentía, ese coraje recién descubierto, era igual de malo —peor, incluso— que las mentiras.

Carl cogió su vaso y bebió tres grandes tragos de agua; le dedicó una mirada a Grayson, que se mordisqueaba el labio inferior como si tampoco supiera cuál era la mejor respuesta, sus ojos oscuros llenos de dudas.

—Me encantaría apoyarte en tu valentía —dijo por fin Carl. Y era cierto. Completamente.

Leo se levantó de la silla de un salto, con el puño en alto:

—¿Puedo ir otra vez mañana a tu casa y me ayudas a elegir qué pieza tocar?

Carl le dedicó una sonrisa tensa, asintió y bajó la vista.

—¿Eres músico? —le preguntó Poppy mientras lo recorría con la mirada con más interés aún que antes—. Quizá algún día te puedas pasar por mi casa y tocarme algo.

A Grayson se le volcó el vaso; un río de agua con hielo empezó a correr por la mesa y cayó en cascada en el regazo de Poppy, que chilló y se levantó a toda prisa.

Mientras trataba de secarse, fulminó a Grayson con la mirada, pero, tras unos segundos, pareció pensárselo mejor y cambió el gesto.

—Bueno… —dijo, y una sonrisa un tanto malévola se le dibujó en la cara—. No pasa nada. Siempre puedo quitarme los pantalones.

La mirada de Carl fue directa al regazo empapado de Poppy y, de repente, Grayson estaba a su lado, levantándolo de la silla y arrastrándolo hasta la cocina.

—Vamos a fregar. Ya nos encargamos nosotros del postre.

Grayson se puso unos guantes de látex y empezó a amontonar tablas, cuchillos y cucharones de madera en el fregadero. Carl cogió un paño y empezó a secar lo que Grayson fregaba.

—¿Cómo es que al final decidiste venir a cenar?

—No debería haber venido. Me repetí una y otra vez que no debería.

—Ah, ¿sí? ¿Te tuviste que autoconvencer?

Grayson volvió a abrir el grifo y siguió fregando. Tardó un rato en contestar.

—Sí, hum, es que… tenía muchas cosas que hacer. —Con un dedo, explotó varias burbujas del agua con jabón del fregadero—. Pero no pude evitarlo: Sage y Leo son muy divertidos, me encanta pasar tiempo con ellos.

Carl dio un paso hacia él. Estaba a punto de preguntarle qué pensaba de lo de las clases de piano cuando Poppy apareció con una pila de cuencos.

—Dejad que os ayude. —Le quitó el paño y se colocó entre ellos.

No hubo ninguna posibilidad de hablar a solas con Grayson después de eso. Ni durante el postre, ni cuando Leo se fue a la cama, ni cuando terminaron la velada tomando un brandy en el salón.

—Sage —dijo Poppy desde el sofá, donde estaba recostado con unos pantalones cortos que le había prestado su prima—, ¿te importa si me quedo aquí esta noche?

—Claro que no.

Poppy miró entonces a Carl.

—¿Quizá nos podamos ver mañana por la mañana?

Grayson se levantó de la butaca, le dio las gracias a Sage por todo y dijo:

—Es hora de irnos. —Miró a Carl—. ¿Dejamos descansar ya a nuestra anfitriona?

En la puerta, Carl volvió a ponerse todas sus capas y, ya fuera —con la puerta cerrándose a sus espaldas—, Grayson le añadió la bufanda.

—Eso es lo que deberías haber llevado puesto.

—¿Qué te pasa esta noche? Estás… raro.

Grayson atravesó el portón del jardín delantero, llegó a la acera y le lanzó una mirada antes de decir:

—Te estaba comiendo con los ojos.

—¿Quién, Poppy?

—Sí. Esa camisa es superajustada y los vaqueros son… un escándalo.

—¿Qué tienen de malo los vaqueros? Aparte de que me aprietan.

—Pues que despiertan el hambre de cualquiera. Dicen «ven y cómeme».

—Eso no es verdad.

—Sí que lo es.

—Bueno, ¿y qué pasa si estoy… devorable?

—Se suponía que querías subirle la moral a Carl. No a Jason.

—¿Por eso llevas raro toda la noche?

Grayson se giró de golpe para mirarlo; tragó saliva de forma evidente.

—¿No habíamos quedado en ser amigos? Un buen amigo se preocuparía por ti. Por tu verdadero tú.

El verdadero él.

En la calma de la noche, bajo el suave resplandor de una farola, esas palabras revolotearon a su alrededor antes de traspasarle la piel y quedarse en su interior dando vueltas.

Se acercó un paso a Grayson, que se tensó pero no se apartó, fijando su intensa mirada en él y haciéndole todavía más cosquillas en la tripa. Su mirada era profunda, reflexiva y, tal y como acababa de decirle, protectora.

El viento agitó los árboles, las hojas crujieron, y, de forma abrupta, Grayson dio un paso atrás.

—Mañana iré a hacer surf. Temprano. —Miró hacia la casa de Sage con ojos entrecerrados antes de fijarla de nuevo en Carl—. ¿Quieres venir?

