Capricornio encara a Escorpio Capítulo 10
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Capítulo 10

Capítulo Diez

Sage le abrió la puerta y Carl se dio cuenta nada más entrar de lo calentita que estaba la casa; demasiado, de hecho, para llevar capas y capas de ropa.

Así que colgó los jerséis en el perchero del recibidor, se quedó solo con la camisa de Jason que se había puesto debajo y dejó que Leo lo arrastrara hasta la salita frente al comedor.

Y allí, sentado en un mullido sofá, bañado por la luz cálida de una lámpara cercana que resaltaba su pelo del color del trigo, se encontraba —en carne y hueso, en esa ocasión— el chico de la foto.

Cuando Carl entró en la estancia, Poppy alzó la vista; tenía las facciones marcadas, una mandíbula firme, y unos ojos amables y curiosos. Llevaba unos vaqueros y un polo; bien vestido pero informal. Y, así, en líneas generales, era bastante atractivo.

Carl le sonrió.

—Tú debes de ser Poppy.

Sage llamó a Leo para que «la ayudara un momento» y el crío salió disparado.

—No se ha notado nada que nos quiere dejar solos —comentó Poppy con una sonrisa.

—Quiere ver si saltan chispas —dijo Carl dejándose caer en la butaca contigua.

—¿Y? ¿Qué tal la primera impresión?

—Pues al menos sé que no usaste ningún filtro en la foto que Sage me mandó.

—¿Te mandó una foto mía?

—¿Cuánto conoces a tu prima?

Poppy soltó una carcajada.

—Cierto; le pega todo hacer algo así.

Sonó el timbre. Carl oyó a Sage preguntarse quién sería mientras avanzaba por el pasillo, y Leo apareció en el salón con una botella de agua con gas. Por encima del tintineo del hielo en los vasos, les llegó el sonido amortiguado de voces y la risa alegre de Sage.

—Cuéntame, Jason —dijo Poppy—, ¿a qué te dedicas?

Carl volvió a prestar atención a Poppy, que lo miraba con una sonrisa, y dio un sorbo al agua antes de decir:

—¿Podemos hablar de cualquier cosa menos de trabajo?

Poppy se rio entre dientes.

—Me parece estupendo. Trato hecho. ¿Y qué opinas de…?

Lo que fuera a preguntar se quedó en el aire cuando Grayson irrumpió en el salón con paso decidido.

El ambiente cambió al instante; no solo por la forma en que Carl se quedó desconcertado mirándolo, Poppy también parecía atónito, y no era para menos.

Al parecer, Grayson había decidido acudir a la cena, y lo había hecho a lo grande, con tremendo estilazo: vaqueros negros ajustados y una camisa blanca impecable —con el primer botón desabrochado— que le quedaba espectacular sobre sus anchos hombros.

Tenía el pelo perfectamente peinado, se acababa de afeitar y sus ojos…

La potencia de su mirada azotó con fuerza a Carl, que aún estaba tratando de recuperarse del impacto cuando Grayson se centró en Poppy.

Sage apareció detrás de él.

—Pues ya estamos todos. Tú ya conocías a Poppy, ¿verdad?

—Sí —respondió Grayson.

La mirada que acompañó a ese monosílabo fue… potente. ¿Tal vez esa fuera la razón por la que no había mencionado antes que lo conocía?

Tras mirarlos durante unos segundos, Sage sugirió que pasaran ya al comedor.

La mesa estaba puesta con platos de colores vivos, cubiertos con mango de hueso y unos manteles individuales con aves autóctonas en tonos vibrantes. En el centro, una gran olla roja flanqueada por una bandeja de pan crujiente por un lado y un cuenco de ensalada por el otro.

La luz de aquella estancia era más intensa que la de la salita y a Carl le dio la impresión de estar siendo sometido a un interrogatorio silencioso por parte de Grayson, que, sentado en la cabecera de la mesa —tanto a su lado como al de Poppy—, no le quitaba la vista de encima.

Carl hizo un rápido movimiento de cabeza para deshacerse de esa extraña sensación y observó a Sage mientras les llenaba los platos de estofado de carne. Cuando le dio las gracias por haberlo invitado a tan agradable velada, ella sonrió y, dirigiéndose a todos, dijo:

—Necesito vuestra más sincera opinión sobre la comida. He de confesar que os estoy usando de conejillos de Indias.

—¿Conejillos de Indias? —repitió Poppy, divertido.

Tenía una sonrisa bonita, aunque Grayson no debía de pensar lo mismo porque lo estaba mirando con mala cara y ojos entrecerrados. Guau, si las miradas mataran…

Carl le dio una patada por debajo de la mesa para llamar su atención.

—¿Qué haces? —articuló cuando tuvo la intensidad de esa mirada centrada en él.

Grayson abrió la boca para responder, pero, cuando iba a hacerlo, Sage le pasó su plato lleno hasta los topes de estofado y, en su lugar, le preguntó a ella:

—¿Y qué es lo que tratas de probar?

—Las madres del consejo escolar me han pedido que me una al equipo de recaudación de fondos para el concurso de talentos.

—Querrás decir que te han obligado —refunfuñó Leo.

—Tú chitón. Siempre he querido que me ofrecieran participar en este tipo de eventos, pero siempre tienen voluntarios de sobra. Este año por fin me han hecho un hueco y me ha tocado encargarme de la comida. Creo que un buen estofado con pan recién hecho es una apuesta segura, ¿no os parece?

Carl y Poppy hundieron las cucharas en sus platos e hicieron un sonido de aprobación.