Carl no tenía mucha experiencia haciendo surf; y Jason tampoco, a juzgar por la total y absoluta ausencia de prendas de neopreno en su armario. Pero, aun así, sin equipación ni nada, Carl estaba hiperilusionado con el plan.

Trató de no prestar atención a los pequeños chispazos que le recorrieron el cuerpo al ver a Grayson, escondió esa sensación en un compartimento de su cerebro al que puso la etiqueta de «no abrir», y se concentró en disfrutar del aire fresco de la mañana y de la naturaleza.

Se subió de un salto a la camioneta de Grayson, que esperaba con el motor en marcha, y le pasó uno de los dos cafés que llevaba.

—Me encanta que seamos tan madrugadores.

Grayson cogió el café que le tendía, no sin antes mirar la entrepierna de Carl con una ceja arqueada.

—¿Porque a quien madruga Dios lo ayuda?

Carl se puso rojo, notó el calor hasta en las orejas.

—Vas a recordarme esa ridícula caída el resto de mi vida, ¿no?

Grayson se rio.

—Nunca menosprecio los esfuerzos titánicos de mis fans por conquistarme. Lo mínimo que puedo hacer es apreciar tanta dedicación.

Carl le dio un manotazo en el brazo.

—Retira eso.

—Ni hablar.

—Es un milagro que no midas tres metros, no sé dónde te cabe tanto ego.

Cuando llegaron a Houghton Bay, aún no había nadie; la arena fría bajo los pies descalzos de Carl hizo que un estremecimiento de felicidad le recorriera el cuerpo.

El amanecer pintaba el cielo con pinceladas rosas intensas y ondulantes, y más allá de la costa escarpada y rocosa, se abría una vista espectacular del estrecho de Cook.

A lo lejos, los picos montañosos de la isla Sur.

Ya en neopreno, Grayson se puso la tabla bajo el brazo y contempló la vista ante él.

—El día que te quitaron la bici vino un grupo de delfines a la bahía. Y una vez vi orcas justo ahí —dijo, señalando con un dedo a un punto en el mar.

—En mi pueblo tenemos serpientes tigre y arañas gigantes.

—Vaya manera de vendérmelo, qué apetecible. ¡Llévame a conocerlo ahora mismo, por favor!

Carl soltó una carcajada.

—En realidad, no está nada mal. Mucha arquitectura victoriana, casitas de campo, jardines llenos de color.

El centro histórico tiene una plaza con una fuente y un reloj que siempre está estropeado.

Tenemos un parque público, un paseo que serpentea alrededor del pueblo, una comisaría que conozco demasiado bien y la mejor tiendecita de autoservicio que te puedas imaginar.

Cada mañana el olor de los dónuts recién hechos atrae a los vecinos, que vienen a tomarse su cafecito y a charlar de todo y nada.

Además, es el epicentro de los cotilleos del pueblo; y yo soy… el centro del epicentro.

—Perfecto para alguien a quien le gusta inmiscuirse en todo.

—Yo no me inmiscuyo en… —empezó a decir Carl, pero, ante la ceja enarcada de Grayson, se rindió—: Vale. Un poco.

—Suena muy agradable.

Carl manifestó su acuerdo con un «hum» que sonó a añoranza, y fijó la vista en el horizonte y en las olas perfectas que se acercaban y rompían antes de llegar a la orilla. Tras unos instantes con la mirada perdida, le hizo un gesto a Grayson, señalándole el agua con la cabeza.

—Ve. Yo me quedaré aquí disfrutando de las vistas.

—No tengo ninguna duda —respondió Grayson.

Carl le lanzó arena con el pie y Grayson la esquivó antes de echar a correr hacia el mar helado con la tabla bajo el brazo.

Sentado sobre un tronco en la playa, Carl se empapó del aire con aroma a sal y sonrió. El cielo inmenso, las montañas de fondo, el mar abierto… ¿Qué más se podía pedir a esas horas de la mañana?

Guau. Grayson.

Carl se sentó más erguido para prestar atención a cada uno de sus movimientos: fluidos, en perfecto equilibrio sobre la tabla, en total armonía con el mar…

Tomaba cada ola, una tras otra, con elegancia, con estilo, y su figura atlética surcaba el agua, iluminada en tonos dorados por un sol cada vez más alto, hasta la orilla.

Cuando Grayson salió del agua a Carl casi le da un ataque de risa de puros nervios.

¿En serio ese tío era real? Aquello parecía una escena ensayada.

Era como ver un anuncio: el surfista emergía del océano, brillante por el efecto del agua, que le resbalaba por el neopreno, por esa cara cincelada por los dioses, y le caía desde los mechones de pelo empapados que se le pegaban a las sienes.

Entonces, sacudió la cabeza y la luz del sol pareció jugar con las gotas de agua que salieron disparadas a su alrededor, haciéndolas brillar como cristales preciosos.

Carl negó con la cabeza, horrorizado y fascinado a partes iguales. Tenía que ser mentira, una cámara oculta o algo. No existía un espécimen tan glorioso en el mundo real. Seguro que era un montaje.

No pudo evitar mirar a un lado y a otro, buscando las cámaras.