—Está buenísimo.

—¡Muy rico!

Grayson y Leo, sin embargo, no probaron bocado, ambos mirando a Sage con cara de preocupación.

—¿Te están pidiendo que pongas toda la comida tú? —preguntó Grayson.

—Esto y cupcakes de la pastelería.

—¿Cuándo te lo pidieron?

—En la reunión de vecinos.

—O sea, hace nada. Sin casi tiempo y pidiéndote que te encargues tú de todo. Se están aprovechando.

—No creo —respondió Sage, en tono amable—. Incluso me dijeron que Leo y yo podríamos unirnos a la quedada que suelen hacer después en plan equipo. Creo que esta vez será en un escape room.

Leo frunció el ceño.

—¿Quieres ir? —le preguntó a su madre—. El año pasado te pregunté si podíamos ir a uno y me dijiste que sería lo último que harías en la vida. Que hay demasiados acertijos que adivinar.

Sage se sonrojó y le quitó importancia con un gesto de la mano.

—Las otras madres me comentaron que, si me parecía demasiado, a eso no tenía por qué ir. Pero bueno, me invitaron, que es lo que cuenta.

—Pues vaya invitación —espetó Grayson.

Y Carl empezó a entender el motivo de su mosqueo.

Aquellas brujas parecían estar aprovechándose de Sage; sabían lo mucho que la pobre deseaba participar y sentirse incluida en el grupo y le hacían donar toda la comida del evento —que no era nada barata— y la «invitaban» a una actividad, seguras de que no querría ir.

—Iré contigo —dijo Grayson, alzando una mano para cortar cualquier protesta de Sage—.

Pagaré mi entrada. Además, esas madres siempre me están pidiendo favores, me llaman constantemente, incluso cuando ya he hecho planes.

—Aunque le estaba hablando a Sage, Grayson lo miró a él, y lo hizo con pesar, lo que llevó a Carl a pensar en aquella noche de trivial, cuando le tocó sustituirlo—. Me deben unas cuantas.

—¿Para qué es la recaudación de fondos? —preguntó Poppy con una dulce sonrisa que dirigió a todos los presentes antes de detenerse en Carl—. Estaré encantado de hacer un donativo.

—El dinero se destinará a la construcción de la nueva piscina del colegio.

—Mamá, ¿me das más carne? —preguntó Leo.

—Por supuesto. Venga, comed; antes de que este pozo sin fondo se lo zampe todo.

Cuando se volvieron a centrar en el estofado, Carl sintió una mirada clavada en él. Alzó la vista y confirmó que no se equivocaba, Poppy lo observaba con interés.

—¿Por dónde vives? —le preguntó Carl cuando terminó de masticar.

—En Kelburn, en las colinas. Hay unas vistas preciosas. —Poppy se inclinó hacia él—. Podría enseñártelas algún día.

Grayson cogió un colín de pan casero y lo partió con tanta fuerza que hasta la mesa tembló. Pero Carl se obligó a concentrarse en el hombre frente a él.

—¿Siempre has vivido en Wellington?

—Es la mejor ciudad del mundo. ¿No te parece?

—Tiene unas vistas maravillosas —contestó Carl, desviando un instante la vista para mirar a Grayson, que se metía pan en la boca sin parar y con cierta violencia.

«¿La comida está tan buena que te enfada?», quiso soltarle, como Grayson le había dicho a él cuando habían comido juntos. Pero Carl se limitó a sonreír para sí mismo ante el recuerdo y se metió otra cucharada de estofado en la boca.

—¿Me pasas la sal? —le pidió Poppy, llamando su atención. Claramente, Carl había estado a otra cosa.

Le tendió el molinillo y Poppy lo cogió, rozándole los dedos con suavidad.

Eso hizo que Carl alzara la vista y se encontrara con su sonrisa.

Pero, de repente, una tercera mano se posó en el molinillo por debajo de las suyas y se lo arrebató; Grayson, que empezó a echarse sal como si no hubiera un mañana.

—Es que hay que compartir —dijo, sonriéndoles a ambos mientras giraba el molinillo sin parar.

Tras un buen rato así, dejó con un golpe contundente la sal junto a Poppy y se llevó una cucharada de estofado a la boca. Entonces abrió mucho los ojos y dejó de masticar.

—¿Demasiada sal? —preguntó Sage desde el otro extremo de la mesa.

Ella y Leo habían estado observando la escena en silencio, pero la sonrisa de Sage era divertida, y sus ojos azules resplandecían, alegres.

Grayson se metió tres cucharadas más en la boca.

—Está perfecto, tal y como me gusta —dijo en un tono un poco estridente.

Tanto Sage como Carl arquearon una ceja. Grayson señaló a Leo con la cuchara y le preguntó:

—¿Qué tal el día?

—Genial. Hoy he dado mi primera clase con el piano de Jason. ¡El suyo es enorme! —Leo se rio ante sus propias palabras y miró a Carl con admiración—. En el evento para recaudar fondos va a haber un concurso de talentos. Se han apuntado un montón de niños. Yo no iba a hacerlo, pero…

Sage se llevó la mano al pecho.

—¿De verdad te atreverías a actuar delante de tanta gente? Me dijiste que de solo pensarlo te daban retortijones. Ten en cuenta que los niños esos también van a actuar.

—Siempre me rajo porque me entra el miedo. Sé que pueden reírse de mí y sé que esos niños siempre ganan en estas cosas, pero… —Leo respiró hondo—. Jason dijo que teníamos que echarle valor e intentar vivir nuestros sueños.